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Séptima temporada de Lost: Perdidos en Castellón

Una pieza de fuselaje salida de la nada pasó a pocos metros de un conejo que corrió a ocultarse en su madriguera, apenas unos segundos después la parte delantera del vuelo 857 de la Mediterranean tomó tierra en una pista totalmente desierta, casi fantasmal, despidiendo crepitantes chispas mientras la fuerza del rozamiento hacía posible una frenada a priori imposible.

Jack abrió los ojos. Confundido aún por la traumática experiencia que estaba sufriendo no supo identificar si estaba en un espacio vacío y atemporal, en una isla desierta o si aquello era el cielo o el limbo. Un cartel le proporcionó una ligera pista, no precisamente de aterrizaje: “Welcón to Castelló Aeroport”

Los supervivientes se organizaron en grupos y comenzaron a recorrer aquellas instalaciones de aspecto desamparado. En lo alto de la torre de control encontraron a un tal Desmundo. Tenía que introducir números, pero en un sudoku, mientras mataba el tiempo esperando que algún día llegase un avión. Les contó que había sido asignado allí por “The Fhabra Initiative” y que temía salir al exterior porque a veces se encontraban por allí los hostiles, Los Otros, vamos, los rojos. Les narró como un día le pareció divisar un oso polar por las pistas, aunque luego resultó ser Rita Barberá con un abrigo de chinchilla.

Volvieron al exterior, tras un infinito de pistas vacías, llegaron al sitio más misterioso: aquella extraña estatua. No tenía cuatro dedos en el pie, pero tenía por los menos cuatro brazos, y, lo peor, costaba un ojo de la cara. Sospecharon que había sido traída allí por miembros de antigua civilización. Pero al parecer la había construido figurantes de Terra Mítica en paro.

Asustados quisieron salir de allí. Alguien oyó de un submarino que solía visitar aquel lugar. Aunque resultó ser un equipo de fútbol, el Villarreal, el submarino amarillo, que llevaba publicidad del aeropuerto en sus camisetas.

Alguien dijo que aquel misterio necesitaba un final guay… Así que comieron perdices y se fueron a Marina D’or. ¡Qué guay!

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