Abuelo Cebolleta de Verano – Hormonas desatadas en la piscina.


Llega una época en la vida de todo niño en que el bigote le empieza a negrear, los gallos se multiplican en su garganta y comienzan a salirle pelos en los huevos.

Estos son indicios claros de la adolescencia, pero la verdadera erupción se produce en la piscina. Porque es allí donde uno descubre empíricamente que ciertas imágenes que perciben tus ojos pueden producir un crecimiento espontaneo en tu entrepierna. Tu primer canalillo, tu primer bañador, tu primera amiga, tu primera erección… tu primera colonia, Chispas.

La adolescencia es ese momento de la vida donde uno comienza ir a la piscina no sólo a jugar o nadar, sino sobre todo, a mirar. A mirar, a comentar, y, bueno, dependiendo del grado de valentía, incluso a ligar. Las técnicas de ligoteo podían ser volteretas en la piscina, bombas de salpicaduras espectaculares o demostraciones de habilidades gimnásticas sobre la toalla, es decir, lo que vienen siendo maniobras ridículas para llamar la atención de las hembras. Vamos, nada que nos diferencie del ritual de apareamiento de un pavo real. Aunque para pavo, el nuestro.

En ellas la cosa era un poco distinta. No más fácil. Tenían que aprender a gestionar las miradas masculinas y el tamaño creciente de sus pechos. Ellas también podían ir a ligar, pero sólo con el piscinero. Ese ser despistado y perezoso, que únicamente abandonaba su cómodo sitio bajo la sombrilla ante la inminente caída de un meteorito, y al que uno sólo se podía imaginar sudando si era para resolver una división con decimales. Pero claro, los piscineros eran “mayores” y eran rebeldes sin causa. “Mi padre quiere que vaya a la universidad, pero yo he venido aquí a demostrarle que puedo trabajar y ganar dinero para comprarme moto, soy un espíritu libre” solía comentar a su fans de catorce años a la vez que bostezaba.

Las revolución hormonal en las chicas muchas veces las hacía sentirse atraídas por el lado oscuro del halago y la admiración, y deseaban ser el foco de atención y, a veces, inocentemente, forzaban la situación marcando inconscientemente la memoria de una generación, o simplemente marcando inconscientemente.

Nadie de mi edad y de mi barrio puede haber olvidado el bañador blanco de Estela y su grado de trasparencia. En cuanto se corría (nunca mejor dicho) la voz de su hora de baño, allí estábamos toda la muchachada firmes (nunca mejor dicho) y listos para pasar revista en el minuto exacto. Se paraban las partidas de cartas, la caza de avispas, los partidos de waterpolo. Aparecían a la carrera por la puerta de la piscina los que habían salido a comprar el pan. El tiempo se detenía cuando ella se metía en el agua para contemplarla nadando elegantemente sus dos largos de rigor. Y cuando decidía salir, todas las miradas se dirigían a las escalerillas y se entrecruzaban en el aire formando un vórtice invisible de energía hormonal por el que se dice que una vez desapareció una señora viuda… sólo encontraron las flores de plástico semiderretidas de su gorro de baño.

Después del baño, a veces Estela decidía ducharse, y entonces se generaba un terremoto de grado cinco en la escala de Ritcher producido por los golpes sobre el suelo que daban los cuerpos de todos los adolescentes allí presentes … al colocarse a la vez boca abajo.

Allí se disparaban hasta los aspersores del césped.

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