Peripecias de un Papá. El poder de la sonrisa de un bebé.


Aunque esta sección tenga su vocación (y ubicación) dentro de un contexto de humor, me temo que el tema de hoy, que precisamente es la sonrisa, va a hacerla virar hacia ese lado más sentimental, literalmente paternalista e inevitablemente baboso que sale a la luz cuando uno escribe sobre su hijo.

Así que advierto a los alérgicos al azúcar, diabéticos de la literatura y a los rancios en busca de humor vitriólico que se pasean por aquí que se abstengan de seguir leyendo o lo hagan con la dosis de comprensión que un subjetivo papá merece.

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Antes de ser padre era muy escéptico de esa coletilla con la que muchos progenitores concluyen el relato de las tropelías y desgracias sufridas a causa de sus bebés: “pero cuando te sonríe se te olvida todo”. Ahora que soy padre me reafirmo en mi escepticismo, uno de los poderes de los que carece la sonrisa de un niño es el producir episodios de amnesia lagunar.

La sonrisa del recién nacido no es la panacea contra todas las alteraciones que su llegada va a traer a tu vida. No te devuelve los años que te quitan los sustos que te dan, no te relega de las nuevas responsabilidades y definitivamente no te compensa las horas de sueño de una noche en vela.

Lo que si he comprobado empíricamente es que la sonrisa de un niño es altamente contagiosa y, además, aunque haya discrepancias dentro de la comunidad científica, me atrevo a afirmar que es mágica. Al menos sus efectos son sobrenaturales, entendiendo por esto simplemente que se salen de lo común y no que sean dignos de un especial de Cuarto Milenio.

Hay varios ingredientes que diferencian la sonrisa de un bebé de la de otro ser humano digamos, por ejemplo, mayor de dos años. El que se suele llevar la fama, al que la mayoría achacarían sus poderes mágicos es al puramente físico, es decir, la sonrisa de un bebe suele venir enmarcada por un rostro mofletudo, precioso y altamente achuchable. Sin embargo, después de mucho observar y pensar sobre el tema creo que el secreto de su magia radica en la curiosidad, la escucha activa y la limpieza de prejuicios.

La sonrisa de un niño suele ser una invitación a la participación de su interlocutor y parte de un deseo auténtico de descubrimiento hacia quién tiene enfrente que no viene mermado o coartado por ningún prejuicio adquirido previamente.

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He visto a Miguel sonreír a ancianos, indigentes o personas no muy agraciadas físicamente… y he visto cómo el contagio es inmediato. Lo fácil es suponer que es tan sólo un efecto espejo, mi intuición me dice que el recibir interés donde otros sólo les dan desprecio, juicios o, en el mejor de los casos, desdén… les hacen infinitamente felices por un instante. Me lo dice ese brillo con el que se les iluminan los ojos.

Todos queremos que nos quieran por lo que somos.

Los historia personal de cada uno, la educación familiar, la idiosincrasia del lugar donde vivimos y hasta los programas de la tele nos llenan de filtros y prejuicios. Merman cada vez más, en un idiotizante crescendo vital, la capacidad de tender al prójimo una mano de interés desinteresado. Preferimos prejuzgar a indagar. Dejamos de ser bebés. Perdemos la magia.

La sonrisa de un bebé no es el resultado de una secuencia mental lógica. Es emoción pura, ilusión por descubrir, en otras palabras, amor tan efímero como limpio e incondicional. Amor de veinticuatro quilates.

Todos queremos que nos quieran por lo que somos. Ese es el poder que tiene la sonrisa de un bebé.

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