Abuelo Cebolleta de Verano: El primer (des) amor.


Me pongo hoy más nostálgico que de costumbre recordando el primer amor. Es imposible evocarlo sin suspirar. Inevitable reírse porque las imágenes que vienen a mi cabeza se mueven entre lo entrañable y lo patético tirando al ridículo absoluto.

Nuestras primera técnicas de acercamiento eran un refrendo para la teoría de la evolución de Darwin, y deberían ser una prueba irrefutable para los (no me puedo creer que hasta alturas de la vida existan en el mundo occidental) creacionistas.

Éramos tan monos…

Primer amor y verano suelen ir de la mano, como dos adolescentes que se gustan y sin saber cómo expresarlo entrecruzan sus dedos mientras ella sueña con recibir un beso y él elucubra como podrá despegarse y cubrir la distancia que le separa de un pecho.

El calor, los trajes de baño, los días largos y la brisa nocturna son los ingredientes de la mágica poción.
A uno se le revuelven las hormonas y se le rebelan por dentro sentimientos desconocidos. Aturdido, anonadado, y la mayoría del tiempo superado por los acontecimientos se suele tirar por la calle del medio como haría el animal que llevamos dentro.

Primer amor de verano en la piscina: En este caso se decía te quiero con una aguadilla, si en la batalla se producía algún roce inesperado (pero bienvenido) uno se desataba y perdía el control. El límite entre hacer una aguadilla para conseguir un beso y hacer varias para que el socorrista le tuviera que hacer el boca a boca a menudo era difuso para el adolescente en plena ebullición del pavo.

Primer amor de verano en las fiestas del pueblo: Después de haber conseguido un peluche en la caseta de tiro, no había mejor prueba de amor que perseguirla, como un macarra al volante de un R5 tuneado con tubo de escape agujereado, por la pista de los coches de choque al ritmo de “Dont you want me” de Human League. Cada choque brutal significaba un beso en tu inocente corazón, y una fisura en su caja torácica aún en desarrollo.

Primer amor de verano en la playa: Si la playa no viene a Mahoma, Mahoma irá a la playa. O en otras palabras, mientras ella tomaba el sol plácidamente en su toalla había dos opciones: si la distancia era corta y su peso bajo, se la cogía en brazos y se la tiraba al agua. Si la distancia era larga, se le echaba agua sutilmente (la que goteaba de tu pelo) o salvajemente (llenando el cubo de tu hermano pequeño). Si en el devenir de la previsible lucha a ella se le escapaba un pecho (la ola ese gran aliado del adolescente) el chico se daba por satisfecho (y posteriormente solía satisfacerse pensando en ello).

Vale sí, éramos (y somos porque algo queda de aquel adolescente) algo básicos. Pero no se nos podía echar en cara. Los amores de verano eran amores contrarreloj, no tenías todo un curso por delante para pensar en cómo conseguir un beso. Tenías como mucho quince días, por eso recurrías al instinto y tirabas por la calle del medio. Por eso la última noche cuando se acaba el tiempo, a pesar (o además) de los ahogos o los choques, buscabas también el beso. A veces con torpeza, o tan sutilmente que ni ella se daba cuenta. A veces con decisión, pero con retraso. Ella ya se había enamorado del tío mayor de dieciséis años…

Supongo que no les pasará a todos, pero yo recuerdo más fracasos que amores de verano. Tampoco me importa, disfruté cada momento. Aunque no me cabe duda que si en vez de ecuaciones de segundo grado, en el cole enseñaran a decir “te quiero”, en mi mundo (y en el mundo) habría habido más besos.

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