Piel fina como el pellejo de un zurullo de coña.

No quiero que esto sirva de excusa para mi larga ausencia en el blog, pero, madre mía, qué mal está últimamente el panorama para los que nos dedicamos al mundo del humor. Cada vez es más difícil hacer un chiste sin que haya alguien que se sienta ofendido. Antes cuando sólo se hacía humor sobre un escenario te arriesgabas a un tomatazo, ahora cuando se hace en Twitter o en otras redes sociales puedes llegar a ser víctima del linchamiento popular.

Así que he decidido ser por hoy un miembro indignado de una minoría ofendida, la de los graciosillos estresados por la presión social.

Humor y zurullos de coña

Vaya por delante que todo el mundo tiene derecho a indignarse por lo que sea, pero hay gente muy cansina, los piel fina, que se indignan por todo, gente que duerme con una antorcha y un rastrillo junto a la mesilla, lista para acudir rauda a la llamada de cualquier horda que tenga como fin poner una soga alrededor del cuello del gracioso de turno.

Que yo sepa nadie ha muerto por culpa de un chiste, tampoco ha sido un motivo para que desaparezca dinero público (excepto cuando un alcalde contrata a su sobrino más chisposo para actuar en las fiestas del pueblo), nadie ha perdido sus bienes ni sufrido lesiones físicas a causa de una gracia dicha a destiempo… Y sin embargo, últimamente, parece que el daño está más en lo que se dice que en lo que se hace.

Me gustan los chistes machistas, los feministas, los de, como Arévalo diría, de mariquitas, los de gordos y los de flacos, los de minorías étnicas, y los del inglés, el francés, y el alemán que siempre quedan en evidencia por culpa de un listillo español o de un fantasma de bragas rojas. Lo reconozco, adoro el buen humor negro aunque, a veces, lo disfrute, al igual que se sufren las hemorroides, en silencio.

Para mí la intención es lo primordial y, cuando esta es la de hacer reír, creo que nunca debería haber sitio para denuncias, ataques exacerbados y otras formas de linchamiento popular. Una cara seria es suficiente castigo para aquel que ha soltado un chiste con el propósito de divertir. Incluso, si así se piensa, no está de más decir al cómico que su broma está fuera de lugar, o pedir que por favor no siga por ese camino porque te está ofendiendo… quién hace humor se arriesga a un crítica o a una cara seria… pero no debería tener que arriesgarse a nada más.

Y para aquellos, que sí, que realmente pretenden hacer daño con sus palabras… Es de todos bien sabido que el mayor desprecio es la falta de aprecio, vamos, que a esta gente se las borra más fácil del mapa ignorándolos que dándoles bombo. Hay columnistas que viven de la indignación de los piel fina… es la gasolina que alimenta su prosa y su cuenta corriente. Es difícil defenderse de las armas de fuego o de la corrupción de los cargos públicos pero muy fácil de las palabras… basta con dejar de leerlas o escucharlas.

Como cómico creo que tengo la empatía suficiente para en un momento dado dar un paso atrás y entender o ponerme del lado de alguien que pertenece a una minoría ofendida… pero a los que no soporto es a eso que se indignan por todo y por todos, esos que se indignan en lugar de los que se podrían indignar pero han preferido sonreír. Cretinos de piel fina que se meten a abogados del diablo para dar salida al excedente de bilis de su cuerpo. Amargados que por desgracia a veces pueden acabar amargando al que solo pretendía sacar una sonrisa.

Y no me molesta por cómo influyan en mi carrera en el mundo del humor, que yo creo que ya ha llegado donde iba… El reinado de los piel fina me preocupa por la mierda de sociedad que estamos preparando a mi hijo pequeño, un lugar en el que cuando tenga ganas de hacer reír a alguien va a tener que poner tantos filtros a sus ocurrencias que acabará con ganas de llorar.

De nada sirve tomarse demasiado en serio esta vida y mucho menos a uno mismo. No olvidemos que estamos de paso y que si hay algo que merezca llevarse a la tumba eso es una buena colección de sonrisas. Sobre mi lápida que no pongan flores, prefiero que pongan un zurullo de coña.

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