Peripecias de un papá – Entrar en barrena.

Estoy prácticamente seguro que en algunos de mis primeros capítulos de peripecia paternal hablé de la bipolaridad que caracteriza a los recién nacidos y que los convierte en un minuto en la cosa más achuchable del planeta (exceptuando las curvas de ciertas mujeres que no tienen cabida en este contexto) y al minuto siguiente en un ser poseído y berreante que se mueve por espasmos siguiendo patrones de comportamiento impredecibles.

Pasan los meses, cruzamos el año y medio de vida, y a pesar de su corto vocabulario, se puede dialogar y hasta negociar con el bebé. Va madurando neuronalmente y su comportamiento comienza a regirse por la misma lógica (a veces ilógica) con la que nos regimos los adultos.

Todo parece bajo control…. Hasta que entra en barrena.

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Cuando hablo de entrar en barrena no me refiero a ese estado popularmente conocido por todo el mundo, con o sin hijos, como rabieta o pataleta. Afortunadamente todavía no ha llegado a esa etapa y aunque va dejando entrever muestras de su carácter, está lejos aún de montar un espectáculo público por culpa de un berrinche (hasta hoy por lo menos).

La barrena es una regresión al estado enajenado del bipolar recién nacido, y se produce cuando el hambre o el sueño hacen acto de presencia por sorpresa, bien por separado, o (me persigno) bien juntos. Entonces el niño ante esa sensación primaria de carencia básica y sin entender los mensajes que le envía su cuerpo reacciona como buenamente (malamente) puede, es decir, llorando sin consuelo. Un minuto antes de entrar en barrena una galleta podría librarle del ataque cual hipoglucémico , un minuto después ya no se aviene a razones y una galleta (en cualquiera de sus acepciones) no será la solución: aparta su juguete preferido a manotazos, se escapa de tus cariñosos abrazos como si fuera un cochinillo embadurnado en jabón, rechaza su comida favorita y en definitiva se enquista en un estado de mala leche e irracionalidad cual tertuliano político que se siente atacado por su oponente ideológico.

La barrena, como las enfermedades de transmisión sexual, se combate sobre todo con prevención. Si es la hora de la comida y le vemos feliz y contento no podemos confiarnos y pensar que aguantará indefinidamente así. Si por lo que sea tenemos pensado que coma más tarde de lo normal habrá que darle un aperitivo, y nada mejor que matar el gusanillo con un arma de su misma especie: los gusanitos.

Con lo del sueño es lo mismo, si le empiezan a cerrar los párpados y da cabezadas cual espectador palomitero ante una película de Lars Von Trier hay que buscarle acomodo cuanto antes. Da igual que nos venga mal que se duerma, mejor una siestecilla a tiempo que una caída en barrena por sorpresa. A fin de cuentas la barrena es una especie de sonambulismo hiperactivo autista.

Si fallamos en la prevención la mala noticia es que no hay solución. Al menos si eres hombre. Porque la única solución que conozco para calmar la barrena es darle el pecho y el mío ha sido rechazado ya varias veces con inusitado desdén. Afortunadamente he tenido que afrontar pocas barrenas en soledad, pero cuando me ha tocado el agotamiento físico por llanto (y los pequeños no se agotan fácilmente) ha sido lo único que ha acabado con ellas.

En resumen, vigila los síntomas, toma medidas de prevención y si aún así, tu bebé entra en barrena entonces ármate de paciencia o colócaselo a un distraído peatón.

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