El Abuelo Cebolleta presenta: Cambio horario, a las 3 serán las 2.


Ay, amigos lectores pertenecientes a este nuevo mundo digital, es posible que hoy os hayáis levantado como si nada, sin más obligaciones que sacaros de los ojos vuestras legañones de domingo. Pero hubo una época, no tan lejana, en que los relojes no se ponían en hora solos. Una época donde el cambio horario llevaba emparejados una serie de rituales y discusiones familiares.

Añoro aquella frase al incorporarme a la comida del domingo sin desayuno previo: “¿qué hijo, hoy parece que te has levantado con la nueva hora?”

La verdad es que a mí siempre me han gustado los días de cambio de hora. Incluso aquellos en los que tienes que pagar sesenta minutos de sueño de peaje. Nunca he entendido muy bien la razón de su existencia, dicen que es el ahorro de energía, pero a mi gustaría que fuese porque existe una conspiración internacional para sacarnos a los ciudadanos de la monotonía al menos dos veces al año.

Las personas somos renuentes a cualquier cambio, incluso a uno tan sencillo como éste, quizás porque incluso uno tan sencillo como éste nos descuadra nuestras cuadriculadas vidas. La prueba palpable de esto que digo es que recuerdo como cada año en mi casa se producía el mismo debate sobre si se adelantaba o atrasaba el reloj… Entonces no había internet, y cada uno defendía una postura distinta, mi padre porque lo había leído en el periódico del bar, y mi madre porque lo había oído en la radio. En un momento dado se aplicaba la lógica solar, pero la mayoría de las veces se acababa consultando a la vecina, como fuente neutra de información fiable.

Luego estaba lo de cambiar la hora a las 3, como hacer eso literalmente sólo es posible durante una época de tu vida que suele trascurrir de los 18 a los 30 años, también se discutía si se ponían en hora los relojes antes de acostarse o después de levantarse. Parecía algo trivial, pero no lo era. Los hay que prefieren acostarse de buen rollo y los que prefieren estarlo por la mañana recién levantados. Vamos, la eterna división humana entre trasnochadores y mañaneros, aplicada esta vez al ajuste horario.

Amante de los cambios en general, mi amor por éste en particular tiene fundadas razones. Para empezar gracias a él deje de ser un ente chupóctero, una mera remora, una miembro infantil sin rol ni aportación definida a la estructura familiar. La entrada del reloj digital en general, y de los Casio en particular, en nuestra casa fue absorbida gratamente por mi mente pre púber ávida de conocimiento… y por nadie más. Por ese motivo durante muchos años, cada seis meses, la noche antes del cambio horario (mis padres eran trasnochadores aunque yo me declaro aquí abiertamente mañanero) llevarían los relojes digitales de la casa (radios y videos incluidos) ante mi presencia para que los pusiera en hora. Por fin, hacía algo importante, más que importante… ¡crítico!

Gracias al cambio horario, era el responsable de que mi familia no estuviese atrasada a su tiempo.

Pero ahí no queda todo. Octubre de 1992. Mi atracción por Evita era más que patente. Pero como siempre mi valor le iba a la zaga a mi corazón. La noche trascurría, y mientras las conversaciones entraban por mis oídos y salían por mi boca, mi mente hacía tiempo que permanecía estancada en su sonrisa, y más concretamente en sus labios. No sabía que decir, ni como acercarme a ellos, simplemente quería probarlos. Y entonces ella anunció su marcha…, fue en aquel afortunado instante cuando apremiado por el tiempo que se escapaba me atreví a sujetar su mano.

– Quédate un poco más.
– No puedo, tengo que estar a las tres en casa.

Y entonces, agradecí al Ministro de Economía sus medidas de ahorro de energía, y a mis padres su debate y su posterior encargo de poner los relojes en hora. Y con toda la seguridad que me daba ese conocimiento, y aquel guiño del destino, me abalancé sobre sus labios justo después de decir.

A las tres serán las dos…

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