Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo I




-1-

Corría el diecisiete de Septiembre de 1995 en mi anterior línea temporal.

Por aquella época no estaba atravesando una buena racha, al menos eso pensaba. Económicamente pasaba una enorme crisis motivada más por orgullo que por carestía. El hecho es que seis meses atrás, ante las ansias de libertad que sentía en mi interior, había decidido independizarme de la familia. Los trabajos eventuales de los fines de semana apenas daban para el alquiler, pero era demasiado cobarde como para afrontar mi fracaso. Sentimentalmente mi existencia no era mucho mejor, sobre todo por lo de Cristina, la chica de la que estaba enamorado. No es que crea que estar enamorado sea malo, pero empieza a ser un problema cuando la chica en cuestión tiene novio. Admitámoslo, él llegó a su vida antes que yo, qué podía hacer. A falta de su amor lo único que se me ocurrió fue conseguir su amistad, una amistad que me permitía verla a menudo. Su imagen era todo lo que necesitaba para seguir soñando cada noche, aunque había una parte en mí que no se conformaba con los sueños… esa parte debía resignarse porque el sexo pasaba por mi vida con la misma frecuencia con la que el cometa Halley surca el cielo terrestre.

Pero si mi bolsillo y mi corazón estaban padeciendo, mi mente no les iba a la zaga. Tenía veinticuatro años y me hallaba atrapado en tercero de Informática. Tres cursos por delante, unos cuatro o cinco años más… y encima la puta mili. No veía la salida de aquel pozo, además mi carrera cada vez me gustaba menos. Demasiadas matemáticas. Nunca debí guiarme por mi buena nota en selectividad.

Cometí un grave error, y aquel día de Septiembre fue clave para entenderlo con total claridad, el poco aprecio que sentía por lo que estudiaba se había convertido en odio, la razón: acababa de venir de la revisión de un examen. Me habían suspendido en quinta convocatoria por una sola décima y, por muy subjetivo que fuese mi punto de vista, de manera injusta. Había tenido que enfrentarme a la tozudez de un profesor, a su prepotencia, a su orgullo, y me atrevería a asegurar que también a su chochez prematura. “Para usted es una décima, para mí es un año de vida, cuarenta mil pesetas más de matricula y quizás mi futuro”, le dije en un gesto de suplica al que no hubiera deseado tener que recurrir. Pero él ni caso, “debería haber estudiado más”, eso fue lo único que me insinuó. Seguramente si en aquel momento lo hubiese estrangulado, me habría encontrado mucho mejor. Desgraciadamente, reprimí mis instintos por enésima vez en mi historia. Qué podía hacer.

Caminaba hacia la parada del autobús intentando olvidar lo ocurrido, trataba de llenar mi cabeza con mejores cosas. Por eso pensaba en el guión que Jesús y yo habíamos escrito. Jesús, era un amigo, el mejor, con el que además de compartir el alquiler de nuestro piso compartía también la afición por el cine. Aquel era el único atisbo de luz que se vislumbraba en mi vida. El proyecto de dirigir algún día el fruto de nuestro trabajo era la gran ilusión que me impedía desfallecer. Aunque había fundamentalmente una cosa que nos separaba de aquel sueño: el dinero. Haciendo encuestas en Sol íbamos a tardar mucho en alcanzar nuestra meta. ¿De dónde podríamos sacar dinero?. La respuesta tenía un nombre: quiniela. Pero una esperanza con tan poca consistencia carecía de la suficiente fuerza como para levantar mi ánimo en aquellos momentos. Un ánimo que se fueron enervando a medida que pasaba el tiempo en la parada.

Llevaba allí quince minutos y habían pasado autobuses de todos los colores: azul, rojo, verde… todos menos el maldito amarillo. Cuando por fin se dignó a aparecer, resultó que iba lleno y pasó de largo. “Tendría que haber estrangulado a mi profesor ahora estaría menos tenso”, me decía interiormente. La parada iba poco a poco quedándose desierta. Durante un par de minutos quedamos, tan sólo, un póster de Maribel Verdú anunciando ropa interior y yo. Pensé en la posibilidad de la masturbación como medida de relax, pero mi crispación no era tan grande como para tener que recurrir a un ejercicio de onanismo en plena calle.

Comenzó a soplar un vientecillo muy molesto, sentí que mis brazos tenían la carne de gallina y pensé que debía haber hecho caso a mi madre que siempre decía: “según avanza Septiembre protégete del relente” y no haber salido de manga corta. ¡Vaya!, eso me enfurecía todavía más. ¿Por qué demonios las madres siempre aciertan los pronósticos meteorológicos?, ¿acaso es necesario un doctorado en climatología para sacarse el titulo de ama de casa?. Deberían cambiar al tío ese del traje por una señora con bata, seguro que así no se fallaría nunca en los pronósticos. Decidí luchar contra el aburrimiento, el fresco y mi cabreo. Me puse a pegarle patadas a una piedra. “Atención, Javi lleva el esférico, regatea a un contrario, a dos contrarios, ve puerta. El triunfo de su equipo está en sus pies. Chuta desde treinta metros y …”. ¡Menudo golpe le metí a la Verdú en el ombligo!, casi rompo la mampara de cristal que la protegía. Había sido involuntario. Me puse a silbar observando el cielo y disimuladamente miré a mi alrededor para cerciorarme que nadie me había visto, yo no era un vándalo ni nada por el estilo. Menos mal que no causé ningún destrozo y que la parada aún seguía vacía.

Decidí buscar un balón más pequeño y seguir jugando con un poco menos de apasionamiento. Mientras dejaba a uno de mis imaginarios rivales con la cintura fracturada gracias a un brillante recorte, me percaté de la presencia de un objeto que debió habérsele caído alguien en una de esas apresuradas carreras a la caza del autobús. Era un llavero. Su forma era rectangular, un marco azul lo rodeaba, el resto era blanco y parecía que tenía algo escrito. De él colgaban tres llaves. Una era de plástico, evidentemente de un garaje. De las otras dos, había una muy delgada seguramente del portal, y la otra más gorda y llena de agujeritos posiblemente perteneciente a la puerta de entrada. Me agaché para recogerlo. Leí lo que llevaba escrito: “PROCASA. La Moradiña. Calle Moralzalzal número 21”. PROCASA debía ser una agencia de alquiler, y un despistado inquilino suyo debió haber perdido esas llaves. En un principio pensé entregar el llavero al conductor de mi autobús y quitarme de encima cualquier responsabilidad, pero una truculenta idea surgió repentinamente en mi cabeza, aunque admitámoslo, seguramente no tendría suficiente valor para llevarla a cabo. No, lo mejor sería olvidarla.

El amarillo llegó. Por supuesto iba hasta los topes de gente. Temí que volviera a dejarme tirado, pero esta vez abrió sus puertas. No me quedó más remedio que viajar de pie, en las escaleras de la entrada, próximo al conductor. Metí la mano en uno de los bolsillos de mis vaqueros, pero la siniestra idea me golpeó de nuevo con la fuerza de un punzón, entonces, mis dedos retrocedieron en su caminar y volvieron al exterior para asirse a una de las barras del autobús. “¿Por qué no?, ¿por qué no?”, me repetía. Acostumbraba a dar mil vueltas en mi cabeza a todas mis ocurrencias. Además aquella no era una ocurrencia cualquiera, merecía la pena dedicarle un poco tiempo, darle cuerpo, construirla con cuidado, como si una araña de apetito voraz tejiese su maligna trampa para obtener alimento. No me sentía orgulloso, sin embargo así es la ley de la supervivencia.

Me apeé cuando llegué a mi parada. Durante un momento me quedé quieto, absorto en mis pensamientos. Definitivamente no iba a cruzar la calle y dirigirme hacia casa. Di media vuelta y tomé dirección hacia el centro comercial. En cinco minutos llegué a La Vaguada.                                                                                        

– 2 –

A punto estuve de rajarme, por no tener que soportar a la pesada que se había apropiado del teléfono publico, pero cortó su conferencia justo cuando mi paciencia estaba llegando a su límite. Ahí estaba yo, en busca del empujón que necesitaba para llevar mi plan a cabo. Jesús era la persona adecuada para animarme a emprender algo, incluso para sacarlo adelante por su cuenta. Si veía que algo le convenía no lo pensaba tanto como yo, simplemente actuaba.

Aún recuerdo cuando conocimos a las belgas, a mí se me ocurrió que podríamos decirlas que una belga era como una francesa pero en versión frígida, para herirlas en su orgullo y que esto pudiera proporcionarnos pingües beneficios, gran idea aquella. Sin embargo fue Jesús el que tuvo que llevarla a cabo, yo una vez más fui incapaz de colgar el cascabel al gato. ¡Qué gran noche pasamos!, todavía vivía de las rentas. El caso que me traía entre manos era parecido. Un destello había brillado en mi mente, pero si lo llevábamos a buen puerto el beneficio sería para los dos.

Marqué con presteza los números de teléfono. Apenas habían sonado dos pitidos, descolgaron.

– ¿Dígame?.

– ¿Jesús?.

– ¿Sí?. ¿Qué pasa?.

– Poca cosa. Soy Javi.

– Hombre, Javi, ¿Qué tal la revisión de tu examen?.

– Debería haber estrangulado al hijo puta del profesor.

– Eso quiere decir que te ha ido mal, ¿no?.

– Muy astuto.

– Ya conoces mi inteligencia sin igual y mi sagacidad sin par. En fin, tío, no pasa nada. Dicen que lo importante es participar.
Consuélate pensando que por lo menos ya puedes quitarte los exámenes de la cabeza durante una buena temporada, y encima tienes tres semanas libres antes de comenzar las clases.

– Sí, sí… . Bueno, vamos a dejar ese tema. Voy al grano porque la cabina traga que da gusto. ¿Te gustaría conseguir pelas para que pudiésemos rodar “Matakuras”?

– Pues claro, pero ya lo hemos hablado mil veces. Pienso que lo de las quinielas con reducciones es una mierda. Hay que seguir confiando en los cuatro dobles de siempre.

– No, esta vez no se trata de quinielas. Se trata de algo un pelín más complicado. Algo a priori poco peligroso, y sin lugar a dudas ilegal.

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7 Comentarios

  1. Zyrtab
    18 enero, 2008
  2. De Cabo
    18 enero, 2008
  3. turu_turu
    19 enero, 2008
  4. Call me Ishmael
    20 enero, 2008
  5. chuscurro
    20 enero, 2008
  6. Dimitri
    21 enero, 2008
  7. charly
    24 enero, 2008

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