El abuelo cebolleta presenta: Aquellas clases de gimnasia.


Ha sido escribir gimnasia y se me salen los recuerdos por las orejas. Balones medicinales, plintos, espalderas, testes de Cooper, pinos, puentes, volteretas y escenas lamentables a raudales. Se me saltan las lágrimas no sé si de la risa o de la nostalgia.

Podría ponerme a escribir un post o un tratado de trescientas páginas sobre la influencia de la educación física en la juventud española de los ochenta. Siendo esto un blog me decantaré por lo primero. Preparados, listos, ¡ya!

La primera escena que se me viene a la cabeza es la de Miguelín de mi clase de cuarto o quinto, el típico negado para la gimnasia. Tenía la cabeza clavada en la colchoneta y su reto y el de toda la clase era que diera una voltereta. En aquellas tiernas edades cuando la malicia no estaba desarrollada hasta el extremo, había un punto inflexión en la vida de un patoso en el que se pasaba de ser objeto de burla a ser parte de un objetivo común de todos los compañeros. Y aquel día, todos queríamos que Miguelín, irónico diminutivo, diese lo que él llamaba, “voltijeta”. Recuerdo su cuello al borde del desnuque, recuerdo sus sudores y los sudores del profesor, pero sobre todo esos pies que querían volar y apenas se elevaban unos milímetros del suelo en cada impulso fallido. No sé exactamente qué paso al final, probablemente la colchoneta se deslizó, o quizás sus vertebras se dislocaron, es posible que alguien le empujase del culo, incluso que lo hiciese toda la clase a la vez. Pero tras cinco o diez minutos de agonía y sufrimiento recuerdo ver su rechoncho cuerpo rodar sobre la colchoneta entre el aplauso enfervorecido de los allí presentes. Un momento de gloria que seguro que permanecerá en la memoria de Miguelín como permanece en la mía. Un momento corto, sin embargo. Porque aparte de una sonrisa de inmensa felicidad, había algo más en su rostro, el fruto de tanto tiempo de esfuerzo prolongado… estaba rojo, como sólo una sandía madura puede estar. Y es que aquel fue el día en que Miguelín pasó a ser conocido como Tomatito para el resto de la EGB.

Si la gimnasia ha sobrevivido hasta nuestros días ha sido básicamente porque hace veinte años no existía el programa “Gente” y los padres tenían cosas más importantes que hacer que poner demandas. Aparte de ser la clase con más humillaciones por minuto, estaban también las porterías sin sujeción y con hierros oxidados salientes que se derrumbaban en cuanto un portero aburrido se colgaba, estaban las pre-adolescentes cuasi-seguras de haber sido tocadas con alevosía en el culo por el profesor de turno que sólo pretendía que no se escornaran al hacer el pino, y, sobre todo, y ante todo estaba el salto del plinto con minitramp. Hace tiempo que no frecuento un colegio pero seguro que lo han abolido. No sé, yo debo haber visto más accidentes en el plinto que en la Formula uno. Gente que se lo comía, que se salía de colchoneta, gente que caía sobre gente que golpeaba a gente con los pies cuando aterrizaba. Para los que no teníamos visos de medalla olímpica en Gimnasia artística el plinto era el potro… de tortura. . Era divertido sí, pero era poco premio para tan poco riesgo. Te jugabas el prestigio ante la chica de clase que te gustaba, te jugabas la nota del profesor, te jugabas los dientes, y… ay de ti amigo, si dudabas y te quedabas corto, te jugabas los huevos. El potro se solía salta a lo largo sin voltereta o a lo ancho con voltereta. El día que Grego el chungo, intentó saltarse (nunca mejor dicho) esta ley no escrita paso a ser conocido como Huevo el Chungo.

Ocurría en las clases de gimnasia que a veces los tapados descubrían sus dotes ocultas. Y no, no hablo de las duchas. De hecho ahora que lo pienso yo, como la mayoría de chichos de mi clase, el día de gimnasia íbamos al cole en chándal (prenda importante porque en un cole público la marca del chándal situaba el status económico de tu familia- una vez, en epoca de vacas gordas, tuve un Karhu), y no me cambiaba hasta que llegaba a clase… ¿y luego me pregunto por qué ligaba tan poco de adolescente?

Los tapados de los que yo hablaba eran esos chicos semi-autistas, marginados o ascetas que vivían al margen del resto. En muchos casos repetidores, en otros sólo gente con miedo al rechazo social o la burla. Esos chicos debían matar sus horas de soledad haciendo abdominales porque cuando llegaba la clase de gimnasia encontraban su momento para brillar y ser admirados. Recuerdo repetidores lanzar el balón medicinal más allá de los diez metros y mirarte como advirtiendo que podrían hacer lo mismo con tu cabeza, recuerdo al “granos” saltar más de cinco metros de longitud sin carrerilla y sobre todo recuerdo el día en que el Cebolla dejó de ser conocido como el Cebolla. Era el día de las flexiones de brazos colgados del hierro de la canasta de baloncesto. Había que elevar la cabeza por encima de los brazos cuatro veces para aprobar… recuerdo que yo hice las dos primeras con facilidad, la tercera con suspense y la cuarta pataleando el aire como un ahorcado que intenta huir de la soga. Estaba en la media. Algunos suspendían y sólo unos pocos elegidos llegaban a diez. Y llegó el turno del Cebolla. Había expectación. Los más crueles por constatar su previsible cerapio, los que le conocíamos mejor esperando la anécdota, como que tirara la canasta al suelo o que su frágil cuerpo fuera arrastrado por el viento y quedase ondeante y agarrado al mástil cual bandera. Pero sorprendentemente no, y empezó a hacer flexiones de brazos con más facilidad que Rocky en sus entrenamientos, paso de diez con facilidad y si el profesor le hubiera dejado probablemente aún seguiría allí dale que te pego. Su gracilidad para elevarse admiró a todos. Fue el día en que el Cebolla pasó a ser conocido como Pajarito.

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  1. Boticaria
    10 febrero, 2011

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