Peripecias de un papá – Historia de un parto normal.

Hoy me apetece viajar al pasado, un pasado que parece ya tan lejano que se hace imposible negar la existencia del acelerador temporal que viene de regalo con la paternidad.

En esta aventura compartida con vosotros me dejé el día más importante en el camino, o cuando menos pasé de puntillas sobre él. Seguramente porque en aquellos momentos mis cinco sentidos eran demandados por los llantos ultrasónicos de una criaturilla recién estrenada.

Hoy parece el momento ideal, porque en estos momentos nuestro jefe, don De Cabo, se encuentra a punto de pasar por un trance similar. Por lo que le conozco me lo imagino nervioso, sentado en posición fetal y balanceándose sin parar de preguntar a su chica: “¿Viene ya? ¿Viene ya?”

Sí, lo habéis adivinado, aunque el humor siempre intenta estar presente en esta sección, el capítulo de hoy será un parto. Y largo, porque la ocasión lo merece.

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Para qué engañarnos esto de los partos es como los niños, cada uno es una experiencia única y personal que no se puede, ni se debe, extrapolar a los demás. Lo que ocurre, es que al contrario que con los bebés, aquí se da la paradoja que parece que los padres hablan más de lo malo que de lo bueno. Llamémoslo necesidad de ventilar, llamémoslo morbo o llamémoslo psicoterapia gratuita, pero parece que las experiencias negativas dan más juego y por eso se comentan mucho más.

Eso, por supuesto, alimenta los temores y los nervios de la pareja primeriza. Así que hoy además de recuperar un episodio que merecía tener cabida aquí, quiero poner el contrapunto a las narraciones tenebrosas de este evento, porque adelanto que a nosotros nos fue todo fenomenal.

La verdad es que sin poder negar cierto nerviosismo, afronté la ocasión con bastante positividad. Confiaba en que si la especie humana había llegado hasta el siglo XX sin ginecólogos y epidurales, la madre naturaleza y la ley gravedad serían los que tendrían que desempeñar un papel fundamental durante el alumbramiento, muy por encima de lo que yo pudiera aportar con mi recién adquirida sabiduría en las cinco clases de preparto.

El día anterior la madre había estado de compras, quedaban 8 días para la fecha teórica y aunque tras los monitores nos habían anunciado que en cualquier momento podría llegar, nada hacía presagiar que estaba tan cerca la cosa. Hasta que en medio de la noche me despertaron a empujones. Estaba dormido tan profundamente que si tras aquellos golpes hubiera oído: “Arriba, policía” o “Arriba, mi marido” yo hubiera seguido feliz con mi sueño. Claro que lo que escuché me puso los pies en el suelo literalmente: “He roto aguas”.

Aunque la noticia me sobresaltó inicialmente en cuanto estuve despierto me pareció una bendición. Aquella situación me liberaba de dos de mis temores, encontrarme atrapado en un atascazo pues la clínica estaba en el centro de Madrid y hacerme un lío con lo del cálculo de tiempo de las contracciones. Utilicé igualmente la aplicación de móvil que me había bajado para la ocasión, pero sin la presión de quedar como un pringado por llegar al hospital de forma precipitada o, peor, sin necesidad de hacer de comadrona en mi coche por la cagada de un programador.

Lejos de lo que se ve en el cine, tardamos como una hora en salir de casa. Fregué el suelo, ella se duchó, yo me afeité, revisamos la bolsa con la ropa del bebé que habíamos preparado pocos días antes y salimos para la clínica con la tranquilidad que da conducir a las cinco y media de la mañana. Por supuesto, sin avisar a nadie. Eso lo habíamos acordado previamente. De hecho había una serie de acciones básicas que habíamos acordado de antemano y que yo era responsable de salvaguardar en caso de que ella fuera poseída por el diablo de los dolores y empezase a pedir tonterías.

En teoría ella debería ir en ayunas, pero previendo una larga jornada por delante, y teniendo en cuenta que la cena estaba lejana, no pudo resistirse a coger fuerzas mediante un Milka Tender que quedaba por casa.

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La llegada al hospital también fue muy poco cinematográfica, lejos de venir a recibirnos una camilla con cuatro enfermeros sobreexcitados, la recepcionista nos pidió la tarjeta sanitaria y nos mandó a la sala de espera con esa desgana que se tiene cuando estás acabando tu turno de noche y no ves el momento de salir en busca de tu cama.
Coincidimos allí con dos parejas más. Las mujeres lideradas por una suegra resabiada, demostrando que la genética es casi más fuerte que el instinto maternal, comenzaron a charlar mientras los hombres mirábamos a la tele más por hábito que por interés en las noticias. Yo interiormente pensaba que si los habitantes de esas tripas se encontraban en el futuro y salía a relucir en la conversación el día y el lugar donde nacieron, fruto de la complicidad quizás pudiera surgir entre ellos una amistad o, incluso una oportunidad para que mi hijo pillara cacho.

Al poco tiempo y mientras nos preparaban la habitación nos mandaron a un pequeño cuarto para controlar las contracciones y el ritmo cardiaco con un aparato que parecía un polígrafo. Aquí se produjo uno de los momentos escatológicos de la jornada, pues el movimiento de tripas a gran escala que se produce para desalojar un ser de 3 kilos y medio, produce gases, algunos incontrolables. Tras uno de ellos, hice un comentario. Pregunté si el cristo crucificado que presidía aquella estancia ya tenía la cabeza vencida hacía abajo antes de aquella ventosidad particularmente sonora… y la risa, siempre gran liberadora de tensión, apareció en forma de ataque. Cuando llegó la enfermera a decirnos que ya teníamos habitación se sorprendió por las alteraciones de la gráfica, confesamos que fue por unas carcajadas pero callamos como bellacos sobre la causa de las mismas.

Al llegar a la habitación, uno de los momentos temidos por mi chica fue esquivado… el enema. Justo al llegar entró al baño y cuando apareció la enfermera palangana en mano le dijo que si acababa de evacuar, ya no era necesario. Pequeño alivio, aunque por contra ya habían empezado los dolores de parto. Volvieron a conectarla a una máquina y nos dijeron que avisáramos a la enfermera cuando la intensidad de las contracciones subiera.
No pasó mucho tiempo hasta que la futura madre empezó a quejarse.

– ¿No será demasiado pronto? ¿Esperamos un poco más? – pregunté yo con la candorosa inocencia del futuro padre preocupado porque todo fuera bien.

Entonces ella me agarró del brazo y con la misma cara que ponía el Golum poseído por la presencia del anillo único me dijo.

– Quiero la epidural ya. Es mííííaaaaa

A partir de ahí llegó el único momento que calificaría como de nerviosismo puro. Pues se la llevaron para anestesiarla y yo me quede en la habitación, sin nada que hacer, sin poder ser testigo de lo que pasaba. Supongo que aquello duró media hora más o menos, pero se me hizo muy largo hasta que me llamaron a boxes.

Los boxes, como en la Formula1 son una serie de cubículos de trabajo, que aquí en lugar de estar alrededor del circuito, están alrededor del quirófano. En este sitio, con la epidural en todo su esplendor sofocando los dolores es donde más tiempo se pasa. Tienes que estar haciendo pujos, que es lo que te enseñan en las clases de parto, en teoría para ayudar a dilatar a la parturienta, pero yo tengo la intuición que simplemente lo hacen para tenernos entretenidos creyéndonos que hacemos algo útil.

La comadrona, que supuestamente iba a dirigir el parto, vino a presentarse y explicarnos que debíamos hacer. Además, cada cierto tiempo, como en los documentales de veterinarios y vacas, venía, introducía su mano por los bajos de mi chica y anunciaba los centímetros de dilatación calculados a ojete de buen cubero.

Los pujos, que a fin de cuentas son pequeñas simulaciones de lo que va a ocurrir en el parto, se hacen cada vez que la máquina indica que suben las contracciones, y tú allí con tu inexperiencia te preguntas, “¿qué coño hago si en una de estas se asoma una cabeza?”. Bueno, pues la cabeza no llegó a asomar, pero lo que sí asomó, de hecho salió, fue el Milka Tender, una vez procesado por el cuerpo, segundo momento de risas escatológicas de la mañana. Vino bien, porque el tiempo en boxes también se hace largo.

El gran momento se acercaba. La única pega hasta entonces era que la comadrona no nos daba muy buen feeling, no por nada en especial, sólo que actuaba de forma rutinaria, simplemente le faltaba un toque de cercanía que tanto se agradece en esos momentos… ¡si ni siquiera se rió con el momento Milka Tender!

Pues bien, esa pega se iba a solucionar. La ginecóloga de guardia había avisado a su compañero, el ginecólogo que había tratado a mi chica durante todo el embarazo de que nosotros estábamos de parto. Él, que tanto había ayudado en los momentos más duros de la gestación, un tipo al que estaremos siempre agradecidos tuvo su última y gran deferencia que mostraría a la claras lo buen profesional que es. Como entre unas cosas y otras ya estábamos en la hora de la comida, y su consulta estaba cerca del hospital, decidió acercarse. Y justo cuando nos anunciaban que ya íbamos a entrar en el paritorio, tuvimos el único instante de guión cinematográfico, entró en boxes, nos saludó y le dijo a la comadrona: “no te preocupes yo me ocupo de este parto”

No suelo citar nombres en esta sección, pero en este caso lo merece por si alguien busca un ginecólogo y persona de primera categoría: Carlos Olmos Díez.

En fin, que la aparición de último minuto de nuestro médico nos dio un subidón de buen rollo muy oportuno justo cuando entrábamos a quirófano. Con él y la ginecóloga de guardia, también muy simpática, oficiando la ceremonia todo parecía más fácil. Y lo fue.

Lo que es él parto en sí, no dura realmente nada, apenas tres pujos, y allí estaba… una berenjena humana, por su color morado, que asoma al mismo tiempo que lo hacen las primeras lágrimas de alegría. Mientras cortan el cordón umbilical se lo dejan un segundo a la madre para que vea que la misión está cumplida.

La cierto es que mi perspectiva durante el alumbramiento fue mucho mejor que la de la madre, que con el sudor corriendo por su cara por el esfuerzo y las piernas hacía arriba, una sujetada por mí porque la epidural la había dejado medio dormida, a duras penas puede vislumbrar con claridad algo que no sea un trozo de techo.

Y pronto descubría otra sorpresa más. Una ventaja inesperada como padre. Al niño se lo llevan inmediatamente a un cuarto contiguo para limpiarlo y anotar una serie de datos que deben ser medidos tras el parto. Tú mientras tanto felicitas a la madre, y no paras de seguir con el oído lo que crees que es el llanto de tu hijo. Digo “crees” porque nosotros comentamos algo del tipo “vaya berridos” y de repente, cuando lo trajeron de vuelta, estaba callado, agotado por el cansancio de llegar al mundo hacieno descenso de barrancos. Y es que los llantos que habíamos seguido de oídas pertenecían a otro recién nacido. Nos miramos con complicidad de reojo, pero no comentamos nada, estábamos hipnotizados por la presencia del bebé limpito y vestido para la ocasión. Yo esperaba que lo entregasen de nuevo a la madre por el famoso “piel con piel” del que has oído hablar tanto en las últimas semanas, pero resulta que como estaban terminando de coser los pocos puntos necesarios para cerrar la temida episiotomía, de la que durante el parto ni siquiera se había enterado, pusieron el bebé en mis brazos mientras concluían la intervención.

Por inesperado, por mágico y porque ese ser que se encontraba en mi regazo es la persona más importante que he conocido, no tengo duda que ese es uno de los grandes momentos de mi vida.

Un momento que da sentido al capítulo nostálgico de hoy… porque si algún día dentro de muchos, muchos años, la memoria me traiciona y me pierdo en laberintos de olvido… sólo espero que alguien me lo lea para poner luz en mis ojos recordando lo vivido.

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