El Abuelo Cebolleta presenta: mi primer día de cole (y 2)


Lamento haber interrumpido mi relato en su punto más álgido, pero habéis de comprender que a ciertas edades cuando la vejiga aprieta nada más se respeta.

Era mi primer día y acababa de llegar al nuevo cole. Lo de nuevo era en relación conmigo porque aquel edificio estaba más desgastado que la conciencia de un banquero, y lo de cole sin duda es un eufemismo.

Qué decir de una institución cuyo cuadro principal de profesores lo constituían Don Pablo, Don Pablito, Doña Leonor y Leonor a secas. Como podéis imaginar aquello no era un homenaje a los, tan de moda en aquella época, Payasos de la tele. Se trataba de un negocio familiar o cuando menos un antro de nepotismo y enchufes.

Además los métodos de enseñanza de Don Pablo podrían haber sido etiquetados en aquella época como conductistas… y hoy en día como sadismo o simple maltrato infantil. Aquel maestro (del miedo) solía llamar a su mesa al que hablaba en clase y corregía su inapropiada conducta a base de golpes dados en la palma de la mano con un palo. Recordemos que éramos niños de cuatro o cinco años. En fin, este canalla sobreviviente de un modelo de educación anterior ya olvidado, fue apodado por razones evidentes como “Don Palo”.

Menos mal que para hablar teníamos el recreo… En un lugar tan cutre que no tenía ni patio, el recreo consistía en irse a comer al rincón de la papelera el Tigretón o el sándwich de Nocilla envuelto en un papel Albal que servía luego para construirte una pelota de aluminio con la que jugar al ¿fútbol? en el pasillo.

Pese a las condiciones y restricciones de aquel lugar recuerdo con cariño aquellos días, y sobre todo a algunos de mis compañeros: Manolín ,ser de mi barrio le convirtió en uno de los mejores amigos ese curso, nos separamos al cambiar de colegio al año siguiente. Nunca más volvimos a ser amigos, pero cada vez que nos cruzamos por la calle sé que hay una parte de nosotros que se ilumina recordando nuestros días de parvulario. Me encantaría coincidir con él en el asilo.

Pilar, lo más parecido que allí encontré a un primer amor. Lo digo porque dudo que sintiera una atracción amorosa consciente, pero si recuerdo, aún hoy, su gesto distraído mirando por la ventana y sobre todo su dedo incansable ensortijándose en los mechones de pelo durante horas. La clase no le daba para hacerse la permanente, pero aunque ella no lo supo sí se llevó mi permanente atención.

El nombre de mi mejor amigo aquel curso, y mira que me fastidia, ha desaparecido en algún lugar de mi caduca memoria. Es normal porque su recuerdo es una escena muy potente que borró lo demás: jugando los dos en medio de la clase fuimos reprobados por Don Palo, y él acaparó la responsabilidad pensando que una herida que tenía en la mano apiadaría al sádico profesor… Se equivocó. La imagen que guardo en la memoria es su llanto y su palma sangrando. En el corazón se quedó su gesto, y una enseñanza: la desconfianza hacía a todo aquel que necesita mostrar su superioridad pisando al débil.

Vaya, ahora que me doy cuenta iba a recordar el primer día de cole y he acabado vertiendo en pocas palabras los pocos recuerdos que me quedan de aquel año… qué cabeza la mía. En fin, nietecillos, ya sabéis que la vida son dos días y hay que tomárselo con un humor. Por eso quiero reírme y acabar destacando la segunda enseñanza que me llevé de mi primera experiencia escolar: es mejor pedir permiso (para ir al servicio) que pedir perdón (por el olor de tus pantalones).

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