Peripecias de un papá. Aquellos maravillosos 2 años.

Por unas razones u otras he ido posponiendo mi cita con estas peripecias paternales y mi hijo, lejos de toda consideración con vosotros lectores, ha seguido progresando por la vida, yo diría que incluso al galope.

Así que hoy para aquellos padres que vienen a rebufo (y para algún futuro padre que capitanea un blog que yo me sé) que utilizan estas líneas como cuaderno de bitácoras de referencia para su travesía por la paternidad, me dispongo a hacer un resumen de lo acontecido desde que Miguel cumplió los dos años, un período de actividad, desarrollo y diversión como no ha habido otro igual hasta la fecha.

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En el último capítulo de mis aventuras lidiaba con ingenuidad con los primeros brotes de berrinches, al poco tuve que enfrentarme a ellos en todo su esplendor. Hasta entonces presumía de mantener mi paciencia intacta durante mi aventura paternal. En una semana la perdí en dos ocasiones. Por suerte su periodo retador pasó rápido, y los berrinches han vuelto a ser casos aislados. De la experiencia sólo un consejo tengo claro, además de los que escribía cuando todavía no estábamos en fase extrema y que sigo considerando válidos, no se puede solucionar un berrinche desde dentro de un berrinche. Da igual cual fuera el objetivo que lo ha causado: ponerle la ropa, darle de comer, meterle en el coche, distintas posiciones en torno al bipartidismo y la corrupción, etc… En el momento en que entra en esa especie de estado catatónico, cualquier objetivo inicial pasa a ser secundario, el primario es sacarle del pozo del berrinche (con besos o abrazos, ignorando o aguantando el chaparrón) porque desde allí dentro todo lo que se haga irá en detrimento del resultado final. Esto es aplicable tanto con bebés como con Marhuenda.

La primera vez que perdí la paciencia, le dije muy enfadado que ya no quería ser su amigo, y no imagináis como se puso, recitando por primera vez su mantra de niño poseído por el berrinche: “quiero portarme bien” a la vez que meneaba piernas y brazos, saltaba, lanzaba objetos, golpeaba los barrotes de la cuna mientras echaba fuego por la boca y rayos por los ojos. Por suerte en las historias de amor paternal, lo mejor de las disputas también llega después con la reconciliación, una vez vuelve a su estado de niño normal. Su beso cariñoso pidiendo perdón casi (sólo casi) compensó el caos de llanto y rabia.

Después muchas cosas importantes han pasado, ha ido afianzando su vocabulario hasta un nivel en el que te cuenta unas historias que te partes, es un ser autosuficiente en el tobogán, ha tenido sus primeros momentos íntimos frotándose sobre el colchón, ha cantado su primera canción en público con más entusiasmo que afinación, desde hace unas semanas jugamos a un pseudo fútbol en el que se interactúa con el balón y no sólo se le manda a freír espárragos de una patada sin dirección, hace unos días que ya es capaz de agarrar una pelota al vuelo, ha pasado de montar en moto Feber con mucho miedo y poco garbo a ser ya un Márquez de las aceras. Esto último es importante porque por fin puedes ir a hacer cosas o a visitar lugares con él sin tener la sensación de que has sacado una tortuga distraída a pasear.

En este período lucha denodadamente y con una cabezonería, me temo que genética, por encontrar sus cotos de independencia en el mundo: come, se viste y se calza por encima de sus posibilidades. Pero normalmente consigue lo que persigue aunque sea de una manera poco estética y en detrimento de su imagen de pequeño dandy.

Evidentemente cada niño es un mundo y con esto sólo pretendo dar una referencia. Aunque desde un punto de vista científico, utilizando la escala universal de desarrollo cerebral de Monkey Botas, se puede decir que mi hijo está en nivel “We did it” tras alcanzar un 90% de reacción a respuestas interactivas, con un rango de acierto en las mismas un poco por encima del 50%, durante el visionado de un capítulo de Dora la Exploradora.

dora y botas

Pero lo mejor, y pongo el modo tierno en “on”, es su total habilidad verbal para trasmitir emociones que ha alcanzado en esta época. Sí, estoy de acuerdo en que muchas de las expresiones son meras repeticiones de lo que oye, y que muchas veces las utiliza conscientemente para lograr sus propósitos sin más sentimiento asociado que el del chantaje moral, pero cuando tu hijo te estrecha entre sus diminutos brazos por su propia voluntad, te planta un beso en la cara y suelta su primer “te quiero mucho, papá” , es inevitable ponerse a babear hasta tal punto que si un perro de Paulov estuviera a tu lado podría coger complejo de boca seca.

Otro lado positivo de su creciente capacidad de expresión es que empiezas a conocer las cosas que acontecen dentro de su cabecita, y me confieso cada día más fascinado por saber (e incluso por plagiar) alguna de sus fantasías y ocurrencias que sin duda intentaré traer por aquí.

En el futuro cercano hay dos retos, el primero prepararle para ir al cine, ayer hicimos un record de 39 minutos seguidos viendo Peter Pan, y el segundo conseguir deshacernos del pañal antes de la llegada del cole, que por mor de haber nacido a finales de Diciembre es algo que se encuentra ya a la vuelta de la esquina. La búsqueda del cole será algo sobre lo que también debería escribir más, aunque ha sido mucho más simple que la guardería, y, bueno, digamos que mi descontento con el modelo actual de educación hace que ninguno de los que he visto me haya hecho especial ilusión.

Lleno de cambios, interacciones, carcajadas, emociones y cariño así está siendo el periodo por los dos años. Dicen que cada edad tiene su encanto, pero me temo que estamos pasando por uno de los mejores momentos de su vida, donde empieza a dar miedo parpadear por si te descuidas y te encuentras que ha crecido y se ha convertido en un ser como la mayoría de nosotros, de esos que se avergüenzan de soltar todos los “te quiero” que pasan por su cabeza.

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One Response

  1. De Cabo
    19 abril, 2015

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