Peripecias de un Papá. Cuestión de peso.


Hay ocasiones en las que un encuentro fortuito con un semidesconocido, lo que viene siendo, por ejemplo, uno que iba a tu clase del instituto y con el que nunca hablaste pero luego quiso ser tu amigo en Facebook, deviene en una conversación absurda, forzada o de Perogrullo que versa principalmente sobre meteorología.

Cuando llevas a un bebé en brazos, tu interlocutor semidesconocido siente de repente un desapego inesperado por la climatología y no, no es porque considere que un saludo amable y un silencio son la mejor manera de salir al paso de tu encuentro, es porque cree que ha encontrado un tema con el que brillar. Se le iluminan los ojos, esboza una sonrisa y te pregunta:

– ¿Qué tal va el crío de peso?

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Sí, desconocidos, semidesconocidos, conocidos, pediatras, boticarios, octogenarios errantes en busca de un ser dialogante, vecinos con los que no habías cruzado palabra, cajeras dicharacheras, indigentes con don de gentes y, en resumen, todo quisqui , hablará del peso de tu bebé.

En el mejor de los casos optarán por su versión científica y eufemística, el percentil.

Su salud, su frecuencia y volumen de llanto, su actividad intestinal, su simpatía o sus monerías precoces claramente indicadoras de un IQ muy por encima de la media pasan a segundo plano cuando se habla de peso.

Hay unos personajes constantes, como el agua filtrada en la roca que con el paso de los siglos consigue construir una estalactita en las cuevas de Nerja, que elevan está conversación a grado de monotema. Son, ya lo habréis adivinado, las abuelas. Son así desde los tiempos de Mozart.

– Mamá, tu nieto ha compuesto una sinfonía con cinco meses.
– Claro, si le tenéis todo el día al piano no me extraña que esté así de flacucho.

Las abuelas quieren nietos gordos. Mejor si son obesos, de carnes colganderas y michelines concéntricos. De mofletes achuchables, que se pueden estirar hasta encontrarse en la nuca. Las abuelas quieren que a sus nietos les salgan dientes para poder darles a escondidas bocadillo de chorizo. Bueno, estoy exagerando, no necesitan hacerlo a escondidas.

Mira abuela, ya tengo más tetas que tú ... y más firmes

Mira abuela, ya tengo más tetas que tú … y más firmes

Por eso, para los que somos padres primerizos, resulta difícil abstraerse de este debate. En nuestro caso concreto conseguimos hacerlo relativamente bien durante los tres primeros meses. Soportando la presión de un percentil bajo y, sobre todo, de las abuelas monotema. Así en plan valiente, dándole sólo leche materna y pesándolo unicamente durante las revisiones obligatorias. Con un par. Hay espartanos que sucumbieron más pronto ante la presión social. Chuck Norris llevaba todas las semanas a su hijo a la farmacia para pesarlo, nosotros no.

Y entonces se nos ocurrió llevarlo a otro pediatra, para contrastar con un médico de Sanitas. Y se produjo un fenómeno clásico de la pediatría moderna: la contradicción constante. Está claro, hay pediatras huérfanos o descastados y hay pediatras que tienen madre y comen paella en su casa todos los domingos. Y se nota la influencia.

Total, que los pobres padres, como nosotros, ante estas desavenencias entre médicos no saben a qué atenerse. Y al final ceden a la presión, caen en la tentación del biberón de refuerzo. Nuestro lagartijo “cuatro kilos” es ahora un lagarto panzudo. A él se le ve feliz y a nosotros más relajados. Pero como yo, a pesar de mi inexperiencia y mis limitados sesos, soy mucho de consejos, os dejo éste sobre el peso: busca bien a tu doctor, encuentra a tu medio pediatra, y no le engañes con otro.

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