Vacaciones en casa de mis padres (basado en hechos reales)


Después de mis vacaciones en el mar y de un descanso merecido en un resort todo incluido, este año la crisis aprieta y no me queda más remedio de que de volver al nido materno para pasar algunos días de descanso. Todo esto sin contar con el empeño de mis seres queridos que ponen nada más llegar en arruinar mis aspiraciones de paz interior.

Una vez instalado, después de algunos momentos de siesta, mi madre decide que es la hora de darme noticias de todo el vecindario: “¿Te acuerdas de la señora X, la que vivía al otro lado de la calle?”. Hace más de 20 años que no vivo en el barrio y ya no conozco a nadie pero ella sigue “como no te vas a recordar, tenía un hijo de tu edad” De este si que me acuerdo, era un puto cabrón. Confirmo mentirosamente que sí me acuerdo perfectamente y espero la anécdota divertida acerca de esta señora.

“Pues ha muerto…”

Y a partir de este momento, tu madre repasa todos los vecinos, alargando su defunción con la lista de sus enfermedades y diversas dolencias. Después del tercero, pierdes la cuenta pero sospechas que hubo una guerra termonuclear en el vecindario para que se produjera una hecatombe de tal magnitud. Ella nota que el tema empieza a deprimirme y cambia de tema: “¿Te acuerdas de Isabel, tu ex novia?” Por razones que no conviene explicar a una madre, me acuerdo por supuesto perfectamente de ella y se me hace un nudo en la garganta a pensar que podría ser otra víctima mortal de los acontecimientos letales del barrio. Mi mujer que está leyendo un libro desde hace tres horas sin decir una palabra levanta los ojos y parece poner un interés inhabitual en la conversación. Veo el peligro acercarse, no es una conversación que me apetece seguir y sólo un milagro podría salvarme. Un milagro o mi padre que entra en este momento en el salón con el periódico en la mano: “Hijo, que tal si mañana vamos a “pescar” mejillones?” Mi padre da por hecho que mi repuesta es un sí y sigue:

“Pues la marea baja esta a las 5h30, nos levantaremos a las 4h30”. Era justo lo que más me apetecía levantarme tan temprano estando de vacaciones y ya intento poner excusas: “No tengo botas de andar sobre la roca”. Pero hay pocas cosas que puede vencer a mi padre, la adversidad y él son viejos conocidos, y me asegura que en el fondo de un armario tiene un par de botas para mí.
Ya de noche, acostado al lado de mi mujer cuando ella sin venir a cuento, pregunta quién es esta Isabel, porque nunca ha oído hablar de ella, porque me he puesto colorado a oír su nombre. Le aseguro que solo me interesa el presente y que mi futuro está reflejado en la luz de sus ojos, da igual: acabo en el sofá del salón con motivos florales descoloridos y menos confortables que un asiento de Ryanair. He dormido media hora cuando mi padre con la delicadeza de una purga política en el politburó chino decide despertarme. “Es hora hijo vámonos”. Mi padre aprovecha la media hora de camino para comentar conmigo el último sermón de la misa del domingo y para concluir que le gustaba más el cura de antes. Aparcamos y pregunto por las botas. “Sabía que me olvidaba de algo”. Miro mis pies y tengo los zapatos de cuero nuevo, lo ideal para andar sobre roca húmeda, pisar algas gelatinosas, y evitar aplastar los moluscos traicioneros.

Hicieron falta 20 minutos para mi tropiezo y darme contra la roca en la cabeza. Estoy aturdido y la sangre me cubre el rostro. Volvemos al coche, mi padre me da un trapo para intentar parar la hemorragia y solo mas tarde descubriré que ese es el trapo que usa para verificar el nivel de aceite del motor. “Tu madre te pone una tiritas y como nuevo…” Mi madre opinó lo mismo y nos fuimos de cabeza a urgencias. El diagnostico son cuatro puntos y mientras una enfermera becaria que nos confiesa que no soporta la vista de la una aguja (pobre cenicienta) intenta coserme la cabeza sin desmayarse, mi madre le hace la conversación” Pues es la tercera vez que venimos con él a urgencias: la primera fue a los ocho años que tenía una diarrea, pero una diarrea como nunca he vuelto a ver en mi vida, y Dios sabe la de cosas que he visto con su padre, que el pobre no tiene estomago para la digestión de las albóndigas… la segunda fue cuando adolescente decidieron con sus amigos tirarse pedos en botellas de cocacola y… ” Mejor interrumpirla aquí:

“Mama ¡si eso fue mi hermano…”

“Como que tu hermano! me acuerdo muy bien de quien fue….“

Volvemos a casa con la esperanza de algún descanso, pero desde la entrada se oye el sonido del teléfono. Contesto yo a la voz de mi hermana: “Hermanito? Dónde estabas? Hace dos horas que intento llamarte…” Cuando mi hermana me llama hermanito, sé que una idea genial se le ha ocurrido. Una idea genial en la cabeza de mi hermana significa una catástrofe eminente para cualquier persona adulta y medianamente responsable. Ha heredado de mi padre el don para no escuchar las repuestas a sus preguntas y sigue: “Como estáis en casa de papá y mamá, he pensado que os gustaría ver a los sobrinos, no os molesta de verdad?” Es una pregunta retórica, los niños ya están el tren y llegan exactamente dentro de 15 minutos para quedarse con nosotros una “pequeña” semana de 10 dias. Los niños son dos adolescentes enormes que ya nos obligan a revisar toda la distribución de los dormitorios. En una maniobra cuya estrategia todavía intento entender, tenemos que ceder nuestra habitación a los dos sobrinos, y el sofá de motivos florales descoloridos del salón se convierte en nuestra cama por el resto de las vacaciones.

A este momento del día, creo q me merezco un café y me siento en la cocina con mi taza en la mano. El café es asqueroso y me provoca arcadas, pero este café de cuando es?? “De dos días, ya estamos para tirar el café, que delicado te has vuelto desde que vives fuera del país… ah, y por cierto acerca de Isabel, la pobre está divorciada y hemos pensado que te gustaría volver a verla, la hemos invitado a cenar…” Veo la mirada de mi mujer y en este momento sé que se me van a hacer muy largas las vacaciones, sobre todo durmiendo en la bañera.

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