Peripecias de un papá – El parque.


Ha llegado el buen tiempo y Miguel ya es suficientemente mayor para ir a jugar al parque. Ese lugar que hasta hace poco era para mí una isla de arena en un mar de asfalto cuyo máximo interés podía consistir en ver a un niño pegándose un gracioso piñazo desde el tobogán por hacer el garrulo.

Sin duda alguna lo había subestimado. El parque es el epicentro de la comunidad de padres de la zona. El tribunal de la inquisición del distrito. La universidad de la paternidad y la maternidad. Un lugar donde los niños van a jugar y los padres… a juzgar.

peripecias_papa_verde

En la sociedad actual los pisos son más pequeños y las calles más peligrosas (o al menos eso opina la APS, Asociación de Progenitores Sobreprotectores), por eso cuando llega el buen tiempo a los niños hay que llevarlos a que se desfoguen al parque. El tobogán de rigor y un par de columpios más o menos originales intentan justificar la naturaleza lúdica del lugar, pero en realidad sobran. No es casualidad que este sitio tenga forma de cuadrilátero, y es que a pesar de que no nos atrevemos a meter a nuestros niños en la arena los días de lluvia, realmente el parque es un ring para la lucha, metafórica, en el fango.

Con la hipocresía como elemento básico para la coexistencia más o menos pacífica el lenguaje verbal no puede ser de otra manera que políticamente correcto. Pero, ¡ay!, cómo funciona la comunicación no verbal, qué altercados se crearían si se oyeran nuestros pensamientos, qué cargados de malicia vienen siempre los puntos suspensivos.

– Hombre, con quince meses no es raro que aún no ande… (usted no tiene un hijo, por lentitud y modo de desplazamiento, tiene un caracol)

– Sí, se ve que come bien… (vaya bola de sebo que es su bebé)

– Hijo, hay que compartir… (hijo, déjale el puto cubo al niñato de mierda a ver si así se calla porque sus padres no son capaces de conseguirlo por si mismos)

– Tranquilo hijo, ahora te deja el columpio la niña… (a ver si se baja ya la puta acaparadora consentida de los cojones)

CuadrilateroLuchaPadre

Los padres nos volvemos altamente competitivos con nuestros hijos, si a eso le unimos que el parque es un crisol de gentes de distintas edades, trabajos, aficiones… cuyo únicos puntos en común es vivir a una radio de par de kilómetros de allí con hijos en una edad de un rango de cinco años a la redonda… entonces sucede lo que sucede: que una gran parte de las relaciones entre padres son superficiales y coyunturales. Y como consecuencia, cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo. En este caso las moscas son los niños de los padres que están fuera de la conversación o esos propios padres que viven en la ignorancia del mundo feliz de la pantalla de su Smartphone.

El parque funciona también como foro de rumores del barrio, con esto de la crisis resulta mucho más barato que ir a la peluquería para enterarte de lo que pasa en la zona. Se dice que las cotillas más antiguas del lugar que no tienen nietos, son capaces de cuidar niños gratis para estar en el lugar donde se cuecen los chismes. Algunas, las de la verruga con pelo en la barbilla, podrían incluso secuestrarlos … ojo.

Llamadme antiguo pero a mí me parecía más sano cuando los niños jugaban en la calle un poquito menos vigilados por sus padres y cuando las luchas en el barro eran literales.

Y os dejo, que me tengo que ir a criticar al parque, que como no baje pronto empezaran a criticarme a mí.

Artículos relacionados

Acerca del autor

Deja tu comentario

Mostrar
Ocultar