El abuelo cebolleta presenta: Viejas Nocheviejas.


Primer propósito de año nuevo: empezar el año escribiendo. Segundo propósito de año nuevo: escribir sobre las nocheviejas. Tercer propósito de año nuevo: dejar de beber e ir al gimnasio para adquirir una tableta de chocolate.

Voy a cumplir dos de tres. ¡66,6%!, qué exitazo.

En fin supongo que esta será la menos cebolletesca de todas mis historias. Han pasado veinte años, pero me temo que algunas cosas no cambian tanto. Aunque eso sí, en esto fui un pionero. Mi primera macrofiesta de Nochevieja fue posiblemente una de las primeras e irrepetibles (irrepetible debido a que ahora están legisladas y aquellas eran literalmente fiestas fuera de la ley). Alguna mente sabia tuvo un día la feliz idea de meter diez mil jóvenes en celo y con hígado semi-nuevo en un recinto con bebida a espuertas incluidas en el precio.

Sólo os diré que aquel recinto lo derribaron y pusieron en su lugar cuatro rascacielos para conservar para siempre su recuerdo.

Cuando uno aún no tiene dieciocho años y va a ir a una fiesta con unas cinco mil mujeres, sólo puede pensar una cosa: hoy pillo. Hay que ponerse guapos para la ocasión. Le pides una chaqueta a tu padre. Debido al efecto del Cola-Cao en nuestra generación, te está estrecha de hombros, corta de mangas y además lleva los bolsillos rellenos con bolas de naftalina. Tampoco falta la gomina, siempre la habías rechazado, pero Nochevieja es un día especial. Te miras en el espejo, despejas la purulencia de tus granos, y te molas. Te ha salido una calentura en el labio, pero piensas que bien vista te da un toque sexy. La corbata de Mickey Mouse te añade ese punto adulto que necesitas. Irresistible. Un poco de colonia Jacqs y tu mente pasa del “hoy pillo” al “hoy me estreno” en un ataque de optimismo desaforado.

Veinte años después, si conservaras una foto de aquel momento en tu cartera, no habría nunca más un día sin risa en tu vida.

Antes de salir de casa tu madre te dice que te lleves el plumas encima de la chaqueta. Ni hablar, no vas a estropear tu apuesto aspecto. Además tú no tienes un Roc Neige de dos colores molón, tienes uno de marca blanca, en aquella época llamada marca cutre, del Continente. Eso no te va a dar puntos. Y frío… ¿cómo vas a pasar frío en una fiesta con diez mil personas?

¡Una hora haciendo cola con un grado bajo cero! Y la puta chaqueta que tu padre se compró para tu comunión, que fue en Mayo, abriga menos que el taparrabos de Johnny Weissmuller. Al entrar en el recinto, con carámbanos colgando de la nariz, te alegras de no llevar abrigo. Te evitas otra hora de espera en el ropero y además la costra de la calentura del labio se ha caído gracias al principio de congelación que sufrías en la boca unido al movimiento tembloroso de mandíbula ocasionado por la tiritona. Para compensar la pequeña mejora en tu aspecto, te calzas el gorrito de cartón que te han dado con el cotillón. Las serpentinas y el confeti, lo guardas en el bolsillo.

Miras a tu alrededor y te das cuenta que hay otros siete mil adolescentes y post-adolescentes con gomina, chaqueta y corbata. Te dice dos cosas importantes, has perdido el factor diferencial de elegancia supina, y el porcentaje de mujeres es ostensiblemente inferior al de críos con hormonas revolucionadas.
A continuación descubres el mayor eufemismo de toda la fiesta. Diez mil personas agolpadas sobre cuatro barras mal distribuidas luchando a empujones por conseguir un cubata y van y lo llaman ¡barra libre! El primer cubata te cuesta cuarenta y cinco minutos, un conato de pelea y una renuncia: No han podido servirte ni ron con lima, ni Licor 43 con Cacaolat… has tenido que conformarte con el poco distinguido Dyc con Coca Cola, servido por un camarero novato con síntomas de estar desbordado en la innovadora proporción de tres partes de whisky y una parte de cola.

Con Technotronic sonando por los altavoces, tú y tus amigos iniciáis la ronda de reconocimiento. Veis a algunas chicas del instituto a las que ignoráis a propósito, no aportan novedad y además son de las que no follan…. La diferencia es que ellas lo hacen por principios y vosotros por carestía.

Cuando veis un grupo de vuestro agrado y libre del acoso de otra bandada de buitres, atacáis sin dilación al grito de “Feliz año nuevo”, lanzando confeti y serpentina a discreción. Es una pena que tú además hayas lanzado una bola de naftalina que ha impactado en el ojo de la que podía haberte desvirgado. No importa es sólo el primer fracaso. Eso sí, son ya las cuatro de la mañana.

Conseguir dirección de Messenger, Facebook , Tuenti o similar no eran premios de consolación en aquella época. Ni siquiera conseguir el teléfono. Llamar a un fijo y que te lo coja un padre cabreado, o una madre cotilla era una experiencia poco recomendable para un tímido. La lucha por el triunfo con una chica que acababas de conocer, era un ahora o nunca. Normalmente, nunca. Y más en un entorno tan hostil como aquella fiesta.

Cuando te quieres dar cuenta son las siete de la mañana. Suena la Lambada en los altavoces, y buscas desesperadamente a las de tu instituto para por lo menos no irte de allí sin arrimar cebolleta. Demasiado tarde, como el resto de tías de la fiesta… han pillado. Alrededor, errantes, quedan cuatro mil tíos con corbata desanudada y chaquetas desproporcionadas que se han quedado a dos velas. Es la hora de rentabilizar la entrada: “si me ha costado cinco mil pesetas y quiero que el cubata me salga a trescientas… me tengo que beber quince”

Y ahí aprenderás algo que los años no dejarán de confirmarte: lo único cierto que consigues en una macrofiesta de Nochevieja, es una resaca de Año nuevo.

¡Feliz 2011, nietecillos!

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