El Abuelo Cebolleta presenta: La Gran Guerra de nieve en la Plaza Mayor.


Llega una edad en que los granos llegan a tu cara con toda su purulencia, y los gallos a tu garganta con toda su estridencia. Te afeitas el bigote cantinflero, y sales a comer con tus compañeros de instituto el día de las vacaciones de Navidad.

Y de eso va hoy mi historieta, nietecillos, de la fortuna que tuve porque la primera Navidad en que salí a comer con los colegas de clase como un ente mayor, fue el día en el que la plaza ídem registró la mejor guerra estudiantil que se recuerda en los anales de la humanidad.

No recuerdo donde habíamos quedado a comer, aunque las comidas con los compañeros de instituto solían acabar en el “Buffet Libre Playa de Gandía” de la calle Bravo Murillo, o en restaurante exótico y barato, es decir, uno de los cuatro restaurantes chinos que había por Madrid. Sobra decir que en el primer lugar primaba la cantidad sobre la calidad y que los Almax y los Omeprazol de hoy pueden ser consecuencias de aquel menú compuesto por un primero de alitas de pollo, un segundo de calamares, un tercero de croquetas, un cuarto de callos a la madrileña, un quinto de espagueti boloñesa, un sexto de pizza y un pleno de quince postres. Del café pasábamos que era muy fuerte.

En el chino se comía menos porque te daba un poco de grima esa cosa tan extraña llamada rollito, pero se pasaba mejor. Nadie sabía usar los palillos para su cometido original pero sí para tocar la batería con unos vasos, hacerse unos colmillos de Drácula o unas antenas de cucaracha. Y es que los restaurantes orientales eran sólo frecuentados por estudiantes o por personajes viajeros. Como mi tío soltero al que yo tenía en estima por ser un gran aventurero que recorría Asía, pero del que luego descubriría que era un golferas practicante de turismo sexual.

El caso es que aquel mítico año, antes de ir a comer, tras recibir las notas, algunos con más pena que gloria, decidimos ir al centro. Ya en el metro nos encontramos a algunas pandillas que portaban un maravilloso spray de espuma con el que podías empapar a quién quisieras. Según nos acercábamos al centro veíamos más y más, y en cuanto unos amables chavales nos indicaron donde se compraban, tras habernos pringado previamente, nos hicimos con nuestras primeras armas. Al llegar a la Plaza Mayor contemplamos la típica escena de tartazos de cine mudo, sólo que en lugar de tartas había espuma, y en un lugar de un par de actores había miles.

Se armó la de Dios es Cristo en Navidad. Aquello era todos contra todos, con munición ilimitada debido a los puestos del mercadillo navideño. Se echaba espuma por diversión, para ligar, y en algunos casos incluso para intentar asesinar. Yo personalmente lo pasé bien, pero hubo heridos por lesiones oculares, asfixia al tragar la nieve en bote y otros daños colaterales varios. Si se te acababa la munición en medio de una emboscada, también valía lanzar el bote usado. El suelo de la plaza quedo adoquinado con botes vacíos y el sonido de la gente caminando sobre ellos se asemejaba a un megarebaño de ovejas con cencerro. Nadie que pasara por allí ser libraba de ser rociado. No había piedad, ni clemencia, sólo espuma esparcida por doquier.
Supongo que las mujeres de mi edad lo recordarán como el primer día que se pusieron rimmel y acabaron con la cara negra porque la nieva en spray se lo destiñó. En representación de todos mis congéneres y en señal de disculpa tardía a mi amor platónico Belén (navideño nombre donde los haya) he de decir que lo hacíamos para que os fijarais en nosotros.

Habrá habido guerra con espuma similares, pero nunca tan grande, divertida y multitudinaria como aquella. Al año siguiente la policía empezó a requisar los botes. Es cierto que fuimos salvajes, en cierto modo vándalos, irrespetuosos, nada sensibles con la limpieza de la ciudad y que agujereamos sin saberlo el agujero de la capa de ozono. Es cierto que hubo heridos y alopecias prematuras…. Pero yo nunca me lo pasé mejor en Navidad y como diría Gila: “si no saben aguantar bromas, márchense del pueblo”.

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