Peripecias de un Prepapá. Semana 18. ¿Qué nombre ponemos al bebé?


Tras resolverse el sexo del bebé, uno de los enigmas más interesantes que presenta la aventura del embarazo, iba a comenzar un nuevo periodo de corta duración caracterizado por dos fenómenos muy comunes: la lucha en pos del nombre de la criatura y la eclosión de un efecto nido que aunque había aparecido incipientemente en las primeras semanas había permanecido latente la mayor parte del tiempo.

Cómo matar estos dos pájaros de un tiro era un reto al que me enfrentaba como referente bloguero de otros prepapás. Y la cosa no salió del todo mal.

El efecto nido es una predisposición exacerbada de la mujer a preparar la casa para la llegada del bebé. Según las embarazadas para que un niño de tan sólo un día se sienta bienvenido a su nuevo hogar es necesario pintar toda la casa, comprar muebles nuevos, adecuar un cuarto para él, decorarlo con motivos infantiles e incluso, si por ellas fuera, comprarle un coche para cuando se saque el carnet.

En un piso de 60 metros cuadrados como el nuestro, el efecto nido consiste en generar un gran caos con una mudanza constante donde por desgracia el espacio ni se crea ni se destruye, únicamente se traslada. Lo que pasa es que tampoco conviene discutir mucho las sugerencias de mamá pato porque puede ponerse violenta si alguien amenaza la integridad de sus huevos. Esto hablando metafóricamente, hablando literalmente los únicos huevos que peligraban eran los míos.

Mientras tanto y como al señor Murphy también le da por atizar con su ley a las parejas embarazadas, nosotros que teníamos ya un acuerdo cerrado sobre el nombre de niña, debíamos ahora que encontrar uno de niño. Había convenio en ciertos conceptos: no queríamos nombres compuestos, no queríamos nombres creativos ni originales, no queríamos adaptaciones de nombres extranjeros… No queríamos que se llamara Yonatan.

A pesar de todo estos puntos en común no encontrábamos un nombre que al oírlo encendiera una chispa compartida. Poco a poco cada uno nos íbamos acochinando en tablas con nuestros favoritos. Ella: Miguel, Jaime y Alvaro. Yo: Luis, Javier y Mario. En estos casos la democracia no vale para nada porque cada uno teníamos un voto de un total de dos. Podríamos haber recurrido al derecho a veto, y haber llegado así a una gran final entre los dos nombres supervivientes que se hubiera decidido por un cara o cruz. Pero amigos, compañeros primíparos, si hay un momento en los que un hombre debe ceder (y no en otro, que nos conocemos, calzonazos) es durante el embarazo. En este proceso ellas cargan con el mayor peso en todos los aspectos, ellas van a acarrear también con las consecuencias físicas y por tanto merecen un poco de cariño, cuidado y transigencia por nuestra parte. Además, aquí en petit comité, si le hubiéramos puesto un nombre de los míos me lo hubiera estado restregando toda la vida.

Así que le cedí el derecho a la elección final, eso sí, para mantener un cierto nivel de dignidad y ego masculino exigí una contraprestación a cambio: tener poder de decisión sobre la fecha de ejecución de cambios generados por el efecto nido. Para mi sorpresa, aceptó. La cumbre del nombre acabó como unas elecciones, todos nos sentíamos ganadores. Aunque el verdadero beneficiado fue nuestro hijo que dejó de ser llamado “cosita”, “lenteja”, “garbanzo” o “gormiti” y pasó a llamarse Miguel. Y no sé a vosotros, pero a mí ahora me parece el mejor nombre del mundo. Será porque es el nombre del hombre al que amo….
Miguel.

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