Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo II




– Sí, sí… . Bueno, vamos a dejar ese tema. Voy al grano porque la cabina traga que da gusto. ¿Te gustaría conseguir pelas para que pudiésemos rodar “Matakuras”?

– Pues claro, pero ya lo hemos hablado mil veces. Pienso que lo de las quinielas con reducciones es una mierda. Hay que seguir confiando en los cuatro dobles de siempre.

– No, esta vez no se trata de quinielas. Se trata de algo un pelín más complicado. Algo a priori poco peligroso, y sin lugar a dudas ilegal.

– ¿De qué coño me hablas?- me preguntó Jesús con un tono que denotaba sorpresa, esperanza y alarma, todo al mismo tiempo.

– Intentaré ser breve. Me he encontrado unas llaves, son de un chalé de Mirasierra. He pensado que si nos lo montamos bien podríamos darnos una vuelta por allí, y quizás sacar una buena tajada.

– ¿Estás tonto?. ¿Estás de guasa?. ¿Tanto te ha afectado suspender?.

– No tío, va en serio. Lo he pensado y no tenemos que arriesgarnos mucho. Vente para acá. Estoy en La Vaguada. Te espero en la puerta de los cines, te explicaré todo más despacio.

– Bueno, voy para allá. Pero ya puedes irte buscando unos buenos argumentos para dar sentido a la chorrada de la que me estás hablando.

Como había imaginado mi idea no iba a ser aceptada de buen grado a las primeras de cambio. Era normal, ni siquiera lograba convencerme a mi mismo. No obstante no debía dejar entrever mis temores, debía mostrarme seguro sobre mi plan para conseguir que calara en Jesús. Una vez hubiera calado, él estaría tan seguro del plan que me traspasaría a mí su seguridad. Sonaba como un trabalenguas, pero tenía sentido. Estaba convencido que lo tenía.

No debí esperar mucho tiempo a mi amigo. Nuestro piso de alquiler estaba cerca de allí, en la Ciudad de los Periodistas, un barrio de Madrid situado al norte, a media hora del centro, y tan sólo a cinco minutos de la dirección que venía escrita en las llaves. Conocía perfectamente la calle Morazalzal, estaba cerca del instituto donde estudié. Ubicada dentro del barrio de Mirasierra, uno de los barrios más lujosos de Madrid, estaba poblada casi en su totalidad, salvo un pequeño reducto de viviendas de trabajadores de Telefónica que cual aldea gala ante el imperio romano resistía a la presión del dinero, por chalés. Mi conocimiento de aquella zona era lo que me proporcionaba la garantía acerca del dinero que podrían proporcionarnos las llaves.

Jesús llegó a “La Vaguada”. Decidimos ir al “McDonald´s”. Nos sentamos en una mesa un poco retirada de las demás para charlar tranquilamente sobre el atípico asunto que me traía entre manos.

– Así que te encuentras unas llaves y crees que lo mejor que se puede hacer es ir a robar a los que las perdieron. Vale que sean un poco lerdos por perder una llave con la dirección de la casa, ¿pero crees que serán tan lerdos como para no cambiar la cerradura o para estar alerta?.

– Espera tío- le dije para calmarle, al ver que había llegado dispuesto a no dejarme hablar y a borrar mi idea de la cabeza- Déjame que te cuente todo mi plan y después opina.

Mi amigo se sosegó. Decidió concederme el beneficio de la duda. Cambió su tono de reproche por un agradable silencio.

– Verás- comencé a decirle- todo está pensado. No es muy complicado, pero tampoco es tan sencillo como ir a esa dirección, entrar por las buenas, y pillar todo lo que podamos. Lo que tengo en mente es lo siguiente: primero, hacemos una copia de las llaves. Después vamos a la agencia de alquiler y las devolvemos, como no ha pasado casi nada de tiempo desde que las encontré no creo que se hayan ido a la inmobiliaria para pedir un cambio de cerradura. A partir de ahí, llega la parte en que te necesito: la labor de vigilancia. Nos vamos en tu Panda a la calle Moralzalzal y observamos a nuestras víctimas. Observamos cuántos son, cómo viven. Tenemos que estudiar todos sus movimientos para llegar a tener en algún momento la seguridad de que la casa está vacía, entonces entramos y nos llevamos lo que nos encontremos. Yo creo que no es peligroso…

– Es allanamiento de morada.

– No me vengas con tecnicismos de estudiante de Derecho. Sé perfectamente que lo que he pensado no es legal, pero también creo que no vamos a hacer daño a nadie. Ya te he dicho que las llaves abren un chalé de Mirasierra, seguro que sus propietarios no son pobres…

– La verdad, mentiría si dijera que tu idea no es algo atractiva. Sabes que tengo tantas ganas como tú de conseguir pelas para nuestra peli.

– Lo de la peli es soñar alto, te lo dije para picar tu curiosidad. Lo que es casi seguro es que nos quitaríamos el agobio del alquiler unos meses.

– Sí, porque yo paso de pedir pelas a mis padres.

– Bueno, pues la cosa está clara. Decídete, hay que actuar rápido.

– ¿Y por qué no te mojas tú?. ¿Por qué siempre me tengo que mojar yo?.

– Sabes que me cuesta trabajo tomar decisiones importantes…

– Te apoyas demasiado en esa excusa. Joder, me siento como un burro con una zanahoria ante mis ojos, pero me niego a tirar de este carro. Yo haré lo que tú me digas.

¡Vaya!, estaba asombrado por la frialdad de Jesús. Sabía perfectamente, por su mirada, que le había encantado la idea. Era extraño verle contener sus sentimientos. Era la primera vez que le veía resistirse a un impulso, la primera vez que mostraba su racionalidad de manera tan contundente. Había madurado o realmente tenía ganas de fastidiarme. Estaba usurpando mi papel cual vaina interespacial. Quizás el terreno de la ilegalidad era demasiado abrupto. Incluso a él le imponía respeto. Un destello brotó de mi cerebro y no pude reprimir el reflejo en mis cuerdas vocales.

– Hagámoslo tío, tiraré del carro- dije.

Hasta yo mismo me sorprendí. Pretendía que mi amigo me convenciera de mi absurda idea, pero, involuntariamente, el único que había logrado convencerse era mi hasta entonces temeroso ser. No sé, puede que aquella súbita aparición de valor se debiese a una reacción instintiva en contra de mi desencanto tras la revisión de exámenes, o en contra del agotamiento que me producía mi monótona existencia, o en contra de la sonrisa maliciosa del casero que nos restregaba el recibo del mes como si fuese una extrema unción, o en contra de mi asumida condición de perdedor. Claro que lo más seguro es que únicamente fuese un vahído mental, una ráfaga irreal de valor. Seguramente un hecho casual que iba a depararme un futuro muy movido. Claro, que no poseía nada que realmente me importase salvo el guión, una utopía paginada tras la que ocultaba la esperanza de convertirme en el Robert Rodríguez de España y a la que ahora quería aferrarme por medio de esas llaves, aunque fuese soñar muy alto.

Hay tres cosas que pueden conducirte al éxito en el mundo del espectáculo y en la vida en general: el dinero, los enchufes y el talento. Carecía de dinero y de enchufes, y, el talento, en el caso que existiese, difícilmente podría llegar a brillar sin ayuda de alguno de los otros dos elementos. Sin lugar a dudas no me guiaba una codicia irracional, me guiaba la necesidad de conocer mi valía.

Jesús también se sorprendió de mi decisión. Vio tanta seguridad en mis ojos que no dudó ni por un momento seguirme.

– Está bien, lo haremos- afirmó seriamente.


– 3 –

Lo primero fue conseguir una copia de las llaves, para lo cual ni siquiera tuvimos que salir del centro comercial. El siguiente paso era localizar la ubicación de PROCASA. Fuimos a nuestro piso y buscamos la respuesta en las Páginas Amarillas. La agencia se encontraba cercana a Avenida de América, así que decidimos que el transporte más rápido para llegar hasta allí sería el metro. En menos de media hora completamos el trayecto y no tardamos mucho en dar con nuestro objetivo porque se encontraba justo enfrente de la boca de la estación. Todo se desarrollaba con la facilidad y premura que yo deseaba. Me daban ganas de silbar. Más aún cuando contemplé con regocijo que en la puerta de la agencia inmobiliaria había un buzón para la entrega de llaves. Ni siquiera tendríamos que ser vistos en posesión del llavero para dar por cumplido el cometido que nos había llevado hasta allí.
Estábamos a punto de volver al metro, cuando se me ocurrió que podríamos entrar en PROCASA para averiguar unas cuantas cosas.

– ¿Qué dices?. Prefiero no entrar. Puesto que pretendemos robar a uno de sus clientes será mejor que no nos conozcan- objetó Jesús.

– Venga hombre, no digas gilipolleces. Por aquí deben pasar muchas personas cada día, el hecho de que entremos y hagamos unas cuantas preguntas no nos va a transformar en sospechosos.

– Vale, ¿qué crees que puedes averiguar que te sirva para algo?.

– Pues saber si alquilan casas para vacaciones o para largos períodos de tiempo, o para oficinas. Cuanto más sepamos de la casa a la que vamos a entrar más claro tendremos lo que hacer.

El silencio de mi amigo indicó que había salido victorioso de aquella discusión y nos dirigimos a la agencia. Al entrar pude observar dos mesas con sendos ordenadores y llenas de papeles. Tras la mesa que había frente a la entrada había sentado un tipo con gafas. En la otra, a la derecha, una joven rubia de buen ver y con un jersey tan ajustado que de frente marcaba su espalda. Evidentemente nos dirigimos hacia la mesa que había a nuestra derecha.

– Tomen asiento- nos dijo la guapa empleada mostrándonos las dos sillas que había frente a ella al otro lado de la mesa.
Nos sentamos.

– Buenas tardes, me gustaría que me informaran sobre el tipo de viviendas que alquilan aquí- dije.

– ¿Es para ustedes?.

– Para un amigo, que viene a pasar aquí el mes de Octubre.

– Lo siento me temo que han entrado en el sitio equivocado. Nuestras casas son para gente que viene a vivir a Madrid por un largo periodo de tiempo. Creo que no puedo ayudarles.

Me resultó inevitable mirar sus redondos pechos y pensé “si no me ayudas es porque no quieres, hija mía”. De mi boca sólo salió:

– No importa, pasamos por aquí y al ver la agencia pensé que podría servirnos.

Nos levantamos dispuestos a marcharnos. Jesús se quedó mirando un taco de folletos que había sobre la mesa.

– ¿Puedo coger uno?- preguntó

– Por supuesto. Hasta luego. Siento no haber podido serles más útil.

Nosotros también lo sentimos, y no pensábamos precisamente en nuestro plan.

En el metro, de vuelta a casa, íbamos leyendo el panfleto publicitario que Jesús había cogido. Mi amigo tampoco había pasado por alto un importante detalle y me lo comentó:

– ¿Has visto las tetas de la rubia?.

– ¿Verlas?. He tenido que echarme para atrás para no comérmelas.

Después de tratar superficialmente este asunto tan primordial, nos dedicamos al plan que nos traíamos entre manos. Examinamos el folleto. Aquella inmobiliaria sólo alquilaba viviendas de lujo, había un mapa de la comunidad de Madrid lleno de puntos rojos repartidos por zonas como La Moraleja, el Paseo de la Castellana o Mirasierra. El punto número 37 fue el que más nos interesaba. Allí estaba La Moradiña. No es que, sin ese mapa, su localización nos hubiera supuesto un problema, pero bueno, toda ayuda siempre es de agradecer.

Quedaba por delante lo más complicado de realizar: la tarea de vigilancia y, sobre todo, la entrada al chalé. La verdad, me daba cierto canguelo pensar en ello, es decir, si es que canguelo es una palabra lo suficientemente clara como para describir la sensación de tener una nuez tricéfala.

Sabía que no era el único asaltado por el miedo. Durante un par de días Jesús también evitó hablar del escabroso asunto. Parecía como si una amnesia temporal se hubiese apoderado de nosotros. Cuando por fin me digné a recordar lo que habíamos acordado hacer, resultó que ya era viernes. Por eso decidimos postergar nuestra misión hasta que terminase el fin de semana.

Debió ser porque inconscientemente sabía que lo que pretendía hacer iba a cambiar mi vida, o puede que fuese una mera casualidad, pero no recuerdo aquel fin de semana como uno de los más divertidos en mis existencias. Estaba confuso con la posibilidad de cometer un robo, le daba vueltas en mi cabeza a la famosa frase de Maquiavelo. Quizás nuestro fin no era tan importante. Para qué pensar tanto, habíamos tomado una decisión y debíamos seguir adelante. Nuestra única posibilidad de rajarnos se esfumó cuando aquel domingo sólo acertamos diez en la quiniela. ¡Mira que perder el Real Madrid en casa con el Oviedo!.

Cuando acabó Estudio Estadio hablé con Jesús para ultimar detalles. Debíamos ir a comprar comida y bebida y también otras cosas imprescindibles como el Marca, el Jueves y pilas para el Gameboy que había estado invernando largo tiempo en el cajón de abajo del mueble de mi habitación.

El lunes a mediodía ya teníamos todo preparado. Al salir de casa respiré profundamente. Sabía que tenía una cita con el destino.

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6 Comentarios

  1. Chuscurro
    24 enero, 2008
  2. Call me Ishmael
    25 enero, 2008
  3. De Cabo
    25 enero, 2008
  4. Dimitri
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  5. chuscurro
    26 enero, 2008
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    28 enero, 2008

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