Apología del optimismo porque sí.


Corren tiempos de crisis o al menos esos nos dicen cada día siete u ocho mil veces en los medios por si se nos olvida. Quizás por eso se habla más que nunca del optimismo. De su índice, de su influencia, de su utilidad, de su inutilidad y hasta de la madre que lo parió.

Existen corrientes a favor y en contra, y luego sus correspondientes contracorrientes que siendo parecidas son totalmente distintas solamente por su (negra) naturaleza opositora. Existen cientos de argumentos a favor y en contra de cada una.

Yo hoy he venido a hacer apología del optimismo amparándome en la misma razón que han utilizado grandes religiosos, directivos y gobernantes. La misma por la que mis padres, cuanto tenía dieciocho años, me decían que tenía que llegar a casa antes de las 2…
… porque sí.

Me gustan los que hacen apología del optimismo. No me gustan sin embargo que se venda como una cuenta corriente en la que invertir para sacar rédito. No me gusta “El Secreto” porque a veces se parece mucho a un video cateto de teletienda. No me gusta que se haga mercantilismo con la felicidad. Será que aunque voy de progre para ciertas cosas comparto la filosofía de mi abuela que decía “el buen paño en el arca se vende”

Me gusta ver siempre el lado positivo de la vida. Porque sí.

Si hay varias formas de mirar al futuro, escogeré la que me haga más feliz. Creo que ya es bastante recompensa por sí misma. Si además eso me acerca a que luego se cumpla, miel sobre hojuelas. Y si no, que me quiten lo bailado. Hay un dato científico incuestionable: cualquier cosa que construya la imaginación en el presente será siempre más real que un acontecimiento futuro.

Llevándolo al extremo, si caes de un avión sin paracaídas volar o estamparte contra el suelo son dos opciones igual de reales mientras estés en el aire.

Sí, se me puede acusar de naif o o incluso de iluso. No hay problema, lo acepto. El mundo está lleno de niños e ilusos felices. La vida, hasta que se demuestre lo contrario, es mejor cuanto más se disfruta de ella.

Por eso me duele reconocer que en la religión del optimismo soy más creyente que practicante. Yo también me dejo secuestrar por el día a día y por los planes sobre un futuro que muchas veces nunca llegará a existir. Porque cuando no haces nada, la inercia de la realidad tira más que las alas de la imaginación.

Quizás el post de hoy no es para vosotros, sino para mí, para reafirmarme en mis creencias.

Quizás porque se me ocurrió que cuando nacemos nos lanzan al vacío, y aunque a todos nos espera el duro suelo al final del camino, algunos dejan que pase la vida sin siquiera intentar volar.

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One Response

  1. De Cabo
    24 enero, 2012

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