Abuelo Cebolleta-especial verano. Cazando avispas en la pisci.


En esta tarde calurosa me encontraba intentando encontrar fuerzas para bajar al trastero a por el ventilador cuando descubrí que el sofá de escay y mi sudor habían hecho efecto velcro, y que por tanto me hallaba preso sin una posibilidad de escape que no implicase despellejamiento.

Viajé entonces con el pensamiento a la piscina, el lugar donde en aquellos buenos tiempos de niñez y adolescencia los días de verano trascurrían de principio a fin. Menudo universo: juegos de piscina, ligues de piscina, señoras que nadan a perrito tratando de proteger su peinado, el piscinero de turno…

Así que, queridos nietecitos, creo que he encontrado un filón para haceros el verano más refrescante.

La primera imagen que se me viene a la memoria es la de mi grupo de amigos caminando por la piscina al estilo comienzo de Reservoir Dogs, lo que pasa es que no llevábamos traje y corbata, llevábamos un bañador fardapaquete (por la edad paquetillo) Turbo (o imitación) con sus míticas rayas blancas a los lados, tampoco llevábamos pistolas… llevábamos chanclas en la mano. Íbamos al encuentro de nuestro archienemigo, ese que osaba turbar (nunca mejor dicho en el reino Turbo) nuestra paz, nuestra tranquilidad y nuestros juegos con su molesta presencia e incluso en los casos más dramáticos con sus aguijonazos.

Aunque visto desde fuera pudiera verse como un despiadado entretenimiento, para nosotros era un deber. La piscina era nuestro hogar en verano y debíamos protegerla. Es cierto que a veces, cegados por la ira de un picotazo, nos lanzábamos cual espartanos contra todo bicho volante que se cruzara a nuestro paso. Pero normalmente predominaba la táctica silenciosa enfocada a terminar con la avispa en concreto que alteraba el devenir de nuestras actividades sociales. Como cuando estábamos en “lo bajo” comentando el nivel de trasparencia de los bañadores de las chicas del lugar, y el temible insecto se empeñaba en volar amenazador alrededor de nuestras cabezas. De repente se posaba en el bordillo, y como en las películas de guerra, sin que fuera necesario que nadie hablase, un amigo te hacía un gesto con la cabeza, y tú salías del agua despacio, por las escalerillas, en busca de tu chancla, regresabas y te colocabas a una distancia prudencial. Bastaba una mirada cómplice, y tu amigo arrojaba un torrente de agua contra el bordillo que si no ahogaba a la avispa, como mínimo la mojaba lo suficiente para atontarla o ralentizarla y que tu concluyeses el ataque con certero chancletazo.

Si el motivo de la captura no era la paz social, sino venganza por un aguijonazo anterior… entonces procurabas que el zapatillazo no fuera tan certero. Querías capturarla viva, para someterla a la cruel venganza de ponerla sobre la ardiente cubierta del motor de la depuradora y torturarla con una lupa, o eso o alguna otra idea surgida de una inocente mente pre-adolescente.

Lo peor de ser picados no era el dolor. Eran los remedios caseros e ineficaces a los que te veías sometido, como la típica plasta de barro que una señora avispada, nunca mejor dicho, decidía colocarte… claro que siempre era mejor llevar el brazo embarrado, que meártelo como sugería el típico señor, con pinta de ex combatiente de Vietnam pero posiblemente sólo un recién jubilado sin amigos en su misma situación, que empleaba sus días enteros en la piscina aconsejando a los niños como aprender a nadar, a tirarse de cabeza o, como en este caso, a curar picaduras de bichos.

Qué hábitat de seres tan extraordinarios era la piscina. Hábitat inhóspito para la avispa.

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