Peripecias de un papá – Los padres también lloran.


Cuando uno tiene un hijo cumple la misión que como macho de la especie humana tenía encomendada al nacer. Esa hombría en su máxima expresión debería ser un revulsivo para la creación de testosterona al por mayor. Uno debería volverse más varonil si cabe. La barba debería poblar nuestro rostro haciéndose una con las cejas, el sol y sombra debería convertirse en nuestra bebida isotónica y Chuck Norris debería ser el único ser humano que concitará emociones en nosotros… emociones viriles, se sobreentiende, como ganas de soltar mandobles con la mano vuelta o de hacer flexiones con un brazo mientras cantas marcha militares de letra con carácter acentuadamente machista llenas de connotaciones sexuales nada sutiles.

Pero sorprendente ser padre, al menos en mi caso, te ablanda más. Te vuelve más tierno que el pan que anuncia Punset y más sensible que un Oso Amoroso en el entierro de Chanquete. .. y acabo ya esta introducción porque sólo de pensar en ella me dan ganas de llorar a moco tendido.

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Vale, lo reconozco, nunca he sido el más duro del barrio. Me gustó “Ghost” y no sólo por los pechos de Demi Moore. Pero dentro de lo que cabe mi cuerpo cumplía su masculina labor de coraza de las emociones. Reconozco que alguna navidad en horas bajas he llorado con el final de “¡Qué bello es vivir!”, pero siempre en la más estricta intimidad. En fin, lo normal.

Desde que soy padre, e incluso unos meses antes, me basta un solo de violín y una imagen de un bebé para que se me haga un nudo, gordiano normalmente, en la garganta. Me he comprado unas gafas de sol como camuflaje y unos antihistamínicos como coartada y ni por esas.

Todo comenzó con la historia del “Team Hoyt”. Impactante y admirable, sí, pero en otros tiempos habría sucumbido ante mi impaciente e inclemente “zapping” sin haberle dado la oportunidad de sacar líquido por mis ojos como si fuera una bayeta escurrida. Estaba a punto de ser padre y me dije que eso era normal.

Hace unos meses me sorprendí secándome los ojos con la manga en medio de la oficina porque un video corto de TED me pilló desprevenido al hacer una alusión a la paternidad.

Claro que lo peor me sucedió la semana pasada. Fuimos al cine a ver “Cuestión de tiempo”, la última de Richard Curtis, guionista de Mr. Bean o Cuatro bodas y un funeral por ejemplo. Esperaba una risas y una comedia ligera, un poco de desconexión para un rato que conseguíamos dejar al bebé en manos de los abuelos.

La película no estuvo mal, aunque el guión pelín anárquico, sin embargo me encontré que, por sorpresa, la relación padre–hijo cobraba peso y se convertía en una de las tramas argumentales principales. Súmale a eso una parte final pretendidamente sensibloide y una buena banda sonora y los peores augurios se hicieron realidad. Llanto. Pero no una lagrima silenciosa corriendo por tus mejillas en la oscuridad de la sala, de esas que se borran fácilmente con la mano y, si no usas rímel, no dejan huellas. No. Llanto con aspiración de mocos. Llanto sonoro. Forcé un estornudo sobre el señor que tenía delante para disimular. Con el ceño fruncido y el pelo humedecido se volvió con belicosas intenciones y la mano vuelta dibujando un mandoble pero al verme llorando a lágrima viva acabo dándome un abrazo de consuelo y prestándome su pañuelo, con el que puede enjugar mis lágrimas y recuperar la compostura aunque no la dignidad.

No obstante y tras los hechos acaecidos he pensado mucho sobre el tema, y hoy he venido aquí a declarar que no lloro porque la paternidad me haya hecho más blando, sino porque me ha hecho más solidario y si mi hijo llora todas las noches dos o tres veces que menos que yo llore por el día para compensar. ¿No?

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