El abuelo cebolleta presenta: El test de Cooper


Durante mis reminiscencias de las clases de gimnasia deje caer deliberadamente, sin profundizar en ello, el nombre de esta prueba mítica de la gimnasia de instituto. Hoy vuelvo a ella porque tenía mucha miga y mucha fatiga.

Supongo que seguirá estando vigente a día de hoy, pero bueno para mí, afortunadamente, no es más que un recuerdo del pasado. Al test de Cooper se le temía tanto como a un examen sorpresa. En realidad el test en sí no debería ser tan duro si pasas del tema y te lo tomas con calma, pero mezclado con las exigencias del profesor de gimnasia de turno o la competitividad adolescente podía llegar a ser letal.

Al señor Cooper, el de la foto, que inventó el test no sé si lo ha juzgado el tribunal internacional de La Haya, pero desde luego la tortura que creó ha sido de las más utilizadas de la historia. Para los que no lo sepan, consiste en medir la capacidad de esfuerzo en 12 minutos, y normalmente, por lo menos en mi instituto se contabilizada con el número de vueltas que se daban al campo de fútbol.

Ante esta prueba la actitud bien podría ser “que se esfuerce Rita” pero al final casi todos encontrábamos una razón para darlo todo y acabábamos para el arrastre. No obstante en esta carrera cada uno ocupaba un rol muy definido.

Estaban los plusmarquistas, son esos que los veías salir esprintando y pensabas para tus adentros “¿ande irán?”, pero los mamones se las apañaban para mantener el ritmo endiablado y luchaban entre ellos por el honor de ser el mejor de la clase. Luego estaban pseudo-plusmarquistas o frutas maduras, estos salían también a toda velocidad pretendiendo ser capaces de seguir el ritmo de los mejores de la clase, pero tú que los conocías pensabas para tus adentros “¿Cuánto aguantaran antes de desfondarse?”. Porque estos cuando se desfondaban se desfondaban de verdad. Yo he llegado ver sus hígados asomando por la boca al acercarse el minuto doce.

La mayoría íbamos a nuestro ritmo. Ritmo constante en campo menguante. Sí, porque las primeras vueltas respetábamos pasar por detrás del córner y de las porterías, pero luego poco a poco íbamos recortando y si el profesor no vigilaba mucho, las últimas vueltas podías cruzar por el punto de penalty. Eso sí también acabábamos matados porque cuando anunciaban que quedaban dos minutos metíamos el gran sprint, que se caracterizaba sobre todo por el adelantamiento masivo de frutas maduras.

Había un grupo menos competitivo a primera vista, pero que eran sin duda los cracks. Eran los que se infiltraban en el grupeto de las tías buenas y les daban ánimo y conversación. Sólo en los últimos minutos las abandonaban para mejorar un poco su marca. Estos eran los vividores en potencia. Alguno incluso podía fumarse un cigarrillo en las primeras vueltas para impresionar a las chicas.

Había una versión perdedora de los cracks, que eran los salidos fondones. Estos iban por detrás de las tías que más le gustaban para ver el bamboleo de sus cuerpos, llevaban chándales de felpa, y en sus sueños más húmedos pensaba que su chica preferida se desfondaría delante de ellos y les pediría que la reanimaran con el boca a boca. En las últimas vueltas intentaba adelantar el grupo de las chicas para hacer mejor marca… pero a veces no lo conseguían.

La foto final del test de Cooper era la siguiente. En el minuto 12 el profe tocaba el silbato y gritaba “ahora no os sentéis continuar un rato andando para ir adecuando el ritmo”. Sólo los plusmarquistas le hacían caso, porque a lo largo del campo de fútbol se veían el resto de cuerpos tumbados por el suelo boqueando como peces fuera del agua desperdigados tras la explosión de una bomba en el río. Los cracks erán más de apoyarse en el poste de la portería y encenderse un cigarrito. Los frutas maduras hacía tiempo que ya estaba tirados en el suelo y les iba a costar levantarse. De hecho el otro día pasé cerca del campo de fútbol donde hacíamos el test de Cooper y me pareció que había uno de ellos que seguía tirado allí.

El último episodio era compartir, chulear, ocultar, publicar o comparar los resultados. Hay cosas que ganan con el recuerdo, porque vivirlo en directo era una pesadilla. El test de Cooper es sin duda una de ellas.

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