Cómo entrar a una tía II.


En nuestro post anterior dejamos al protagonista enfrentado al reto de entrar a una tía en una discoteca. Todo pintaba bien de no ser por un nimio detalle: no sabía cómo hacerlo.

Un fracaso en ciernes que debía servir para ilustrar a féminas y hombres con don sobre lo difícil que es el arte de ligar para aquellos a los que la naturaleza no ha dotado para el mismo, para sufrir con el que sufre, para pasar hambre junto al hambriento. En definitiva para reírse de la desgracia ajena.

Estábamos situados en el momento en que decide que tiene que entrar a la chica con la que ha conectado la mirada. Se enfrentaba al cuándo entrarla y qué decirle.

Si en estos momentos estás pensado: “pues la entra inmediatamente y le dice cualquier cosa”, mi más sincera enhorabuena eres un hombre con don. Ahora debes seguir leyendo esto para conocer lo que padecen los demás.

Porque los que no sabemos cómo entrar a una tía nunca encontramos el momento adecuado para hacerlo. El tiempo que trascurre desde que te enamoras de una chica en una discoteca hasta el momento en que te diriges a ella se puede medir en dos unidades de tiempo: segundos o cubatas. La Oficina Internacional de Pesos y Medidas, con sede en Paris, aún no ha definido la equivalencia entre ambas unidades. Eso sí, llevan haciendo pruebas bastantes años en la cafeteria de la universidad vecina, la Sorbona.

El caso es que lo máximo que se suele tardar en acercarse a la chica suele ser cuatro o cinco cubatas. Algunos han tardado más, pero no vale la pena ir para allá… ni siquiera en las tribus bosquimanas vomitar en los pies de la mujer a la que amas es visto con buenos ojos.

Como decidirse cuesta un montón lo mejor es ponerse a uno mismo un tiempo límite del tipo: “antes del cuarto cubata la entro” , “cuando sean las tres la entro” o, en casos de patetismo extremo “cuando deje de enrollarse con el chulito de los vaqueros rotos la entro”.

Por mucho que dure no penséis que el tiempo de espera se hace largo, porque estás ocupado pensando qué vas a decirle. Atribuyen a Oscar Wilde esa cita que dice: “Nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión”.

Es cierto, tú lo sabes, y te devanas los sesos buscando una frase corta y certera que sea original, divertida, insinuante y que incite a continuar el diálogo. Eso sí ni tan original que te haga parecer un gilipollas, ni tan divertida que te haga parecer un payaso, ni tan insinuante que te haga parecer lo que eres… un salido. Y por supuesto que incite al dialogo pero que no genere conversación inagotable para todo la noche… porque, digo yo, en algún momento tendrás que enrollarte con ella. Todo esto además aderezado con unas condiciones de 120 decibelios de ruido, 80 % de humedad/sudor en el ambiente y 2 grados de alcohol en sangre. No será fácil sin duda.

Abreviando, cuando el reloj está a punto de dar las tres y del cuarto cubata sólo quedan los hielos casi derretidos, te acercas decididamente a ella y dices: “Hola guapa, ¿cómo te llamas?”. No es lo más original del mundo sin duda, pero no hubiera estado tan mal de no ser porque en vez de “Hola guapa” te ha salido, entre la voz temblorosa, un gallo envuelto en un sonido gutural, y todo junto mezclado con el ruido ambiente ha sonado como el inicio del canto de la avutarda macho en celo.

Aquí pueden pasar dos cosas:

Uno. Te mira con cara de nauseas. Entonces agachas la cabeza, te retiras con el rabo entre las piernas y viertes los hielos derretidos sobre los huevos de la avutarda macho (tú mismo). Todo lo que consigas que el alcohol te deje recordar sobre ella formará parte de el único lance sexual que tendrás esa noche al llegar a casa con alguien especial (tú mismo). Fin de la velada.

Dos. Has tenido suerte y el “cómo te llamas” ha sido medianamente inteligible. Ella te dice su nombre y te pregunta el tuyo. Se establece un dialogo. Empieza la pesadilla.

Sí, sí. Has oído bien tipo con don ignorante de lo que poco que vale un pene cuando no sabes como presentarlo en sociedad. He dicho la pesadilla y he dicho bien.

Porque si el cuándo y el qué decirle son difíciles para un hombre que no sabe a entrar una tía…. El cómo me lanzo en pos de sus labios para conseguir un beso… es una misión casi casi imposible.

(Continuará)

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