Peripecias de un papá – Disfrutar a través de otro.


Siempre he pensado que los seres humanos somos egoístas, diría que por naturaleza. Es quizás nuestro instinto animal de supervivencia el que reclama lo mejor para uno mismo. Pienso que incluso los más teóricamente altruistas desean algo para sí: el misionero desea el cielo en la próxima vida, el millonario agnóstico retirado que ayuda a los más necesitados busca su paz interior e incluso el loco enamorado que se desvive por darle lo mejor al objeto de su pasión platónica busca tener como mínimo un beso a cambio de tanta Fanta pagada.

Hete aquí que de repente descubrí la paternidad y la teoría del egoísta intrínseco comenzó a mostrar puntos débiles.

¿Es el instinto paternal (maternal) mayor que el de supervivencia?

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Nunca me había pasado.

Puede que no sea la persona más generosa del mundo, pero desde luego no soy Mr. Scrooge. Me considero buena gente y me encanta hacer que los demás se sientan bien. Cuando juego al baloncesto disfruto dando asistencias, cuando escribo buscó la sonrisa cómplice del lector y cuando conduzco ocupo el carril de la izquierda para facilitar la incorporación a la vía de otro vehículo que viene por el carril de aceleración. Sin embargo, analizando esto, probablemente lo que me hace sentir bien de estas acciones tienes más que ver con mi nivel de autorrealización que con la felicidad del receptor de las mismas. Me alegro por el prójimo, pero sobre todo me alegro por cómo me he comportado.

Y llegó la paternidad y me pasó.

Fui feliz a través de otro cuerpo, en este caso cuerpecillo a medio formar. Hablo de sentir la felicidad de otro con total independencia sobre lo que yo haya hecho por generarla o la recompensa que a corto o a largo plazo me pueda deparar.

Puede que este hilando muy fino, o quizás me estoy volviendo un padre empalagoso, qué se yo. Lo que trato de desentrañar en el capítulo de hoy es la esencia de esa frase tan de padres y de la que tanto me he reído a lo largo de mi vida: “Su sonrisa lo compensa todo”.

Y el quid de la cuestión podría ser no tanto que compense (eso que cada uno se haga su balance y vea si le cuadran las cuentas) como que su sonrisa pasa a ser tus sonrisa, no de manera metafórica sino física, porque la felicidad en la cara de tu hijo produce una transmisión nerviosa que recorre la médula ósea hasta tu cerebro produciendo la misma placentera sensación de felicidad que hubiera provocado la tuya propia.

Por cierto, toda esta densa reflexión viene porque el otro día compartiendo un donuts con mi hijo hice algo que no había hecho hasta entonces de manera puramente altruista: le dejé el último bocado.

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