El Abuelo Cebolleta presenta: mi primera comunión.


Mi primera comunión fue una de las últimas. Mi primera comunión no fue la hostia. Fue un encadenamiento continúo de decepciones. Un despropósito en el establecimiento de propósitos de futuro. Hubo momentos en que sólo mi tierna inocencia impidió que en lugar de tomar el cuerpo de Cristo, me cagase en él.

Mi primera comunión fue mi primera crisis, la primera que superé en cuanto me di cuenta que no se puede someter la realidad al dictado de las expectativas de los demás.

Ni traje de grumetillo ni de capitán de la marina mercante, mi dignidad salió indemne del primer envite de la celebración. Un gesto que siempre agradeceré a mis padres por librarme de futuras humillaciones y rubores innecesarios. Sólo una corbata y una cazadora de entretiempo desentonaban con mi edad aunque me concedían un aire distinguido a lo Freddie Bartholomew, el niño pijo de Capitanes Intrépidos.

Estaba listo para no volver a decir palabrotas y para no volver a pegar a mi hermana. Me habían preparado para que aquel día fuera un punto de inflexión en mi vida, dudo que uno pueda ser mejor moralmente de lo que es cuando tiene diez años pero nos habían asegurado que eso sería así y yo lo creía de corazón. De todas maneras mis decepciones no vendrían por ahí.

Por supuesto mis decepciones fueron materiales. A primera hora de la mañana según iban llegando familiares a casa empezaron a caer una tras otra las puñaladas en mis expectativas: una pluma estilográfica, un álbum de fotos nacarado, un diario con ribetes dorados, un reloj digital… ¡sin calculadora ni tonos musicales de alarma!, y finalmente los regalos estrella que sin lugar a dudas podrían haber hecho las delicias de un patriarca gitano pero no de tierno infante, hablo de la cadena de oro, el crucifijo de oro y el sello de oro. ¿Dónde estaban aquellos maravillosos obsequios de los que todos los otros niños me habían hablado?

Comenzó la ceremonia, y en el momento de mayor tensión cuando los labios se me secaban y las rodillas se tornaban temblorosas porque debía hablar por primera vez en mi vida ante una gran audiencia (entonces las iglesias rebosaban gente),dudé en salirme del guión y pedir a Dios para que me regalaran al menos un mísero juguete en lugar de hacerlo para que se terminara el hambre de los niños de África. Viendo 30 años después el efecto que mis plegarias tuvieron en los países subsaharianos… debería haberlo hecho.

Al terminar la ceremonia no hubo más novedades en el capítulo de presentes que una mísera esclava de plata con mi nombre grabado en ella y la fecha del que consideraba sin lugar a dudas el día más triste de mi vida. No sabía lo que era una depresión pero estuve a punto de caer en ella.

Afortunadamente al llegar al lugar del banquete me di cuenta de un hecho excepcional sobre el que nadie me había advertido: por primera vez (y única en mi vida) tenía juntos en el mismo lugar a mis mejores amigos, mis primos por parte de madre, mis primos por parte de padre y en definitiva todas persona que quería que existían en mi vida. Además, por si eso fuera poco, todos ellos estaban esperando a que yo decidiera a qué jugar y dispuestos a seguir mis sugerencias. De pronto el día sombrío se tornó en soleado.

Puede que sólo hoy, mientras escribo esto, sea consciente de la dimensión mágica e irrepetible de aquel instante. Inconscientemente sí que aprendí que no importa tanto lo que tienes sino con quién estás…

Que las crisis materiales no pueden considerarse como tales mientras tengas a tu lado a la gente que te importa.

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