¿Cómo viviste la final?


A tenor de la imagenes que vemos en la tele parece que toda España vió la gran final en una pantalla gigante en su ciudad o bañándose en una fuente. Sin embargo la mayoría de los mortales disfrutamos de este momento a nuestra manera: solos o con amigos, en pantalla de plasma o en el televisor del abuelo, con nuestra familia o con la familia de nuestra pareja, con cervezas o con agua, con panchitos o con ganchitos….. Sea como sea, cuando pasen los años todos recordaremos ese momento y se lo contaremos a los nietos. Como al paso que voy no se cuantas neuronas me quedarán a los 80, voy a dejar constancia por escrito para acordarme mejor… Animaros vosotros también.

El día 29 de Junio me levanté sin creer aún lo que iba a pasar. La selección había matado tantas veces mi optimismo irracional que al empezar el campeonato me había de confensar converso a la religión de mi padre: escepticismo farfullero. Sin sol y sombra en la mano, pero con palillo en la comisura de los labios habían empezado a salir de mi boca frases del estilo: “menuda pandilla de mataos” “a picar piedra los ponía” “estos no ganan ni al mus”, etc, etc…

Tan fiel creyente de esta nueva religión era, que los cuartos contra Italia los ví solo en casa para no soportar por enésima vez la humillación pública y el debate de lamentos posterior a cada decepción.

Sin embargo esta vez sí. Iba a ver una final de España… era la segunda en mi vida… pero de la otra apenas si recordaba el gol a Arconada y las ausencias de Maceda y Gordillo que nos mermaron en una final en la que nada auguraba, valga la redundancia, un buen final.

A lo largo del fin de semana habíamos intentando en vano ponernos de acuerdo sobre el sitio donde ver la final. Yo voté por el Palacio de los Deportes, otros ofrecieron su casa, otros preferían un bar… No había consenso y pensé por un momento verla en familia, pero luego me di cuenta que si perdíamos, mi conversión al escepticismo farfullero cobraría tildes de irreversible alimentada por lor rezos de mi padre.

Finalmente me vi iluminado por otra religión de tinte deportivo: la superstición repetitiva. Sí, ese era un partido que se podía disfrutar en la soledad del hogar, y si además repetía la misma ceremonía que contra Italia nada podía fallar: la misma olorosa camiseta roja que debí haber lavado, el mismo plato de patatas fritas, el mismo de jamón, refrescos varios y el sofá todo para mí. Sólo un pequeño cambio, una pequeña cuestión técnica: desconecté el TDT, no quería que de nuevo los gritos de la calle reventarán por anticipado las jugadas de peligro.

El partido comenzó y durante los primeros minutos me planteé prescindir del sistema analógico, y no por la mala calidad de su imagen… si no porque le achacaba el dominio aleman a éste y, por supuesto, no a la fuerza con la que salió la escuadra germana. Poco a poco España se fue posicionando, y aunque el tiro al palo puso de nuevo a calentar en la banda al TDT… no tardó mucho en llegar el gol de Torres. GOOOOOOOOOL. Me levanté de un salto, fui a abrazar a mi novia, tan militante del antifútbol que pretendia permanecer al margen de la GRAN FINAL…. Ante su gelida reacción abrí la ventana de par en par y me puse a hacer ruido. Y rapidamente de vuelta al sofá. Ahora sí que no había que cambiar nada, la mágica combinación de elementos en mi casa parecía funcionar de maravilla (illa, illa, illa).

No recuerdo bien si me levanté en el descanso, pero si lo hice seguro que fue por necesidades fisiológicas. Comenzó la segunda parte y el toque- toque. Que maravilla (illa, illa, illa). Mi novia apareció subitamente con la intención de ocupar un sitio de manera permanente en el sofá. Estaba alterando el altar a la fortuna que había fabricado. Claro que cualquiera le explicaba que estaba desconfigurando un talismán… aprecio a la selección española, pero no tanto … Además supondría desconcentrame. Y si nuestro equipo necesitaba algo, es que yo viera el partido concentrado.

La verdad es que el tiqui, taca seguía enamorando a Europa. Era increible, la victoria se hacía cada vez más visible en el horizonte. El optimismo de Camacho en la tele parecía retar a los dioses de la mala suerte con frases del tipo “Esto está ganado” diez minutos del final. Puyol y Ramos empezaban a notar los nervios y sus pases en defensa me hacían maldecir a Camacho, a su madre, a mi novia y al receptor de la TDT. Sin embargo sobrevivíamos.

Creo que fue un minuto antes del final cuando pensé que todo se iba al traste. Aún recuerdo esa imagen espectral, peor que una viuda negra, peor que la peste bubónica…. el denominador común en todas las anteriores derrotas de España que había vivido: Manolo el del bombo. Ese gafe con txapela XXL ocupaba las casi treinta pulgadas de mi TDT en un desafortunado desliz del realizador del partido. No tenía ajos a mano…. pero me cagué en alguno de sus familiares ante la incomprensión de mi novia que me miraba de reojo sin reconocer al energúmeno que tenía a su lado.

Y entonces, entonces….. Final del partido. El extasis, la felicidad, más abrazos y corriendo a la ventana a gritar, a silbar, a emitir ruido. Habíamos ganado. Ya lo decía yo. Viva España y a la mierda el escepticismo farfullero.

Y besé la tele, y besé mi sofá, y mandé eSeMeSes a los amigos. Sin duda recordaré ese día. Tanto que en el mundial,si llegamos, tengo claro donde veré los cuartos de final . En el santuario antiescepticismo farfullero que ha nacido en mi sofá.

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One Response

  1. sil
    2 julio, 2008

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