Peripecias de un papá. Balance del primer año.


El ser que vino del espacio interior lleva ya un año entre nosotros. Aún no domina nuestro idioma y a duras penas se acostumbra a caminar en unas complicadas condiciones de gravedad extrauterina que le hacen día sí y día también dar con sus huesos contra el suelo en repetidas ocasiones. Pero su frágil aspecto y su indumentaria pochola no deben llevaros a engaño… desde el momento de su aterrizaje consiguió conquistar nuestro mundo.

El tiempo transcurrido nos da ya cierta perspectiva y quizás es buen momento para sacar el cuaderno de bitácoras y hacer balance de lo acaecido.

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La aventura de ser padre es un divertido viaje en una montaña rusa. Momentos arriba y momentos abajo, sensación de velocidad, vértigo, ganas de gritar y algún que otro vómito jalonando el recorrido. Pero si al final te preguntan dices que lo has pasado bien.

Sin duda alguna lo más complicado hasta ahora ha sido constatar que aparte de pechos y biberones el bebé succiona nuestro tiempo, y que es difícil planificar algo porque al final él se encarga de marcar el ritmo en la agenda de cada día. Además en la columna del debe, hay que añadir sobre todo la dichosa empatía, sí porque sus preocupaciones son tus preocupaciones, sus enfermedades son tus enfermedades, y cuando su llanto expresa dolor o tristeza, las lágrimas que llora son las tuyas. Al contrario que con cualquier otro ser humano, no es fácil (probablemente imposible) marcar distancia sobre lo que acontece en su vida, si, si eres pelín cursi, suena maravilloso, pero siendo práctico también significa que se acabó lo de decir que eres un ente independiente.

Por último para acabar con la parte chunga del balance, añadiría el impacto físico: párpados que se cierran sin tu control, pies que se arrastran, discos cervicales rotos… en fin los niños, especialmente si los padres estamos entrados en años, si en vez traerlos la cigüeña los trajera la mafia, se podrían denominar matones sutiles.

Y llega la pregunta del millón… ¿compensa? La respuesta simple a la que se llega a través de una conclusión lógica es que si no lo hiciera los humanos ya nos habríamos extinguido.

Yo no creo en la felicidad como un periodo largo de tiempo, creo en los instantes de felicidad, y al final lo de considerarse feliz o no depende de cuantos instantes de estos hayas acumulado en el pasado reciente. Pues bien, el gran mérito que tienen los bebés es su capacidad de provocar instantes de felicidad con una facilidad pasmosa. En sus gestos, sus afectos, sus caídas, sus ocurrencias, sus trastadas, sus silencios, sus dulces sueños, su alegría contagiosa, su manera de captar la atención de los extraños, sus bailes desacompasados con la música de esa anuncio que antes odiabas, su repertorio escatológico en el momento menos adecuado, su espontaneidad, su curiosidad, sus pedorretas en tu tripa, sus balbuceos ininteligibles tratando de narrarte lo que pasa por su diminuto cerebro…

El matón sutil es también un conquistador nato. Y la razón de seguir queriéndolo desde hace un año es que cada día inventa algo nuevo, un instante de felicidad, para seguir enamorándote. Supongo que es una táctica fruto de la evolución. Su misión es conseguir acumular suficiente amor en tu interior, para que cuando se haga adolescente y te den ganas de estamparlo contra una pared, tu corazón reblandecido se eche mano al bolsillo y le compre una moto.

Un año ha pasado desde que vino el ser del espacio interior. Y sigo pensado, como aquel día, que el universo, simplemente por una pequeña criaturilla, se ha vuelto un lugar donde se vive mejor.

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