El Abuelo Cebolleta presenta: la crisis de los 20.


Queridos nietecillos, cumplir años debe ser siempre motivo de alegría, pero es también un punto de reflexión y a veces de inflexión en nuestro caminar por la vida.

Un montículo desde el que contemplamos lo que hemos recorrido, lo que nos queda por recorrer y hacemos balance de lo bueno y lo malo.

En términos ciclistas, estos montículos serían puertos de cuarta categoría… aunque hay años en los que por la redondez de los dígitos, lo son de primera.

El primero de primera es el puerto de los 20.

Por mucho que la distancia del tiempo nos lo pueda distorsionar cumplir veinte años es una putada. Es ese momento en el que la contundencia del DNI te arrebata cualquier vestigio de la infancia y te convierte en adulto por pleno derecho. Lo mires por donde lo mires, eres un mayor. Un ente en teoría capacitado para ser independiente por muy cómodas que sean las facilidades que le proporcionen sus progenitores.

Por eso es sobre todo al mirar hacia adelante cuando surge la crisis: Acabar la carrera, la formación profesional e incluso en irredentos optimistas… acabar el COU y sacar buena nota en selectividad. Buscar trabajo. Buscar, en algún punto más lejano o cercano del futuro, piso. Buscar una pareja estable y, según tus principios (innatos o impuestos desde el exterior) hasta casarte. Y, por supuesto, la gran preocupación a esa edad: el sexo…. o, mayor aún si cabe, la ausencia del mismo.

Si se mezcla estos sinvivires con un control en la ingesta de alcohol aún por desarrollar, y con un cuerpo capaz de soportar cantidades etílicas superiores a las que puede gestionar el cerebro, esto deviene indefectiblemente en una gran depresión… que en el caso de los chicos no es más que una cortina de humo para ocultar su mayor anhelo en el día de su vigésimo cumpleaños… follar aunque sea por pena.

Lamentablemente este noble propósito no suele llegar a conseguirse, y sin embargo se consiguen otras hazañas menos deseadas pero igualmente memorables. Ejemplos hipotéticos de las mismas serían: ir a una fiesta de la Facultad de Estadística y acabar vomitando en la entrada del Palacio de la Moncloa, lanzarse de cabeza a un seto… o regalar (y regar) tu aliento etílico sobre la que piensas que puede ser la futura madre de tus hijos.

Así que, nietecillos, ahora que me encuentro en medio de un montículo de tercera a punto de comenzar la escalada a un alto de primera categoría he dejado de creer en las crisis de la edad… ¿el truco? No mirar ni adelante ni hacia atrás, simplemente disfrutar del paisaje. Aprovechad que la vida son cuatro pedaladas.

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One Response

  1. De Cabo
    15 febrero, 2012

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