El abuelo cebolleta presenta: Jugar al Rescate.


No quisiera inmiscuirme yo en la mítica sección el Rimembe del vienne del no menos mítico Call Me Ishmael. Pero haciendo gala del dudoso honor de ser el más viejuno de los miembros del blog (aunque algún colaborador me supere …je, je) vengo hoy a traeros recuerdos de mi infancia. En concreto de “El Rescate”.

Y es que aunque para mí resulte inconcebible parece estar ya en desuso y , lo peor, podría caer en el olvido. Por eso, intentaré aportar mi granito de arena, para que eso no suceda… o para que suceda un poco más tarde. Eso sí, preparaos porque las historias del abuelo cebolleta siempre son largas.

Decidle a vuestra madre que os prepare un bocata de Nocilla, calzaos vuestros rápidos deportivos Yuma, poneros vuestro pantalón corto y llamar a vuestros amiguitos por el portero automático:

¿Está Paquito?¿Se puede bajar? Es que vamos a jugar al ¡rescate!

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El Rescate I . Cómo se juega.

La mecánica es muy sencilla. Se reúne un grupo de amigos en un lugar a campo abierto considerado el punto de partida, se selecciona a los dos que corren más rápido y bien a “pares o nones” o bien a “piedra, papel o tijera” se decide quién elige en primer lugar. Uno a uno van seleccionando a los miembros de sus equipos. El juego es mixto, las niñas son bienvenidas. Si eres el último en ser elegido, entrena, o al final te harás mayor y tendrás que pagar a un psicólogo para contarle tu trauma infantil.

El equipo que eligió en primer lugar es el equipo que se escapa. Es decir, salen corriendo mientras el equipo contrario espera hasta que se pierden de vista. Antes de la huida se deciden los límites del rescate: el patio del recreo, una determinada zona del barrio, un parque, etc.
El segundo equipo sale en las búsqueda del primero. El objetivo es capturarles, bastará con tocarles y serán atrapados. Entonces los prisioneros son trasladados hasta el punto de partida.Allí los atrapados se colocan en fila india cogidos de la mano.

Aquí viene la parte emocionante del juego. Los prisioneros pueden ser rescatados por una de sus compañeros de equipo. Basta para ello que toque al primero de la fila india en la mano (estilo copiado posteriormente por el Pressing Catch). La fila se puede mover, pero sus miembros no se pueden soltar de la mano, y el primero en ser capturado no puede dejar de tocar el punto de partida.

Cuando todo un equipo es capturado, al equipo ganador le corresponde huir.

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El Rescate II – Primeros amores.

Era mi primer año en aquel colegio. Estaba en séptimo. Un bigote cantinflero adornaba mi rostro, y hacía ya unos meses que las niñas despertaban en mí emociones desconocidas, y en mi cuerpo reacciones espontáneas. Entre todas ellas, Laurita, Laura la chica más guapa ( a mi subjetivo modo de ver) de la clase me tenía obnubilado. Me ponía rojo con solo mirarla. No era capaz de conversar con ella sin balbucear. A su lado era el patetismo puro en versión adolescente.

Aquel día en el recreo decidimos jugar al rescate unos cuantos de la clase. Para mi fortuna, Laurita iba en mi equipo. Cuando llegó el momento de escapar, instintivamente huí hacía la misma zona que ella. No podía dejar de mirarla y no me importaba ser capturado. De repente uno de los miembros del equipo contrario comenzó a perseguirla. Mi oportunidad para ser su héroe, pensé. Así que corrí hacía allí y me interpuse entre ella y su perseguidor intentando que me cogiera a mí…. El resultado fue… que mis dotes heroicas que brillaron por su ausencia… desaparecidas desde otro mítico Rescate cuatro o cinco años atrás. Total, acabaron cogiéndonos a los dos.

Lo que yo no me imaginaba es que aquello me iba a deparar un gran momento. Al ser capturados a la vez, estuvimos juntos en la fila india esperando el rescate. Una mano la tenía agarrada a la de Sebastian y a los restos de Tigretón que en ella había, pero con la otra mano tenía suavemente cogida a Laurita. Se mezclan ahora recuerdos y realidad, y no sé si la acaricié, pero estoy seguro que pensé en hacerlo como un millón de veces… cada segundo. Intentaba hablarla con las yemas de mis dedos. Intentaba decirle que con ella había descubierto nuevos sentimiento. Y sobre todo, intentaba decirle que no quería que se acabase nunca aquel recreo, y que no quería que nos rescataran. Que quería permanecer prisionero junta a ella para siempre.

Fue entonces cuando llegó él, Eduardo, el ligón, el rápido, el odiado. Y nos rescató. Y yo anonado sin querer huir de allí, fui capturado de nuevo. Mientras Laurita se perdía de mi vista. Mi cara de decepción debía ser enorme, porque Sebastian que también había errado su maniobra de escape, me ofrecía ahora un trozo de su sándwich de Nocilla recién sacado de un envoltorio de papel Albal. Aquello no fue lo peor ni más ni menos. Lo peor vino cuando Eduardo cogió a Laurita de la mano… justo cuando el recreo se acabó y se dirigían juntos hacia clase. Se sonreían y su sonrisa me hacía llorar por dentro, y casi por fuera.

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El Rescate III – Grandes recuerdos.

Este juego más sencillo que el mecanismo del chupete era capaz de deparar emociones superiores a las de cualquier videoconsola interactiva. Aquí va uno de mis mejores momentos de niñez, mi momento heroico, no exento de polémica: Todo mi equipo estaba capturado y aguardaban con pocas esperanzas a ser rescatados por mí, no era el más rápido y además era un rescate a lo grande… con equipos de nueve o diez personas. Lo que significaba que mientras dos o tres rivales peinaban el barrio en mi búsqueda, cual guardianes nazis en campo de concentración (pero afortunadamente sin doberman), el resto del equipo contrario rodeaba la fila india por todos lados cual defensas de un equipo de Javier Clemente.

Era una misión casi imposible pero había que intentarlo. Así que en llegué hasta una zona de jardín próxima al punto de partida y me puse a reptar por el césped en plan comando. Me acerqué hasta un coche y me metí debajo ( para desgracia de mi madre aún no existía el Wipp Express). Estaba a unos cincuenta metros del objetivo. Varios rivales pasaban junto a mí sin apercibirse de mi presencia. Pero no veía como salir de allí debajo sin ser visto, ni como aproximarme para el rescate. Comenzó el juego psicólogico. A esperar tocaba.

Los rivales se iban poniendo impacientes y cada vez más unidades marchaban en mi búsqueda por todo el barrio. Quedaban sólo cuatro guardianes alrededor de la fila india. Era el momento de la verdad. En un momento en el que no miraban hacía mi lado, salí del coche y corrí hasta una pared cercana donde pegué mi cuerpo. Alguien me vio, para mi fortuna, era alguien de mi equipo. Empezó a mover la fila india hacía al lado contrario donde yo estaba y con ella despitaba a los guardianes. Era el momento. Era difícil. Necesitaba ser rápido y necesitaba un plan B. Me quite la chaqueta del chándal (marca “Antidas”) y salí corriendo a toda la velocidad que daban mis piernas. Mi equipo cogido de la mano se estiró hacía mí en un rápido giro que dejó fuera de juego a dos rivales. Diez metros y sólo dos personas me apartaban de la gloria. Se supone que debía evitarlos pero me dirigí directo hacía uno de ellos. Cuando estábamos a punto de tocarnos le lancé mi chaqueta del chándal a la cara. Lo que permitió esquivarle a él y al siguiente que quedó confundido ante la jugada. Intentaron gritar “cruci” (abreviatura de cruz y raya, tiempo muerto en lenguaje infantil) para debatir si aquella jugada había sido legal o no. Pero era demasiado tarde, choqué mi mano con el primero de la fila india y todos escaparon como caballos en estámpida.

Aquella noche dormí a pierna suelta y con una sonrisa de lado a lado de la cara.

Mucho tiempo después he jugado a la Play, y a la Wii… pero ninguna partida me ha hecho dormir con esa sonrisa. Sólo en otro momento he conseguido repetirla… fue hace tiempo también… el día que Laurita me dio mi primer beso.

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6 Comentarios

  1. Sylar
    16 marzo, 2010
  2. holala
    16 marzo, 2010
  3. Chuscurro
    17 marzo, 2010
  4. holala
    17 marzo, 2010
  5. De Cabo
    17 marzo, 2010
  6. Call me Ishmael
    18 marzo, 2010

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