El Abuelo Cebolleta presenta: La Pandilla.


Hace unos días un debate centró la atención de nuestra partida de dominó: “¿Se debe vigilar o no a los chiquillos en la piscina?” Los padres de ahora que son unos flojeras defendían que el agua de la piscina era un manantial de peligros, y que si ellos no estaban atentos abocarían a sus hijos a un trágico destino de mejillas amoratadas y pulmones encharcados porque “si no cuido yo de mi hijo, quién demonios va a cuidarlo”

Y como esta juventud pusilánime y llena de remilgos me hace hervir lo que llevo bajo la boina tuve que saltar, colocar un pito doble en mesa con tal fuerza que el resto de fichas volaron por los aires y dando una vuelta sobre si misma cayeron en lugar del que partieron, y una vez concitada la mirada y por ende la atención de la parroquia, gritar a los cuatro vientos: “¡La pandilla, cojones, la pandilla!”

la pandilla

Las piscinas de ahora son un remanso de paz de bordillos romos, socorristas titulados con botiquín de primeros auxilios, baldosas antideslizantes, teléfonos móviles para hacer llamadas de emergencias, gente que se ducha antes de meterse al agua, piojosos que se bañan con gorro, avispas lisérgicas por culpa de la fumigación constante, y padres que dicen vigilar a sus hijos mientras leen el Marca o comentan con otros padres que dicen vigilar a sus hijos las trasparencias del bikini de la divorciada del 5º D.

En mis tiempos las piscinas tenían unos bordillos afilados capaces de rebanarte una loncha de culo si calculabas mal la distancia al tirarte a bomba, pseudo-socorristas cuyo único título podía ser la cartilla del INEM o el libro de familia donde se mostraban sus lazos de consanguineidad con el presidente de la comunidad y cuyo mayor utilidad era conseguir cuadrar números nones de amigos para jugar al mus, baldosas recicladas del suelo de la pista de patinaje invernal, llamadas de emergencias que se hacían avisando a gritos a la señora cotilla que había asomada a la terraza para que telefonease a una ambulancia, duchas que constituían un elemento decorativo y así como los gorros de baño orlados con floripondios de goma, de uso exclusivo para señoras repipis, avispas asesinas que atacaban en escuadrones si estabas en el césped o picaban por sorpresa en la planta del pie si paseabas por el canalillo lavapies que circundaba la piscina… por cierto, un canalillo cuyo mayor peligro no eran las avispas si no los hongos que campaban por allí como viejos reumáticos en aguas termales… eso sí, así como teníamos alergia a la ducha, nadie podía resistirse a pasear por el cauce caldoso del canalillo antes de meterse en la piscina a esparcir la fauna microbiana con el resto de bañistas.

piscina

¿Y los padres? En mis tiempos no había padres en las piscinas. Madres, sí, algunas, pero untadas en crema solar, boca arriba, a lo suyo, comentando las revistas del corazón o cotilleando sobre la vecina divorciada del quinto. Los padres estaban en el trabajo o viendo el Tour de Francia o zumbándose a la vecina divorciada del quinto.

Con todo esto, no quiero decir que las piscinas de antes fueran mejores, no lo eran excepto para los hongos y las vecinas divorciadas del quinto. Lo que quiero recalcar es que siendo en apariencia un entorno más hostil los niños sobrevivíamos, con mayor o menor número de afecciones cutáneas, pero sobrevivíamos. Fueron muchos los veranos que pase en este hábitat, y afortunadamente nunca contemplé una muerte…. ¿Por qué? Porque nos protegía algo más fiable que un post-adolescente granudo titulado en socorrismo o un padre estrábico tratando de controlar con un ojo al hijo y con el otro un escote prominente. Nos protegía la pandilla.

La pandilla era ese grupo de niños de una edad que se movía en una horquilla de cuatro años por encima o por debajo de la tuya con los que jugabas habitualmente. Nos unía la proximidad, normalmente eran del mismo portal o de la misma comunidad de vecinos. A veces la amistad, pero esto no era fundamental, podías incluso tener enemigos dentro de la pandilla. Sobre todo primaba las ganas de pasarlo bien juntos y era con ellos o con nadie, así que aprendías a adaptarte. La pandilla podía ser hostil con sus miembros, llamarlos gafotas, gordos u orejotas, pero tenía un código ético de supervivencia fuerte y generoso. Si te picaba una avispa, la pandilla la masacraba a ella y a todo su escuadrón a chanclazos. Si cortabas con el bordillo te cogían en volandas y te llevaban a casa. Si te acercabas a la ducha con intención de remojarte antes del baño, te cogían te lanzaban a la “pisci” y te cosían a aguadillas. Eso sí, en el momento en que alguien boqueaba como una sardina en la cubierta de un pesquero o tragaba agua, el mayor de la pandilla intervenía, ponía fin a la sesión de ahogos, y ordenaba que te llevaran a salvo a la orilla.

La pandilla, como las manadas de animales de los documentales de la 2 (el UHF en aquella época), por encima de toda lucha territorial, discusión o encontronazo, protegía a sus miembros de los peligros reales.

Por eso me jode que los padres de ahora se empeñen en usurpar el sitio que corresponde a las pandillas. Había algo natural y social en las pandillas que me gustaría que no perdiéramos. Y no nos equivoquemos cuando decimos que protegemos a nuestros hijos bajando a la piscina, lo que realmente protegemos en nuestra conciencia azuzada por una sociedad sobreprotectora. Ahí lo dejo, ¿es así o es que me estoy haciendo viejo?.

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