El abuelo Cebolleta presenta: Juegos mortales I.


La historia de hoy merece ser contada pipa en mano y con la chimenea al fondo. Incluye armas blancas, desmayos, descalabros y dolores genitales.

Un mundo donde no existían las palabras “pijo” o “políticamente incorrecto”, un lugar inhóspito donde imperaba la ley del “más mayor”, un territorio donde las leyes y la vigilancia de los progenitores sólo alcanzaban hasta la puerta de tu casa. Una época donde los chivatos estaban mal vistos y la ley del silencio imperaba en la calle porque los padres no tenían abogado, ni cadena de televisión donde acudir, y los conflictos los resolvían por el poco diplomático método “quién te ha pegado, dímelo que le doy dos hostias a él y otras dos a su padre”.

Visto con los ojos de hoy mi pandilla y los chicos de mi barrio parecíamos los salvajes protagonista de El Señor de las Moscas. Visto con los ojos de entonces, éramos unos niños normales de un barrio de clase media que jugaban a los juegos que estaban de moda. Que alguno de estos juegos pudieran ocasionar lesiones de por vida o la muerte era algo circunstancial, que además raramente ocurría. Además teniendo en cuenta que no existía en la televisión el programa “Gente” o similar, difícilmente el pánico podía cundir en unos padres curtidos en una infancia de post-guerra.

Sería imposible traer a este post todos los juegos/prácticas peligrosas de entonces. Así que he traído las que más me han marcado, psicológicamente… o literalmente.

El picahuevos.

Práctica habitual de mi época que de haber sido descubierta por Hitler hubiera competido en popularidad con las cámaras de gas. El picahuevos no era un juego en sí, era el castigo que se aplicaba por perder a las cartas, a las canicas o a las chapas. Había incluso una modalidad de rescate que podríamos llamar rescate extreme, que consistía en que los mayores perseguían a los más pequeños y si les capturaban les aplicaban directamente y sin posibilidad de ser rescatados el picahuevos.

Para aquellos que no lo hayan sufrido no debe ser difícil averiguar en qué consistía: te sujetaban de los brazos, te sujetaban de las piernas manteniéndolas abiertas y, para regocijo de los actuales profesionales de la fecundación in vitro, te estrellaban los huevos contra una farola, un árbol, el poste de una portería o cualquier elemento solido y estático susceptible de caber entre tus piernas. Creo que en el barrio de los Bee Gees se practicaba mucho también.

Hipnosis.

Este juego no tenía nada que ver con el oficio de Toni Kamo, ni Anthony Blake,. Era muy simple. Se presionaba el cuello a un amigo mientras se recitaban una serie de frases con acento a lo Uri Geller (famosísimo doblacucharas en aquellos tiempos), al final si se hacían bien el amigo se desmayaba y su hostia contra el suelo era festejada por el resto de la pandilla.

Cuando “hipnotizábamos” no conocíamos la explicación científica de que cortando el riego sanguíneo al cerebro podíamos ocasionar un desmayo. Se hacía por el mero disfrute del guarrazo ajeno. No todo el mundo sabía hacerlo, y el que lo hacía bien se convertía en ídolo de masas y con tal de fardar ante los demás era capaz de hacérselo a sí mismo. ¿Puede existir una manera más patética de morir?

Carrera de machetes.

No recuerdo si los regalaban juntando 20 tapas de los Petit suisses pero los machetes abundaban en aquella época. Supongo que era uno de los efectos secundarios de las películas de moda como Rambo, Desaparecido en combate o El guerrero americano. El caso es que cada niño con su machete (el machete era como las raquetas de pádel ahora que si no lo tenías siempre había un amigo con dos) se iba al jardín (o parque cercano) del barrio. El juego consistía en hacer un recorrido por los árboles. Se iba tirando por turnos, y hasta que no clavabas tu machete en el árbol siguiente del recorrido no avanzabas. El que acababa antes el recorrido ganaba. Una versión con arma blanca de la vuelta ciclista con chapas.

Lo curioso es que si un vecino adulto veía a los niños con machetes los solía regañar… pero no por lanzar machetes… ¡sino por pisar el césped!

No obstante he de decir a favor de este juego que éramos niños pero no tontos, y no solíamos ponernos detrás del árbol sobre el que se iba a lanzar. Al contrario de los ejemplos anteriores, no recuerdo ningún chavalín del barrio lesionado por este juego… aunque uno sí acabó de lanzador de cuchillos, y no el circo sino en el partido de la oposición.

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  1. Ikeisenhower
    11 diciembre, 2010

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