El abuelo Cebolleta presenta: Juegos de guerra.


Para los seguidores de esta sección lo primero es aclarar que estamos ante la segunda parte de Juegos Mortales, simplemente he decidido cambiarle el título porque en esta ocasión vamos a estar más centrados en algunos juegos literalmente más belicosos. Además, así podía hacer un homenaje a ese peliculón de los 80 donde se derrotaba a las megacomputadoras militares jugando a las tres en raya y donde a muchos les nació la vocación de hacker.

Pero centrémonos de nuevo en el duro mundo de una niñez donde los juegos de guerra no se jugaban en el ordenador, sino en la calle. Yo de ti no me lo perdería, Flanagan.


Duelo de piedras en el Gran Cañón.

No, no os asustéis. No soy tan viejuno como para haber ocupado mi infancia descalabrando amiguitos. Al menos no premeditadamente. Seguro que contemporáneos míos lo hacían porque se excedían en el buen uso del tirachinas rompiendo los pactos de caballero de la época, aunque en la mayoría de los casos la piedra como arma común de juego dejó de usarse antes de mi nacimiento.

En mi época nos lanzábamos terrones de arena o piedras de arena que al impactar sobre los enemigos se deshacían. Su impacto dolía, sí, pero no abría la cabeza. En mi barrio había unas excavaciones, supongo que eran cimientos para nuevas construcciones que llegarían después, accesibles a todos los niños. Eran una zona llena de acantilados de hasta ocho o nueve metros, y grandes extensiones llenas de dunas de arena de obra. Alguien con cierto criterio obtenido en el visionado del ciclo de películas de John Wayne en la primera cadena y en prime time, denominó a aquella zona el Gran Cañón.

Allí nos reuníamos a menudo para jugar un montón de niños de las calles cercanas, por supuesto sin ningún padre que nos vigilara, era una época donde a las madres les preocupaba más que nos laváramos las manos antes de comer a que nos hicieramos una brecha en la calle, era gajes del oficio. En el Gran Cañón había una gran variedad de juegos que practicar. Cuando llovía se formaban balsas de agua, construíamos barcos con palos y poliestireno extruido (alías poliespan) y luego los hundíamos a pedradas. Practicábamos sky diving aunque entonces lo llamábamos lanzarse por el precipicio o simplemente volar, con alturas máximas de nueve metros no necesitábamos paracaídas y el truco estaba en que un montón de arena nos esperaba abajo para amortiguar la caída… eso sí, dudo mucho que hoy en día me atreviera hacerlo. Aunque sin duda el mejor juego eran las guerras de piedras de arena.

Se formaban dos (o más equipos), se fabricaban trincheras y vía libre. Las reglas eran sencillas el que recibía la pedrada de arena era eliminado. El juego en sí sería una maravilla, de no ser por una pequeña pega…. Las piedras de arena con sorpresa. La sorpresa, como alguno se habrá imaginado, es que algunas piedras de arena, llevaban una piedra de verdad en su interior, y cuando impactaban podían causar daños de consideración. Normalmente las piedras con sorpresa se reconocían por el peso, pero en el fragor de la batalla muchas veces no te daba tiempo a reconocerlas y, otra veces, como en todos los entornos sociales había mucho cabrón suelto, y las lanzaba a sabiendas del “regalo” que portaban.

Si había algún herido rápidamente le auxiliábamos, pero no era por solidaridad y compañerismo, no. Era porque si alguien se iba llorando a su casa con la cabeza abierta, al rato aparecido su padre y ponía fin a la batalla.

Grandes momentos en el gran cañón. Cuando empezaron la construcción de una urbanización sobre él, se produjo el barrio se lleno de quietud y mutismo. Los niños nos quedamos en casa y guardamos una tarde de silencio en honor a nuestro mítico campo de batalla.

Los tiragüitos. Salvad al soldado Cebolla.

¿Quién no ha jugado al tiragüitos durante su infancia? El que no haya levantado la mano tiene un vacio vital que rellenar. En la primera época se construían con un rollo casi agotado de cinta aislante y un globo, posteriormente y con la llegada de los envases de plástico a los hogares, se utilizaba el cuello de una botella usada (como en la foto que ilustra el post).

La importancia de este tirachinas versión 2.0 creado por la gente de mi generación no radicaba en el arma en sí, sino en los güitos o munición. Podía ser piedras pequeñas, garbanzos y en mi barrio sobre todo los típicos frutos redonditos de arbusto. Un güito bien lanzado sólo ocasionaba un pequeño dolor y un enrojecimiento de la zona impactada. Mal lanzado, ceguera y lesiones oculares. No bromeo, dos vecinos míos tuvieron que problemas oculares por culpa de aquellas míticas guerras, tras aquellas lesiones hubo armisticios forzados por la requisa masiva de tiragüitos por el estado mayor de progenitores.

Pero aquello era demasiado bueno para no renacer de sus cenizas. Se mejoró la puntería y se agudizo el ingenio para evitar un nuevo armisticio. Así fue como se descubrió el mítico árbol de los tintorros. Los tintorros era unos frutos algo menor que una uva en tamaño y muchos más frágiles, que al dispararse se rompían al menor impacto tiñendo de morado al receptor del mismo. Era la quintaesencia del concepto güito. Tenían todo, sólo había una pequeña pega: había un único arbusto de tintorro en todo el barrio.

Los niños del portal más cercano hacían guardia día y noche. Durante las famosas guerras del tintorro se produjeron las mayores cuotas de absentismo escolar. Era una munición preciada y todos queríamos conseguirla, pero el precio de acercarse era normalmente llevarte un impacto en tu camisa, y por tanto una bronca en casa.

Hubo entonces en el barrio una reunión de todos los representantes de grupos de niños de cada portal, se formó una alianza infantil para arrebatar a los del portal del tintorro, el güito único.

Un sábado nos reunimos todos los ejércitos para la gran batalla. La estrategia era un ataque masivo desde un mismo flanco. Sin embargo lo que pretendíamos no era tomar el arbusto por la fuerza, eso hubiera causado muchas bajas y muchas broncas en casa, lo que queríamos era simplemente distraer su atención para que nuestro soldado más delgado y ligero se adentrara discretamente por el flanco contrario y sustrajera sigilosamente la mayor cantidad de tintorros posibles.

Todo marchaba según lo previsto. Aquella estratagema estaba a punto de pasar a los anales de la historia militar. Nuestro hombre más ligero, el Cebolla, llegó hasta el arbusto deslizándose cual anguila y comenzó a llenar sigilosamente un saco con tintorros mientras el enemigo estaba distraído y asustado pensando en el ataque que se le venía encima.

El saco estaba lleno. La misión parecía cumplida. Pero entonces nos dimos cuenta de una cosa, era un saco muy grande, pesaba demasiado para un soldado tan esmirriado. En su retirada el Cebolla ya no parecía una anguila, parecía un besugo boqueando fuera del agua. Aún así unos metros le separaban de llegar hasta el siguiente portal donde podría recluirse a salvo. A cada paso que daba el peso que arrastraba se le hacía más grande y en un momento dado sus huesos dieron con el suelo. No sé si fue el sonido de su caída o si fue el silencio de expectación en nuestras tropas, pero el caso es que en ese momento el enemigo se percató de su presencia y le lanzaron una ráfaga de tintorrazos como no había visto nunca. Hasta el estreno de Salvad al soldado Ryan no recuerdo haber contemplado una masacre como aquella. El Cebolla que había soltado el saco e intentaba levantarse para huir y salvarse de la gran bronca fue impactado por más de diez tintorros en un primer instante, cayó de rodillas y pidió clemencia al cielo elevando los brazos al aire, pero siguieron acribillándole a tintorrazos… otra imagen que clavaron pocos años después en Platoon.

Es posible que aquella hazaña le hubiera valido para ganarse el respeto del barrio. Pero desgraciadamente estuvo castigado tanto tiempo sin salir a la calle, que cuando volvió ya ni nos acordábamos. Así que, aunque con algo de retraso, sirva este post de homenaje a aquel héroe caído.

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2 Comentarios

  1. juanlu
    10 noviembre, 2011
  2. Chuscurro
    13 noviembre, 2011

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