Peripecias de un papá – ¡Qué angustia!


Recuerdo cómo, hace algunos meses, celebramos aquella noche en que nuestro bebé durmió siete horas del tirón. El optimismo ignorante de padre primerizo me hacía pensar que los días de vigilia tocaban a su fin y aquello ya sólo podía ir a mejor. Parecía de cajón, los hijos cada vez duermen un poco más en un in crescendo constante hasta que se hacen “ninis” y ya no salen nunca de la cama.

Pero hete aquí que resulta que existen fenómenos físicos como la aparición de los primeros mocos, los primeros dientes o los primeros coscorrones contra los barrotes de la cuna que frenan esta progresión en el sueño. Y lo peor, y más difícil de gestionar, existen también fenómenos psicológicos, como el que estamos sufriendo ahora: la angustia de separación.

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Los síntomas son claros: ojeras, humor variable, cansancio o caída de párpados en público. Si ves que un adulto los tiene es que su hijo puede estar sufriendo este trastorno.

Tampoco quiero que cunda el alarmismo entre padres más novatos que nosotros o incluso en aquellos que están todavía con el bebé en el horno o simplemente en mente. Los términos psicológicos pueden asustar pero seguro que os produce más tranquilidad el nombre técnico con el que los expertos han denominado a este fenómeno toda la vida: mamitis.
Sí, resulta que llega un momento a partir del octavo mes en el que el bebé toma constancia de si mismo como ente independiente. Y es entonces cuando le entra canguelo, porque es consciente de que si la madre le abandona puede espicharla. Sí, amigas, no es un amor exacerbado de vuestro vástago lo que le mueve a gatear como un loco hasta asirse a vuestra pierna con la misma estabilidad con la que un borracho se asiría a una farola, es pura y simplemente, su instinto de supervivencia.

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La consecuencia más terrible y lógica es que uno no duerme igual de tranquilo cuando sabe que puede ser abandonado y si no que se lo digan a Pulgarcito. Que el final del cuento habla de que vivió feliz y comió perdiz junto a sus padres, pero no de la pasta en psicólogos que tuvieron que gastarse para que superara el insomnio y aversión al pan que aquel abandono traumático le causó casi de por vida.

Así que, aunque nosotros todavía no hemos encontrado aún la solución definitiva a este fenómeno, emplear métodos “estivilles” o similares en medio de esta crisis de inseguridad vital no nos parecen lo más adecuados de hecho nos parecen tan contraproducentes como curar el miedo a ser agredido a hostias. Simplemente nos atenemos a las únicas dos leyes invariables de la paternidad “cada niño es un mundo” y “todo es temporal” y tratamos, unas veces con más suerte que otra, aplicar el único remedio válido para la mayoría de los problemas del bebé: la paciencia.

Además, reconozcámoslo, a pesar de lo que he dicho antes con pretendida malicia del instinto de supervivencia, lo bueno de esta etapa es que el hecho de ver a tu bebé gateando a ti como un poseso es algo que reconforta tu ego de padre… y no digamos el de la madre, principal sufridora y beneficiaria de este fenómeno. Qué paradoja que la vuelta a la vigilia haga un sueño realidad.

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2 Comentarios

  1. Amapola Clus
    20 octubre, 2013
  2. El Blog de De Cabo
    21 octubre, 2013

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