El abuelo Cebolleta presenta: Cumpleaños felices.


Queridos nietecillos, en este día tan especial en que mi nivel de abuelez ha subido un punto, me vienen a mi deteriorada memoria recuerdos de aquellas fiestas de cumpleaños en las que hacerse mayor era un valor añadido y no un motivo para depresión.

No había parques de bolas, no había padres que se meten pelotazos mientras vigilan que sus hijos no se metan bolazos, no había cámaras de fotos digitales destellando por doquier, y sí, nietecillos, sé que os resultará difícil de creer pero los invitados con regalos brillaban por su ausencia.

Las fiestas de cumpleaños tenían un previo en el cole, la repartición de caramelos Sugus. Un reparto que visto desde fuera podía ser juzgado como completamente aleatorio, pero donde los de fresa y piña nunca eran dados al azar. Sólo lo para los elegidos. Curiosamente siempre eran los más abundantes en el excedente que te quedaba para casa. Siempre he pensado que si existe la reencarnación, la gente que parece amargada y asocial es porque en otra vida fue Sugus de naranja de limón.

La celebración era en casa. Niños sentados en sillas sin Nintendos en la mano y sin estar amarrados con cuerdas. El menú de cumpleaños era todo un clásico. De plato fuerte, sándwiches de pan Bimbo con salchichón, chorizo, jamón york y, atención especial, con Nocilla. ¡Dios!, una sándwich de Nocilla mezclado con la adrenalina por ser el protagonista de la fiesta… No hay Red Bull que lo supere. Parte de la diversión era luchar por ellos, y devorarlos como si fueran el último trozo de comida en el mundo.

Acompañamientos estrella: los ganchitos. Se sabía si un niño había asistido a un cumpleaños por el color anaranjado de sus dedos. En aquellos tiempos en que la hiperactividad no se diagnosticaba ni trataba, a los hiperactivos se les reconocía porque además de las manos, tras un cumpleaños, tenían naranja la cara, y por supuesto, la ropa. Los ganchitos además acompañaban el punto álgido de diversión, locura y descontrol: el momento en que los mojábamos en Fanta (o Mirinda) y Coca-Cola (o Pepsi), mientras el hiperactivo se los metía por la nariz. Risas al por mayor y principios de ulcera que se revelarían muchos años más tarde.

Y por último la tarta. Casera normalmente. Bizcocho relleno de natillas y recubierto de chocolate…asssssssfffffff (babeo incontrolado). Por supuesto todo el mundo a soplar las velas y a cantar el “cumpleaños feliz”, “feliz en tu día” y “es un muchacho excelente” como mínimo.

No había consolas, ni películas, ni otros adminículos lúdicos… la diversión consistía en el desarrollo natural del ágape, en el disfrute de las viandas, en las bromas y en las risas. Los regalos, ya lo advertí, brillaban por su ausencia. Con los amigos de confianza el acuerdo tácito de los padres era no regalar, los menos habituales traían detalles menores: tebeos, un clic de famobil en su caja individual, una peonza, un yo-yo,… En aquella época los juguetes no se apiñaban en una habitación, se apiñaban en un bote de Dixan.

Lo importante era ser el protagonista del día y reunir a todos tus amigos en tu casa. Bueno, todos tus amigos no, sólo aquellos que podían desplazarse andado, la presencia de gente de más allá de los límites de tu barrio era escasa y eran recibidos con honores de fichaje extranjero en equipo de fútbol de tercera división. Recuerdo que cuando Alfredo, mi compi del cole, que vivía a varios kilómetros de mis casa apareció en mi octavo cumpleaños, pensé que sería mi mejor amigo de por vida. Al año siguiente se cambió de cole, y nunca más volvimos a vernos… pero ya veis que no le he olvidado ni dejado de apreciar por la excepcionalidad de aquel gesto suyo.

Diversión, imaginación, amistad y comida de máxima calidad. Aún no soy padre, y no puedo hablar, pero si algún día lo soy, voy a llevar mal lo de meter niños en la cárcel de bolas….

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