Peripecias de un papá: Cantajuegos vs Barrio Sésamo.


La vida está llena de adversidades, de peligros que acechan a la vuelta de la esquina y a los que hacemos caso omiso mientras no los tenemos frente a los ojos. Qué fácil era mirar con desdén a aquellos padres pusilánimes que ponían a sus hijos a danzar al son de esos jovenzuelos armoniosos de peto vaquero, y qué difícil ahora no parecerme a ellos.

Duele reconocerlo pero Los Cantajuegos gustan a los bebés, quizás porque establecen con ellos una comunicación de tú a tú en lo que a desarrollo intelectual se refiere, quizás porque ellas parecen profesoras de guardería sacándose unos cuartos con su afición al karaoke. Qué se yo. Quién soy yo para juzgarlos sólo por su pinta… y sin embargo, pienso hacerlo.

Pero existe otro camino para nuestros hijos, conectado directamente con nuestra infancia y con unos valores que queremos trasmitirles. Un producto que, por encima de todo, y a diferencia de los del peto, destila calidad y pasión en su realización. Hablo de Barrio Sésamo.

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Algo huele a podrido en Los Cantajuegos: Huele a manager con la palabra ROI tatuada en el corazón y una clara estrategia de maximizar los beneficios a través de minimizar los costes. A estética que, por ser demasiado cutre, no tendría cabida en el bazar chino de la esquina. A coreografías equiparables a los bailes etílicos que improvisados en una discoteca a las cinco de la mañana tratan (en vano) de aunar la letra de la canción con los gestos y el sentido del equilibrio. A casting de cantarines con cara de haber recibido más de una colleja en el instituto (los que llegaron hasta allí) y de cantarinas en las que la afinación de la voz y la capacidad pulmonar (AKA: pechos) parecen haber sido valoradas por igual. A historial de escisiones equiparable a los de la extinta (como Los Cantajuegos originales) URSS: Grupo Encanto, Pica-Pica, Juan D. y Beatriz …

Dadme un productor, pasta, y muy mal se tiene que dar la cosa para que no saquemos de ahí una serie de culto, de profundidad y temática muy parecida a la de Los Soprano.

Mi hijo me los pide y yo sucumbo a sus ojitos de adicto, pero no me conformo. Intento darle esa droga mezclada con cosas buenas: las canciones de Sesame Street. Lo de ponerlo en inglés puede sonar snob pero yo no tengo la culpa de que alguien decidiera cancelar la versión española demostrando tener tan buen criterio en programación infantil como el que puso a Leticia Sabater a llenar los mediodías de alegría.

En serio, guiones de calidad, alto nivel educativo, una lista de invitados de primera categoría que haría agonizar en éxtasis onanista al mismísimo Pablo Motos, buen gusto, mensajes de calidad y referencia a unos valores que no nos vendrían mal a los adultos.

No hay más que comparar las letras. Por un lado Los Cantajuegos:“Vino el ratón Pérez y se lo llevó, y mucho dinero a mí me dejó”. Qué clases de expectativas consumistas quieren inculcar a nuestros hijos. ¿Quieren conseguir que nuestros hijos se arranquen las muelas en pos del vil metal?¿Hay un dentista forrado detrás de la figura del manager de estos cantontos?

Por el otro lado tenemos a los de Barrio Sésamo: “No hay nada que no pueda alcanzar si creo en mí de verdad”. Coño, si es que, cuando estoy a solas y nadie me mira, me pongo la canción para interiorizar su mensaje positivo.
Y para acabar esta (tendenciosa) comparación, la prueba más clara de la acusación. A la vigésimo octava escucha las canciones de Los Cantajuegos ( y grupos derivados) te producen instintos asesinos y tendencias suicidas, y sin embargo las de Barrio Sésamo se te acaban pegando y acabas coreándola junto a tu hijo.

¿Cantajuegos o Barrio Sésamo? Es bueno dejar que nuestros hijos tomen sus propias decisiones… pero a veces intervenir no está de más.

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