El abuelo Cebolleta presenta: Churro, media manga o manga entera.


¿Os imagináis lo políticamente incorrecto que sería hoy en día que un niño en el colegio metiera la cabeza entre las piernas de una compañera? ¿O que se subiera encima de una niña que le espera con el culo en pompa y preguntase:” churro, media manga, manga entera”?

Sí, amigos, sí, en esta sociedad de la información, de la susceptibilidad y de la tontuna supina que hemos creado es mucho mejor que los niños se dejen los ojos en la Play. Pero hubo un tiempo en que jugábamos al burro sin ponernos burros, porque los juegos eran sólo un divertimento inocente e infantil y las cosas no eran ni políticamente correctas ni incorrectas, eran sencillamente auténticas.


El burro I: cómo se juega

Como la mayoría de juegos de mi infancia, se jugaba con dos equipos que se formaban al dividir el grupo de niños que había en la calle por la mitad utilizando generalmente la selección mediante lideres que deciden turno de elección echándolo a pares o nones.

Este método de selección era vejatorio y despectivo con los últimos elegidos pero los golpes en el amor propio no duraban mucho. Además la gran variedad de juegos hacía que el que fuera malo para uno, pudiera ser bueno para el otro. Por ejemplo en el burro tenían gran consideración los gordos y, por supuesto lo buenos saltadores.

Una vez hechos los dos equipos, otra vez por el método “pares o nones” se decidía quién se la ligaba. Los que perdían se colocaban en fila, piernas abiertas y estiradas, cuerpo doblado hasta colocar la cabeza entre las piernas del que tuvieras delante y manos agarradas en sus muslos para dotar de más estabilidad al burro, aunque claro al final más que un burro aquello parecía un ciempiés.

Uno a uno iba saltando el equipo contrario sobre ellos. Si el burro, la estructura, se derribaba entonces perdían y volvían a ligársela. Si alguno de los saltadores se caía o se quedaba sin sitio sobre el que saltar entonces era este equipo el que se la pocharía después. Normalmente y gracias a las estrategias de colocar a los saltarines al principio se llegaba al final del juego, el cenit de la emoción: los del burro con las piernas temblorosas soportando el peso del equipo contrario y sudando la gota gorda para no caerse, los de encima en equilibrio para no caerse por los lados, y entonces sonaba la pregunta: ¿Churro, media manga o manga entera?

El líder del equipo de arriba se cogía el brazo a la altura de la muñeca, churro, o a la altura del codo, media manga, o a la del hombro, manga entera. Si el líder de los agachados fallaba se la seguían ligando, si acertaba, entre los saltos de alegría y desmorone de la escombrera infantil, se la ligaban los otros.


El burro II: Anécdotas. Cuando el Cebolla voló.

A pesar de que al burro se jugaba sobre los adoquines de la acera, la gravilla del patio del colegio o, en el mejor de los casos, apoyados en un árbol del jardín… No recuerdo grandes brechas ni lesiones aunque a priori pudiera ser un juego dado a ello. Tampoco recuerdo que produjese grandes momentos románticos como en el rescate. En el burro se hacía el burro, no había tiempo para el amor… más allá de impresionar a las niñas con tus dotes para el salto o con tu capacidad de aguantar al más gordo del grupo sobre tu chepa.

Lo que nunca podré olvidar es el día en que vi al Cebolla volar. El Cebolla era un niño delgadito y de natural enclenque, que se hizo famoso aquella vez que se cayó a un charco en la parada del autobús del colegio al ser arrastrado por el peso de su cartera colgada al hombro (entonces no había mochila). Los libros de texto, los cuadernillos Rubio, el estuche de pinturas Alpino de doce colores y, sobre todo, la gravedad derrotaron el exiguo contrapeso de su cuerpo espagueti y se zambulló de lado en el agua ante la algarabía y jolgorio popular. Fue una escena mezcla de Escuela de Sirenas y Jackass 3D.

Sin embargo aquello no es comparable al día que voló. Fue en la puerta de mi portal. Jugábamos al burro sobre superficie pedregosa. El Cebolla iba en mi equipo, estábamos encima de los otros, puro equilibrio. Él en concreto estaba sentado sobre Cristinota, una niña que como indica su nombre estaba hermosota (aunque hoy en día hubiera sido acusada de obesidad infantil). La gran pregunta acababa de ser formulada: ¿Churro , Media Manga o Manga entera?

Y entonces acertaron. Y se produjo la explosión de felicidad entre los integrantes del burro que hizo que la estructura se descompusiera precipitadamente. Todos nos apeamos rápido para evitar una caída indeseada. Por la razón que fuera el Cebolla no pudo hacerlo. Y entonces le vi volar. Cristinota, ajena al peso que acarreaba a sus espaldas, se levantó como si tal cosa. Y él se quedó suspendido en el aire, no sé por cuánto tiempo pero en mi memoria la imagen permanece durante segundos. Como una pluma a merced del viento. Una pluma con cabeza. Y una cabeza con más peso que el resto del cuerpo, porque entonces recuerdo como después de ese breve instante de levitación el peso de la cabeza le venció hacía atrás arrastrando tras de sí al resto del cuerpo. Si hubiera sido la piscina hubiera sido un perfecto carpado de espaldas, al ser el suelo fue un perfecto cabezazo de coronilla contra un canto rodado. Algunos se rieron, otros corrieron a ayudarle. Yo, en aquella época en la que Superman estaba de moda, no pude dejar de admirarle como a un superhéroe con el poder de volar. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?. No, es el Cebolla en levitación.

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3 Comentarios

  1. Dimitri
    13 noviembre, 2010
  2. Sylar
    14 noviembre, 2010
  3. juanlu
    20 febrero, 2012

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