Peripecias de un papá: El graduado

Aunque ha pasado más de un mes, esta sección no podía dejar pasar por alto este momento tan importante en la vida de todos los que rodeamos a mi hijo. Por si no ha quedado bien claro el matiz, recalco, importante para todos, no para él.

Dudo mucho que Miguel guarde un sitio en la memoria para el día de su graduación en la guardería, y, a poco que la adolescencia le enfatice el sentido del ridículo, no me extrañaría que incluso se encargue de eliminar las pruebas gráficas.

Desde la perspectiva de los que fueron padres hace tiempo, desde la de aquellos que no lo son e incluso desde la mía propia hasta unos días antes del evento… esto de ceremonia de graduación de la guardería suena a coña. Y sí, es posible que se nos esté yendo de las manos esto de importar horteradas de los americanos. Pero ahora que he pasado por ello y sobrevivido, tengo que decir que es una manera de situar en el calendario el día en que mi bebé dejó de serlo.

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Unas mallas blancas y unos volantes de colores por piernas y brazos convertían a mi hijo y a sus compañeros en jóvenes émulos de los miembros del ballet de Giorgio Aresu haciendo una coreografía de acompañamiento a Celia Cruz. Hay gente que ha perdido amigos por vestirles del mismo modo durante una despedida de soltero, no digo más.

Una coreografía tan trabajada como deslavazada donde entusiasmo, parsimonia, miedo escénico y absentismo cerebral se mezclaban equilibradamente entre los miembros de un cuerpo de baile que a ratos parecía atacado por un ejército de avispas y a ratos abatidos por un inhibidor del ritmo. Un único denominador común, la descoordinación.

Lágrimas entre el público. No son por la risa, ni tampoco por pena. Sorprendentemente, dentro de aquel contexto la emoción prima sobre la vergüenza ajena. Ellos no se dan cuenta, bastante tienen con intentar recordar los pasos de baile, encontrar los ojos de sus padres en la platea e intentar comprender a qué se debe la excitación con la que saltan sus profesoras.

Sí, ellos no se dan cuenta, puede que la metáfora sea un poco tétrica, pero están asistiendo a la celebración del entierro de su yo bebé. Es curioso, pero la paternidad me ha hecho reflexionar sobre el “¿de dónde venimos y a dónde vamos?” más que todas las penúltimas copas de alcohol que debí haber rechazado en mi juventud.

Ese ser minúsculo que no sabía hablar, ni caminar. Ese ser que se alimentaba del pecho de su madre y que apenas tenía opiniones propias. Ese ser que te atronaba los oídos con sus llantos y te encogía el corazón con abrazos inconscientes. Ese ser que andaba a tumbos por los pasillos con su pañal sobresaliendo del pijama y con su cabeza desafiando los picos de los muebles y, a veces, también probando su resistencia. Ese ser que te ha cambiado la vida… muere poco a poco y de repente se transforma en un niño.

Y sin saber interpretar muy bien esa información deduzco en flashes que la vida es esto, instantes, etapas, periodos que se suceden. Suceden tan rápido en los bebés, que pienso que la vida entera es eso, sólo otra etapa, sólo eso. Y cómo el bebé se transforma en niño nosotros nos trasformaremos en algo, ni mejor ni peor, sólo distinto. A lo mejor algo tan intangible pero tan precioso como un recuerdo que habita en el corazón de los que nos han querido.

Comprenderéis ahora que poniéndome tan metafísico y tan melancólico, y teniendo a mi hijo como mayor esperanza de hacer que perdure mi recuerdo muchos años, a mí también se me escapara una lágrima viéndole bailar “La bamba” vestido de Carmen de Miranda pero sin sombrero de frutas tropicales.

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No fui el único, lloró la directora de la Escuela, lloraron los profesores, lloraron algunos padres flojos como yo… y fue entonces cuando fui totalmente consciente que por muy herencia americana que sea y que por hortera que sea el envoltorio, no hay que subestimar ni dar de lado esos eventos que levantan emociones. Los bebés no se limitan a pasar las vidas, los muy capullos hacen aflorar sentimientos a todos los que los rodean y a algunas personas, incluso las cambian por completo. Por eso cuando se van, hay una pequeña lucecilla que nos habían encendido que se apaga. Y esa emoción que se agarra a tu garganta como si fuera una boa constrictora hambrienta es de las que merecen la pena vivir, para recordarte la importancia de lo que fueron, lo que nos enseñaron y las alegrías que han traído con ellos.

Tranquilos, puede que esté dramatizando pero no hay lugar para la tristeza, es sólo un instante, una punzada por dentro, la sensación de que algo precioso se termina… pero esto acaba… de empezar, y no hay tiempo para echarlo de menos. Las peripecias continúan y las alegrías y sonrisas con ellas.

No sé si es cuando uno se hace padre, o cuando pasa de los cuarenta, no distingo porque a mí me ha llegado casi junto, pero de repente tienes la sensación de que tu vida ha entrado en el tobogán de un parque acuático, hay diversión, hay velocidad y hay cuesta abajo. Los años parecen que pasan más rápido, tu hijo crece sin que tengas tiempo para mirar atrás y a veces hasta se te olvidan sus primeros pasos…. Pero lo mejor de todo es que también parece que las cosas más sencillas se empiezan a saber disfrutar más.

Y este, señor juez, es mi alegato de defensa a esas incipientes lágrimas que asomaron por mis ojos en la graduación de mi hijo… ¡de dos años y medio! Espero sepa usted ver mi inocencia.

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