Cuento de Navidad: La soledad de la langosta.


De los 273 amigos en el Facebook no había llamado ninguno. Algunos habían escrito frases tan originales como “Feliz Navidad a todos” en sus muros, los mas vagos al estilo Twitter “FLZ Nvd” y los mas iconoclastas, entre sus amigos había algunos, se habían atrevido con mensajes revolucionarios “No creo en Papa Noel”. Ni una ni uno de ellos se habían acordado que todavía funcionaba esta artefacto tan antiguo que se solía llamar teléfono. Y así se encontraba en esta noche del 24 de Diciembre, sola en su mesa enfrente de un langostino frio tan animado como su corazón. Al menos, el pobre crustáceo tenia la suerte de la compañía de una mayonesa ligera e industrial. Ni siquiera había tocado la copa de vino que se había servido generosamente con la esperanza de alegrar la noche. Se sintió ridícula al brindar frente al árbol de Navidad comprado en el chino de la esquina hacia apenas unas horas. Escupió el primer trago de vino tinto y decidió no volver a tocar la copa. Hubiera podido llamar a sus padres, y pasar la noche oyendo a su madre recriminarla por haber dejado este novio tan ameno (si mama, pero el langostino tenía más cerebro que él) mientras su padre intentaba discretamente subir el sonido del televisor para seguir el especial de la Hora de José Mota. Se acerco de nuevo al móvil, 3G, Android, pantalla táctil y chequeo rápidamente el Facebook, pero esta noche ni siquiera los freakys estaban conectados. Se puso un partida de Angry Birds pero lo único que consiguió fue enfadarse más con esos párajos tontos. Intentó racionalizar sus pensamientos mientras sacaba el solomillo del frigorífico: últimamente pocas cosas parecían tener sentido en su vida, un trabajo que producía informes que nadie leía, unas relaciones sentimentales llenas de promesas jamás cumplidas, unos amigos que corrían sin cesar de un lado a otro siempre estresados para no perder una oportunidad de trabajo, una noche de fiesta, o una competición. Parecían todo excusas muy validas con el fin de no sentarse con ella para compartir sus pensamientos. Empezó a teclear en el Smartphone pero, no, definidamente, el Facebook no era lugar para compartir sus dudas existenciales. Admitía también que sus dudas eran egoísta, ¿que era ella? sino una niña guapa insatisfecha. Cogió el libro en la encimera, el típico de autoayuda barato “365 frases para estar feliz” y leyó el pensamiento profundo del día 24 de diciembre “El Amor es la repuesta”.
Tiró medio solomillo en la basura así como el langostino que había dejado en el borde del plato, miró la hora: las 21h00, al menos hoy se iba a acostar pronto. Tenía en la mesilla de noche un libro de cuentos y leyendas nórdicas, se suponía que era para adolescentes pero las ilustraciones le había llamado la atención y se lo había regalado, su única concesión al frenetismo mercantil de estas fechas.
Antes tenía que bajar a tirar la basura para evitar el olor a marisco por la mañana en la cocina. Por colmo, con la basura en la mano, su bata rosa, sus zapatillas de casa de “Hello Kitty”, se cruzó con los vecinos: ella, un vestido negro corto, el: esmoquin y una botella de champagne en la mano, los dos con grande sonrisa en la boca al decirle el clásico “Feliz Navidad”. Dejó la basura en el cubo pero al volverse a coger el ascensor para subir a su piso vió en el buzón una carta, sin duda la compañía de teléfono para ofrecerle un nuevo móvil, ¿que iban a inventar esta vez? No parecía un sobre comercial, la letra estaba escrita a mano, algo un poco anticuado le pareció. Abrió el sobre. Contenía una postal de Navidad, esas de Unicef, tan cómoda de comprar para tener buena consciencia. Era una invitación a cenar por esa misma noche de un amigo un poco tímido y torpe con quien se sentía a gusto. Se miro en el espejo del hall. Podía arreglarse rápidamente, un poco mas de pinta labios de color vivo, ponerse tacones con ese mismo pantalón, y quizás una flor en el pelo…Lo llamó y él confirmó que todavía estaba a tiempo. Se sorprendió al verse sonreír en el espejo y entendió que un simple detalle tan pasado de moda como una carta escrita a mano simbolizaba el espiritu de Navidad que echaba tanto de menos.

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