El abuelo Cebolleta presenta: Alfredo Cuenca


Cuando tenía 8 años mi mundo era sobre todo mi barrio de la periferia. Lleno de jardines y campos excavados con cimientos de futuras urbanizaciones. Poco que envidiarle a Pandora, nada que envidiarle al parque de atracciones. Cada dos árboles había una portería sin larguero y los tiros a la escuadra dependían de la longitud de los brazos de cancerbero. No había fueras de juego en las reglas de nuestro fútbol pero había “alta” lo que generaba grandes debates y muy polémicos. Jugábamos sobre césped reglamentario pero los partidos duraban lo que tardase un vecino cascarrabias en invitarnos a salir por patas de allí con amenazas de hablar con nuestros padres o de atizarnos con un palo que mostraba en su mano.

Sólo salía de mi barrio para coger “la ruta” , el autocar de los Hnos. Romero que nos llevaba al cole, o, en vacaciones, para ir al pueblo. Mi barrio era mi mundo donde vivían todos mis amigos. Por eso quizás a la hora de recordar un cumpleaños, el primero que me viene a la memoria es aquel al que vino un chico de ultramar (vamos, de un barrio a 3 kilómetros del nuestro) cuyo nombre si mal no recuerdo era Alfredo Cuenca.

Foto de mala calidad- ¡Pero es un auténtico autocar de los Hnos. Romero!

Foto de mala calidad- ¡Pero es un auténtico autocar de los Hnos. Romero!

Yo de pequeño ya era un poco payasete y Alfredo también. Por eso congeniamos tan rápido. Pintábamos bocadillos a las ilustraciones de los libros de texto y los rellenábamos con tonterías que hacían las horas de clase más amenas. Juntos estrenamos aquel curso una obra de teatro llamada “Caperucita coja” parida por nuestra cómica imaginación y según creo recordar con más éxito de público que de crítica. Supongo que por aquella complicidad decidí invitarle a mi cumpleaños, era la primera vez que alguien de otro barrio venía a casa a compartir los ganchitos mojados en Coca-cola y a luchar por conseguir comer la máxima cantidad de preciados sándwich de Nocilla. Son recuerdos tan lejanos que a duras penas puedo confiar en mi memoria, pero sé que yo estuve en su casa después, supongo que mis padres lo acercaron en coche cuando se acabó la fiesta. Recuerdo su habitación con pósters del Real Madrid firmados por los jugadores, su padre tenía algún contacto o trabajada en el club. En fin, Alfredo reunía todos los requisitos para ser mi mejor amigo. Y así lo consideraba. Probablemente mi primer mejor amigo, fuera de entornos familiares o vecinales.

Alfredo se cambió de colegio al acabar ese curso. Eran otros tiempos en que la movilidad del teléfono se definía por la longitud de su cable, no había internet y de alguna manera nuestro destino quedó en manos de la dejadez de nuestros padres: “son pequeños, harán otros amigos y se olvidarán. “. Pues bien, ya me veis, más de treinta años después escribiendo sobre aquello.

Durante el primer año tras abandonar mi cole a veces veía a Alfredo al pasar con mi autobús escolar en la parada de su barrio esperando otra ruta. Nos saludábamos a través del cristal y hacíamos alguna monería infantil como sacarnos la lengua o apretar la nariz contra la ventanilla. Desde entonces toda mi vida al pasar por esa parada he tenido el acto reflejo de buscarle. Hubo un tiempo, antes de lo esperado, en el que aunque nuestras miradas se encontraban ya no se decían nada. Cuando finalmente yo me cambié de cole dejé de pasar a diario por allí y como sospechaban nuestros padres, de algún modo terminamos por olvidarnos o más bien terminamos por renunciar a nuestra amistad. Ya de más mayor he creído reconocerle alguna vez al pasar por esa parada, pero me he sentido idiota sólo de pensar en parar el coche y preguntarle a un desconocido si recordaba ser mi mejor amigo de tercero de EGB.

Hoy es mi cumpleaños. Y me acuerdo de Alfredo, y de todos los “Alfredos” que pasaron por mi barrio, por mi cole, por mis diferentes trabajos y, en definitiva, por mi vida. Y pienso cada vez más que lo malo de hacerte mayor no es envejecer, sino que cada vez tienes que renunciar a más personas, sobre todo, a aquellas que se van para siempre.

Hoy es mi cumpleaños. Y me alegro de que exista el Facebook, porque gracias a él muchas de las ausencias de mi vida vuelven a estar presentes aunque sea mediante una manida felicitación.

Hoy es mi cumpleaños. Y es la excusa perfecta para bajarme de la vorágine del día a día, para escribir esto y acordarme de todos aquellos buenos amigos, presentes y ausentes, que han hecho ameno y divertido el camino por mi vida hasta el día de hoy. Gracias.

Hoy es mi cumpleaños y quiero deciros que aunque a veces esté ausente os tengo a todos presentes ;)

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