Peripecias de un Prepapá. Semana 29. Efecto Nido.


Hay sólo tres razones por las que un hombre adulto debería acudir a Ikea por su propia voluntad: una promesa de gratificación sexual con alto nivel de credibilidad, nueva vivienda o nuevo hijo.

A pesar de las arduas negociaciones con la madre y de mis hábiles maniobras de demora, el día ha llegado. El efecto nido ha eclosionado y ya no hay quién lo pare. Así que he disfrutado uno de los últimos puentes antes de la llegada de la paternidad desmontando muebles, limpiando ventanas, vaciando estanterías y preparando la casa para ser pintada.

Y esto no va a mejor. La semana que viene, maldita sea, Ikea.

Dadas las apreturas de nuestro hogar el efecto nido constará de dos fases. La primera, en la que me hallo inmerso, consiste en ejecutar mejoras en la casa (pintar, sustituir muebles) y hacer hueco para todas las cosas que el bebé trae aparejadas: ropita, sillita, carrito, capazo, minicuna, maxicosi, megatrona y otros objetos cuyos nombres comienzan a ser familiares para mí aunque no estoy seguro si podría identificar en una rueda de reconocimiento. La segunda fase, estimada para el sexto mes de vida del enano, consiste en traspasarle a la habitación del ordenador, buscando después algún lugar donde colocar éste y su parafernalia asociada (mesa, silla, impresora) sin descartar echar el tabique abajo y conquistar por sorpresa medio salón del vecino. Lo veo tan complicado que el viernes fuimos al cine a ver “Lo imposible” pensando que a lo mejor en la película iba sobre la llegada de un niño a un hogar de 60 metros cuadrados y que podríamos copiar soluciones. Al final iba sobre una familia que tenía que afrontar sólo un tsunami… ¡así cualquiera!

Por otro lado esta semana tuvimos revisión. Prometí foto, pero otra vez Miguel ha decidido esconderse de los paparazzis del ecógrafo. No pudimos verle la carita, nos tuvimos que conformar con ver un plano cenital de su cabeza, dónde se distinguía, sorprendentemente, su flequillo. Nuestro bebé tiene ya una pelambrera que para sí quisiera Anasagasti. Ante la perspectiva de que nos salga un monito, hemos decidido que lo vamos a querer y a criar igual, aunque la madre en lugar del pecho le dará cacahuetes.

El monito, por cierto, ha confundido el cordón umbilical con una liana y se pasa el día columpiándose. Antes de ser prepapá pensaba que lo de las patadas era algo ocasional, pero es el modus vivendi del bebé. Recuerdo cuando nos emocionábamos porque se notaba un poco de actividad en el vientre de la madre, ahora lo difícil es que esté quieto. Ya no es un bebé, es un b-boy, un bailarín de breakdance colocado bocabajo girando sobre la cabeza, haciendo el gusano, moviendo sus brazos estilo robot y , sobre todo, lanzando patadas al aire… Al hacerse más presente cada vez le hablamos más, aunque nuestra conversación deje mucho que desear. Yo siempre pensé que cuando tuviera un hijo le hablaría, cual Gandalf, con frases cargadas de sabiduría. Sin embarga ahora cuando siento sus patadas lo más inteligente que le digo es “ay,ay, ay, mi monito rico.”

Definitivamente ser padre atonta.

Os recuerdo que podéis participar en esta aventura bien con vuestros comentarios, bien con vuestras preguntas o bien con vuestros consejos. Para ello disponéis por supuesto en este mismo post de la sección de comentarios, de mi cuenta de Twitter (@chuscurro) o de mi correo chuscurro@decabo.com. Estaré feliz de compartir mis peripecias más de cerca.

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