Peripecias de un papá – Mi primer día de guardería.


Los gestos de los representantes de Madrid 2020 cuando éramos apeados de la carrera olímpica eran una verbena de jolgorio y alegría al lado de las caras que pude contemplar el pasado martes, cuando Miguel empezó la guardería.

Han pasado ya más de ocho meses desde que nació y después de tanto tiempo creo que ha llegado el momento de darle protagonismo en primera persona en esta sección. Dado que él todavía no controla esto de escribir siguiendo las pautas de la real academia de la lengua, es más de improvisar palabras golpeando el teclado con ímpetu, he decidido hacer uso de la comunicación telepática padre-hijo que hemos desarrollado, para transcribir su experiencia.

Ahí vamos.

Bebe-llorando1

Hoy, como todos los días, antes que el sol asome por la ventana, me he despertado y cuando me disponía a berrear para captar la atención de mis padres y poder compartir otro bello amanecer a su lado, me ha sorprendido encontrarles despiertos. Mamá parecía acelerada y extrañamente esquivaba mi mirada todo el rato. Papá estaba en plan colega, como cuando se dispone a cambiarme el pañal o cuando me va a sujetar para que mamá me meta el gusano monstruo succionador en las narices. Algo no me olía bien y esta vez no era que estuviese cagado.

Después me han puesto ropa nueva. Me encanta estrenar. Aunque el diseño de mi polo no era muy divertido que digamos, me ha hecho sentir mayor, por eso he tenido la deferencia de no vomitarlo. Mamá se ha puesto a darme el pecho como todas las mañanas, pero la miraba de reojo y ella me observaba con compasión y pena, como si hubiera vertido cicuta en una de sus despensas tetiles . Al acabar mi ración de leche recién ordeñada, pensé que me iban a meter en la cuna, pero sorprendentemente no. Ha aparecido papá con el carro de paseo y me han montado en él.

Como no me cuadraba aquello, he mostrado mi desacuerdo con un sutil gesto, pero como no lo ha captado, he comenzado a gritar y hacer movimientos espasmódicos como si me estuvieran sentando encima de una ortiga. De repente mi libro cantarín se ha puesto a cantar y se me ha ido al santo al cielo. No sé qué tienen esas dichosas melodías pegadizas que me dejan la mente en blanco y me hacen tocar las palmas. Sin apenas darme cuenta estaba ya en el ascensor y mis padres me hacían fotos. ¿Fotos en el ascensor? Ahí empecé a temer por mi futuro. Menos mal que si me intentaba dejar abandonado y perdido llevaba conmigo el mapa de Dora la exploradora.

No llevábamos mucho tiempo paseando por la calle, con la brisa matutina refrescado mi empapado pañal, cuando empezamos a cruzarnos con otros niños que tenían una camiseta como la mía. ¡Malditos padres proletarios, otra día sin lucir un diseño exclusivo! Empecé a atar cabos porque aquello no era muy normal… y llegué a una conclusión clara… debía ser la elástica de un equipo de fútbol, o como lo llamo yo, equipo de pá.

Todos los niños con mi camiseta se dirigían a un mismo edificio. A las puertas había una madre cariacontecida agarrando a su hijo como si temiera que se lo robaran. Gestos tristes en los mayores, gestos de incomprensión en los pequeños. La única sonriente era una señora que llevaba una camiseta como la mía. Y entonces mis padres desabrocharon el cinturón de mi carro. Qué bien. Qué buenos son, me sueltan para jugar. De hecho mamá me cogió en brazos, lo mismo a lo mejor hasta me llevo una leche en teta brik, pensé.

Pero no, me llevaron por un pasillo lleno de jaulas de cristal con niños dentro. Oh, oh… Entonces mi madre me depositó en brazos de una desconocida, mi padre me echó una sonrisa más falsa que la de uno del COI, y la desconocida me colocó en el suelo… y entonces, el terror. A mí alrededor todo estaba lleno de niños, como yo, vestidos como yo y llorando como si el mileniarismo fuese a llegar. Así que no sé si por solidaridad o por puro cague metafórico y un poquito literal, yo también me puse a llorar. Pedí clemencia a mis padres pero los dos huían vilmente por el pasillo sin volver la vista atrás. Lo que no sabían es que yo tenía un alma infalible para hacerlos regresar: mi llanto desconsolado con labio inferior ligeramente virado hacía el suelo.

Tres horas más tarde descubrí lo que es la guardería: el lugar donde las armas infalibles suelen fallar.

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