Peripecias de un papá – El momento del “sinpa”

Mi pérdida de regularidad en la escritura de esta sección me había impedido compartir con vosotros, hasta hoy, uno de los momentos más temidos y que, como en tantos otros casos que hemos vivido, a la hora de la verdad no ha sido para tanto: la retirada del pañal.

Yo que estaba listo para hacer el post más escatológico del año y que había empezado a sacar a pasear el perro de un amigo para aprender a recoger cacas del suelo, me encuentro ahora en un escenario mucho más limpio y que por tanto, da menos juego.

No obstante teniendo en cuenta la máxima de siempre, cada niño es un mundo, voy a compartir la experiencia para los que vengan detrás vean que quitar el pañal es más sencillo y menos estresante y pringoso que aprender a ponerlo.

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Con el cole esperando a la vuelta de la esquina y con abuelas y otros progenitores veteranos dibujándonos un verano de playa con niño con el culo aire siempre listo para abonar el campo, nos encontramos en el mes de Mayo con la agradable sorpresa de que en la guarde nos dijeron que el enano estaba listo para hacer un “sinpa” (sin pañal).

Esa era una de las ventajas con las que contábamos, que al ir el niño a una escuela infantil, a priori no teníamos que preocuparnos de encontrar el momento adecuado para empezar porque ellos, basados en su experiencia, nos lo dirían. Lo que no esperábamos es que la cosa empezara a funcionar de un día para otro y que el período de adaptación fuese prácticamente inexistente.

Y es que los primeros días, el enano estaba tan emocionado con la experiencia y veía a su entorno tan entusiasmado con su logro, que prácticamente no hacía otra cosa que pedirnos ir al baño. ¿Cuántas veces puede mear un niño al día? Centenares, si sabe que en cada una de ellas le espera una aplauso. En la primera semana los pocos “incidentes” que ocurrieron fueron siempre ligados a berrinches: llorar, gritar y controlar esfínteres a la vez era una misión demasiado complicada.

La fase que sin embargo necesita más atención, aunque tampoco es una cosa exagerada, vino en las semanas de después, cuando empieza a coger confianza, y deja de tener puesta su atención al 100% en sus necesidades fisiológicas. Llegan entonces los accidentes por despiste. Momentos míticos en los que tu hijo enzarzado en medio de algún juego divertido, se para en seco, te llama y te dice: “Papá, creo que me he hecho pis en el pañal” mientras un pequeño charco se va formando en el suelo alrededor de sus pies. Por tanto en esas primeras semanas posteriores, por muy bien que haya ido al comienzo, no está de más recordar al niño cada cierto tiempo la necesidad de ir al baño.

Aparte del exceso de confianza, otro de nuestros enemigos en las semanas posteriores ha sido el estreñimiento. Cagar es una actividad que gusta de hacerse en soledad, pero si además tienes que hacer fuerza para desalojar hasta tal punto que tu cara se va a poner tan roja como la de una cantante flamenco al final de un “aaaaaaaaaaaaaaay”, prefieres no tener que avisar por muy bebé que seas. Así que cuando de repente había un silencio sospechoso en casa y el enano no estaba a nuestra vista, en la mayoría de los casos se debía a que se encontraba debajo de una mesa o tras una puerta buscando su momento All-Bran. A veces llegábamos a tiempo, y otras veces, digamos que simplemente lo que nos guiaba hasta su escondite era el olor.

En tres semanas desaparecieron los accidentes, que en cualquier caso han sido pocos. Ahora el reto pendiente es quitar el pañal nocturno que aún conserva, la teoría dice que hay que mantenerlo mientras se moje, pero la experiencia de estos días me dice que eso va más en función de la tranquilidad de su sueño que de control de su esfínter, mientras más veces se despierte en mitad de la noche y teniendo en cuenta que siempre lo hace en estado catatónico mayor es el riesgo de descontrol. Mi plan maléfico es ir de vacaciones a un hotel con cambio diario de sábanas y acostarle toda la semana sin pañal, para que si la cosa va mal, otro acarree con las consecuencias… muajajajaja, muajajaja, cough, cough (risa malvada hasta que te da la tos)

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Otros temas menores a destacar, el orinal nos duró una semana, es doble trabajo (luego hay que vaciarlo y limpiarlo) y su adherencia al suelo es más baja que el efecto ventosa que hace en el culo del enano. Lo que en términos prácticos significa vuelcos indeseados del material que transporta.

Utilizamos un adaptador de váter que va fenomenal y que además hace que nuestro ¿bebé? (¿puedo seguir considerándolo así ahora que no lleva pañal?) también se sienta más adaptado al modo en que los mayores lo hacemos. De hecho, como actúan por imitación, cuando se trata de un niño descubriréis que enseguida querrá hacerlo de pie, lo que hará que te tengas que lavar las manos más que Pilatos, pero también evitará tener que salir de casa con un orinal o adaptador. Cuidado porque aprender a mear de pie, es un reto para él pero también para ti. Porque si, como en mi caso, sólo tienes experiencia sujetando la tuya, descubrirás que no es lo mismo gestionar la de otro, especialmente si tiene una incipiente fimosis y un pequeño tamaño. Conseguir que cuando el chorro pierde fuerza no acabe en tu mano o en su calzoncillo, no es tarea que pueda dar aún por superada.

Otra que aún no he superado es la de ponerlo hacer caca fuera de casa si no hay un váter cercano en condiciones higiénicas adecuadas, lo que como demostraba mi guía Paca Garte no es algo muy habitual. Así que como no encuentro el modo físico de hacerlo sin que peligre mi hernia o la tela de mis zapatos, he decidido conseguirlo mediante la educación, transmitiéndole sabiduría popular y valores profundos, vamos, inculcándole aquello de : “hijo, como en casa no se caga en ningún sitio”

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