Los tríos me aburren.


Tres siempre me ha parecido una cifra fea, feísima. Los tres cerditos, por ejemplo. O los tres mosqueteros: Dumas entendió enseguida que debían ser cuatro. También, por ser el segundo de los números primos, ni aislado en la multitud, pero a un paso de ser el primero o dicho de otra manera, el eterno perdedor.

Y no es que cuatro tampoco me resulte más morboso: suena a intercambio de pareja burgués entre sabanas de seda y pedos discretos escondidos detrás de una tos oportuna, suena a manos con manicura en salones de belleza exclusivos, uñas de porcelana, bocas retocadas con botox que esconden bostezos, ojos que buscan el reloj en señal de aburrimiento, como si fuese una práctica común entre gente de la clase alta.

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Cinco, si no fuera por la rima, podría ser. Y que nadie se haga el inocente, ¿qué rima? como si no la supierais Siempre hay un pesado, el invitado de último momento a quien se le va a escapar el chiste fácil, arruinando la sintonía del momento, arruinando horas de esfuerzo para crear una escenario propicio: velas perfumadas a la canela, flores de primavera que empiezan a abrirse con el calor del apartamento, música clásica, ni Richard Clayderman ni La cabalgata de las valkirias , ¡y todo eso hecho pedazos por un capullo que se atreve con un por el culo te la hinco!

Seis parece inseguro, como: sí me apetece pero es mi primera vez, no sabía si invitar a mas o no, por las perchas, por si acaso no hay suficientes para dejar la ropa, nos tomamos algo antes o ya empezamos? Por favor no hagáis ruidos que los vecinos…Disculpa, si puedes evitar apoyarte contra la cómoda…es que es herencia de una tía primogénita mía, ¿te traigo un taburete o la escalera? …Es que es mi primera vez….Un pelín patético, ¿no?

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Diez, vaya, un consejo de administración. Murmullos y suspiros se pierden atenuados por las alfombras espesas de una sala aséptica. Todo está planificado, cada gesto coordinado y medido según una estrategia designada para conseguir el objetivo de la empresa. Viagra obligatoria en un gran jarrón de cristal de Bohemia, y desfibrilador a mano.
Doce, bíblico: gigantesco y cinematográfico a lo Cecil B de Mille, las aguas se abren para dejar penetrar al pueblo elegido en terreno húmedo, o en plan ultima cena, ¿quién será el desgraciado traidor, el Judas que aprovechará que uno le dé la espalda?. Las cámaras de video graban, aunque la luz no es la adecuada y el resultado final, incluso después del montaje, estará muy alejado del cinemascope.

Once y dieciocho: un equipo de futbol, o los hoyos de un terreno de golf, plan deportivo, bíceps, trapecios y abdominales que brillan ligeramente de sudor, atletas para todos los gustos: carrera de fondo para el especialista en maratón, corto y rápido aunque intenso para esta promesa del 100 metros, mientras que la nadadora de natación sincronizada parece seguir su entrenamiento.

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Sesenta y nueve, no podía faltar. Bocas ávidas y mordiscos.
Cien, el placer de encontrarse con una desconocida en un rincón de una gran propiedad. Alejarse de la masa de los cuerpos para algo de intimidad debajo de un castaño centenario cuyas raíces se hunden en una tierra fértil, antes de volver a la mansión con una sonrisa de complicidad en los labios.

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De verdad ¿quién sabe cuántas personas invitar a una fiesta de primavera donde el calor y la ropa ligera que aprieta la piel da esperanza de acabar en orgia al lado de una piscina que promete un verano tórrido?
Dos. Tú y yo. Tus manos que se multiplican y tus labios que se dividen en besos apasionados. Y la punta de tu lengua, una y otra vez.

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One Response

  1. india
    25 abril, 2010

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