Peripecias de un papá. Primeras veces.


Supongo que uno de los indicativos claros de que nos hacemos mayores es descubrir que las “últimas veces” superan a las “primeras veces” en nuestro día a día.

Cuando eres un bebé no sueles acostarte sin haber añadido al menos una “primera vez” a tu mochila vital: la primera sonrisa, el primer eructo, el primer selfie con un lapicero en la boca y un palillo en la oreja… ejem, ejem. Bueno vale, sí, cuando son muy bebés los padres disfrutamos más con las primeras veces que ellos mismos, de hecho ellos a veces ni se dan cuenta de lo que han experimentado.

Pero pasan los meses y, a la vez que la motricidad, se desarrolla en el pequeño la consciencia sobre sí mismo y sobre todo por lo que le ocurre, permitiendo que un mundo nuevo se abra cada día ante sus ojos.

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Esta introducción se debe a que hoy voy a hablar del primer día de Miguel en la playa. Bueno, técnicamente no era el primero, pues el año pasado estuvo en Tenerife, pero por aquel entonces lo único que descubrió, más a través de su instinto de supervivencia que de sus sentidos, es que permanecer alejado de aquellas olas lo máximo posible le ayudaría a alcanzar su primer año de vida. Y así nos lo sugirió amablemente a través de sus llantos de pánico y suplica.

Este año las cosas cambiaban. Cambiaba su consciencia, cambiaba el escenario y cambiaban sus expectativas. Miguel ya comprendía que algo definido por sus padres como una piscina gigantesca tenía que ser bueno y por eso no paraba de corear “la paya, la paya, la paya” en el coche con el mismo entusiasmo con la que un gitano lo gritaría si viera a una sueca deshaciéndose de la parte superior de su bikini.

El escenario no lo conocíamos de antemano pero resultó ideal. Era la playa de Suances, donde una larga extensión de suave arena conducía hasta un mar que aquel día nos esperaba con amables olas. Desde el mismo momento que salimos a su encuentro, el rostro de Miguel entró en un crescendo constante de felicidad a medida que la información iba llegando a sus sentidos: la visión de un montón de niños jugando en los alrededores, el terso tacto de la arena sobre sus pies descalzos, la brisa marina sobre su rostro, los primeros chapoteos en los charcos de agua abandonados por la acción de la bajamar. Su punto más álgido llegó cuando cogido de mi mano las olas empezaron a jugar a mojarnos. ¡Qué sorpresa! Y qué diversión perseguir y ser perseguido por ellas. Si por él fuera, nunca nos hubiéramos ido de allí.

Puede que sea exagerado y reconozco que me gusta dramatizar cuando escribo, pero estoy siendo sincero cuando digo que nunca había visto la felicidad tan bien reflejada como la vi en el rostro de mi hijo aquel instante. Por unas décimas de segundo creo que incluso sentí envidia de aquella alegría en estado puro, hasta que me di cuenta que era un poco mía también porque aquello que observaba lo estaba sintiendo por dentro.

Descubrí además que las primeras veces no tienen porque serlo sólo por su ubicación en nuestra línea temporal vital. Que las primeras veces pueden llegar a través de los ojos de otro, o incluso a través de los tuyos propios si eres capaz de mirar las cosas de un nuevo modo. Y que quizás esa podía ser una buena técnica para hacerme mayor más despacio. Miguel seguía enseñándome.

El broche a aquella mágica jornada llegó mientras, tras recoger todos los bártulos playeros, tomamos un merecido descanso en el paseo marítimo compartiendo un helado en familia, literalmente, porque era una tarrina invadida por tres cucharas. Miré al pequeño, y medio de coña, medio en serio le pregunté:

– ¿Ha sido este el día más feliz de tu vida?

Sé perfectamente que probablemente no comprendía la profundidad de la pregunta, ni tampoco mi punto de ironía, pero lo cierto es que sin dudar un instante me miró a los ojos y mostrando una de sus conquistadoras sonrisas me dijo:

– Sí, papá.

Y, como si la seguridad con la que pronunció aquella afirmación fuera una varita mágica con el poder contagiar sentimientos, vislumbré con total claridad que, inevitablemente y por sorpresa, su primer día en la playa se había convertido ya en uno de los días más felices de mi vida.

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