Peripecias de un papá – Primeros pasos.


Qué momento más tierno. Las caritas de emoción ante el nuevo y ancho mundo hasta entonces desconocido que se abre ante sus ojos. Los titubeos, los primeros traspiés acompañados de quejas y a veces incluso de llantos. Pasos en falso que les tientan a retroceder.

Y luego la satisfacción y el orgullo que desprenden sus rostros con cada pequeño avance. Cómo buscan de reojo tu mirada de aceptación y cómo se sonrojan con tus felicitaciones. Cómo poco a poco consiguen adaptar las yemas de sus deditos a la sensibilidad de la pantalla táctil.

Sí, estas navidades hemos decidido regalar a nuestros padres su primer smartphone. Queríamos que pudieran tener fotos de su nieto aprendiendo a andar.

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Hay tantos caminos que andar en la vida por primera vez y da tanto miedo avanzar por las nuevas sendas, que una vez más tengo que fijarme en mi bebé para aprender. Sus primeros pasos de ahora se deberían diferenciar de tantos otros que dará en su vida únicamente en lo absoluta literalidad de la expresión.

Todo empieza el día en que consigue trepar apoyándose en un mueble hasta sostenerse en pie. Su mundo adquiere una nueva perspectiva y nada volverá a ser igual. Al principio sus piernas no tienen la suficiente fuerza para mantener el cuerpo erguido y necesita apoyos, pero nada le va a detener ahora que conoce el vasto mundo que se avista desde las alturas. Trepa y trepa hasta que sus músculos están listos para afrontar el siguiente reto: ponerse en pie por sí mismo, sin agarrarse a nada. Qué alegría y qué orgullo cuando lo consigue. Llega la independencia, la autosuficiencia… y el acojone.

Sí, cuando nos acercamos a nuestro objetivo, cuando nos asomamos al borde de ese abismo que tenemos que saltar para dar un giro trascendente a nuestra vida, justo en ese momento antes del gran cambio aparece el miedo a caer. Para nuestro bebé fue lo que denominamos fase suricato: se ponía en pie oteaba a un lado, oteaba a otro, sentía el vértigo ante el primer paso y la posible caída y volvía de nuevo al suelo a la segura posición de gateo.

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Pero uno no se puede pasar la vida haciendo el suricato, hay mucho suricato en este mundo ya. Para avanzar hay que perder el miedo a caer. Y llegan los primeros pasos, al principio ayuda saber que al otro extremo del gran abismo hay unos brazos preparados para amortiguar la caída. Así que más que andar se lanzaba a lo kamikaze, pero, lo importante fue que entre carrerita suicida y carrerita suicida iba tomando consciencia de poder hacerlo solo.

Y empezó a andar. Y lo normal al emprender un nuevo camino es caer. Y cayó, y sigue cayendo. El pañal amortigua las caídas de culo, y su corta estatura reduce el impacto de las caídas de frente, pero da igual, cualquier adulto ante un revés de ese calado probablemente se vendría abajo y volvería a la fase suricato. El ejemplo que nos da nuestro bebé es que para seguir avanzando no hay que tener miedo a caer. Y que tener unos brazos que te recojan tras la caída y te den amor y consuelo, ayuda.

Este 2014 será un año de cambios para mí y asomado al abismo, no puedo dejar de pensar en lo que mi pequeño ha conseguido en un par de meses. Ojalá me inspiren y se me contagien su curiosidad, valentía, independencia, libertad, persistencia y tolerancia al fallo, ojalá que él mismo las conserve a lo largo de su existencia, y, sobre todo, ojalá que después de toda dura caída siempre encontremos listos unos brazos donde encontrar consuelo y fuerzas para intentarlo de nuevo.

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