Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo III




Cuando acabó Estudio Estadio hablé con Jesús para ultimar detalles. Debíamos ir a comprar comida y bebida y también otras cosas imprescindibles como el Marca, el Jueves y pilas para el Gameboy que había estado invernando largo tiempo en el cajón de abajo del mueble de mi habitación.

El lunes a mediodía ya teníamos todo preparado. Al salir de casa respiré profundamente. Sabía que tenía una cita con el destino.



-4 –

El bólido de Jesús, un Seat Panda que competía en edad con Matusalen, se puso en marcha. Se detuvo frente al número 42 de la calle Moralzarzal. El número 21 podía ser observado perfectamente desde allí. Era un gran chalé blanco de ladrillo visto. El tejado negro contrastaba con el resto de la vivienda. Un tejado donde convivían dos épocas, representadas por una chimenea y una antena parabólica. No parecía una casa exenta de lujos. Tenía dos plantas coronadas por una buhardilla con una pequeña ventana circular. También tenía jardín con piscina incorporada, aunque no podíamos observarla muy bien porque nuestra visión se producía a través de una verja verde, que rompía la monotonía de un muro de granito, que servía de entrada. Poco importaban los detalles, estaba claro que allí tenía que vivir gente de dinero.

Saqué una caja de donuts, cualquier pareja de vigilantes que se precie ha de tener una sobre el salpicadero de su coche.

Nuestros ojos permanecían atentos a cualquier incidencia, mi chata nariz evitaba que me pareciese totalmente a un águila escrutando la llanura en busca de su presa. Nuestros oídos se esmeraban para captar el más mínimo sonido procedente de aquella casa. Era increíble el grado de concentración que habíamos alcanzado. Estábamos concienciados para ejercer con eficacia nuestra labor de vigilancia. Sabíamos que nuestra paciencia iba ser puesta a prueba, pero no nos asustaba ese reto. Había que afrontar nuestra decisión en lo bueno y en lo malo. Carecía de relevancia el tiempo que tuviéramos que pasar encerrados en el Panda, a veces hay que sacrificarse para lograr un objetivo. No íbamos a dejar que el cansancio hiciese mella en nosotros.

Llevábamos allí quince eternos minutos. Estábamos hartos. Jesús intentaba echar una cabezadita mientras yo ojeaba las últimas hojas del Marca. Es insoportable estar mirando como un tonto a una casa que no registraba ningún tipo de movimiento. De pronto capté un sonido, leve cual graznido, procedente de La Moradiña. Se trataba de un portazo. No tardó en aparecer por la entrada del jardín un tipo alto de poco pelo y con bigote. Llevaba en su mano una bolsa de basura que arrojó en el cubo que había junto al cartel donde se leía “La Moradiña”. Echó un vistazo alrededor, dio media vuelta, y volvió hacia su casa.

Rápidamente extraje un cuaderno de notas de mi mochila. Anoté: “Individuo 1, alto, casi calvo, con bigote”. Sí, esto sí que era excitante. Desperté a Jesús que miró lo que había anotado, bostezó, golpeo mi hombro en inequívoca señal de felicitación y por último volvió a recostarse sobre el volante.

Se cumplió la primera hora de atisbe constante. La primera hoja de mi libreta de anotaciones estaba casi llena…de caricaturas de personajes famosos. Decidí persistir en aquella labor porque la última que había hecho de Aznar y Rato se parecía más a una viñeta de Pepe Gotera y Otilio. No me quedó más remedio que aceptar que era un mal dibujante, observé de nuevo mi dibujo, quizás no lo era tanto. En aquel instante oí un sonido familiar, era el motor de un coche, concretamente el coche número cincuenta y tres que pasaba por allí. No hubiera tenido nada de extraordinario ese hecho de no ser porque el coche en cuestión aparcó delante de nosotros. Era un Citroën de color blanco con letras en los laterales, no tuve que leerlas para saber lo que ponía, mi intuición acentuada por la labor que ejercía y la sirena en lo alto del techo, me indicaron que aquel debía ser un coche patrulla o una ambulancia venida a menos. Cuando llevas tanto tiempo de vigilancia esas cosas no las pasas por alto.

Un tipo gordo de uniforme se bajó de aquel vehículo. Yo di un toque en el hombro a Jesús que consiguió despabilarle. Abrió sus ojos justo para ver como el policía golpeaba con los nudillos en la ventanilla mientras le hacía una clara señal con la mano para que la bajase. Mi amigo, aún un poco atontado, obedeció.

– Por favor, su documentación- nos dijo con gesto serio.

Sabíamos que no habíamos hecho nada malo todavía, eso evitó que el pánico se apoderase de nosotros. No obstante, las manos de Jesús temblaban mientras revolvía en la leonera que era la guantera de su coche. Sacó una piel de plátano y unos cuantos condones, afortunadamente sin usar, y por fin dio con una sucia carpeta que ofreció al policía para que éste la cogiera. Aquel tipo gordo la rechazó, en un principio pensé que por asco, luego nos dijo en un tono agrio.

– No, la documentación del coche, no. La suya señores.

Nos había llamado señores. La cosa se ponía seria. ¿Y para que diablos quería nuestra documentación?. Comencé a sentir cierta relajación en el tramo final de mi intestino grueso. Peligro.

Buscamos en nuestras carteras y sacamos nuestros carnés. Se los entregamos al policía que parecía tener la mirada perdida, muy posiblemente en la caja de donuts que teníamos sobre la guantera. Finalmente tomó nuestra documentación y se marchó hacia su coche.

Nos imaginamos que estaría ojeando nuestro historial delictivo. Buscando antecedentes penales. Rezamos para que el suspender reiteradamente no constituyese un delito en el estado español. Yo me maldije por no haber sabido controlar mi vejiga en aquella fatídica noche en la que un guardia me multó por regar las plantas del parque con un líquido abrasivo, manchando así mi inmaculado expediente. De repente pasó por mi cabeza algo con la suficiente consistencia como para que aquella intervención policial estuviese justificada.

– ¿No tendrás multas sin pagar?- le pregunté a Jesús con un evidente tono de reproche.

– Sí, no te jode, por exceso de velocidad. Esta carraca no pasa de cien ni lanzándola desde un avión.

– Bueno, no te cabrees. No sólo ponen multas por exceso de velocidad. Puede que alguna vez te hayas saltado un semáforo o quizás hayas aparcado en prohibido, no sé.

– Que no tío, que no. No tengo ninguna multa por pagar.

– Pues no entiendo nada.

A los diez minutos, el agente volvió hacia nuestra posición. Comencé a sentir la tensión del momento, incluso creí oír ese repiqueteo de tambores que suena en el circo antes de que el trapecista haga el triple mortal.

– Su documentación- nos dijo mientras nos tendía una mano con nuestros carnés-. ¿Podrían ustedes explicarme que hacen aquí estacionados?.

– Estábamos esperando a un amigo- contesté casi intuitivamente, pensando en Eduardo, uno de mis colegas que vivía en las viviendas telefónicas y que podría confirmar mi respuesta.

– Pues tendrán que esperarlo en otro lado, señores. A la gente de esta zona no les gusta ver extraños merodeando por sus hogares.

“A la gente de esta zona no les gusta…”. Malditos ricos. Maldita raza elitista. ¿Por qué sospechaba que si aquel hubiera sido otro barrio de gente de una clase social inferior, seguramente no hubieran actuado con tanta celeridad?. Es cierto que estaba muy molesto porque mi plan se estaba yendo al garete, pero lo que de verdad me producía indignación era aquella injusticia. En aquel barrio de dinero ni siquiera permitían que dos jóvenes normales (nada en nuestro aspecto hacía suponer que planeásemos un robo) estuvieran tranquilamente sentados en su coche, mientras que en otro barrio más humilde sólo existe pasividad ante casos más graves como un atraco a punta de navaja o la venta de drogas a plena luz del día.

En fin, no podríamos llevar a cabo lo que había pensado. Nuestra carrera delictiva había terminado sin ni siquiera haber podido comenzar.

Jesús arrancó su Panda y tomamos rumbo a casa.

– Bueno, esto se acabó- le comenté.

– En el fondo esto te ha venido bien.

– ¿Qué quieres decir?.

– Que aunque puede que a mí me hayas convencido, dudo que tu estuvieras convencido de tu propia idea. Sólo has necesitado este pequeño incidente para rajarte.

– ¿Pequeño incidente?. Espera, ¿quieres que sigamos allí hasta que nos echen a golpe de porra?. Yo me quedo si tu pones tu espalda para protegerme.

– No es eso, podemos volver otro día.

– ¿Otro día?, ¿y que pasará si nos piden la documentación de nuevo?. ¿Se creerán que estamos esperando otra vez a un amigo?. Además, en el momento en que hubiese un robo en esta zona nos convertirían en sospechosos.

– Pues podríamos volver dentro de una semana, y entrar en el chalé ese sin más.

– Joder tío, ¿hablas en serio?.

Hubo lugar para el silencio. Era claro que finalmente mi plan había calado en Jesús, y se había hecho demasiadas ilusiones. Le costaba abandonarlas.

– Entonces, ¿se acabó definitivamente?- me preguntó con la resignación dibujada en su rostro.

– Eso parece.

– Bueno, siempre nos quedará el O.N.L.A.E.

– O eso o tener un poco de paciencia, pasaran los años y alguna vez ganaremos suficiente dinero.

– 5 –

Cristina era sensacional. Divertida, alegre… pizpireta. La clase de persona que transmite optimismo a los que la rodean. No tenía una melena rubia, ni unos llamativos ojos violeta, tampoco era alta. No había ningún rasgo en ella que apabullase, sin embargo mentiría si dijese que no era atractiva, para mí, la más atractiva de las mujeres que moraban sobre la faz de la tierra. Había algo en ella que verdaderamente la hacía fascinante, y no tenía nada que ver con su perímetro pectoral, muy normalito por cierto. No sé exactamente lo que era, quizás esa mágica sonrisa que solía acompañar con un tenue sonrojo en sus mejillas (¡Dios, como me encantaba hacerla sonreír!). Tal vez fuera el brillo radiante de sus ojos, eran como dos días de sol teñidos de castaño. A lo mejor era su boca, puerta de entrada al mundo de mis sueños enmarcada con unos labios divinos, sobre los cuales anidaba un diminuto lunar que era como el punto final de una obra maestra. Puede que no exista en mí la posibilidad de un juicio objetivo sobre ella, al fin y al cabo, nada más verla, recorría mi cuerpo un juguetón hormigueo y una inyección de nostalgia por lo que nunca tuve se vaciaba en mi corazón interfiriendo en todos mis sentidos.

Solía llevar vaqueros y camisetas que se ceñían a su menudo cuerpo, su estilo desenfadado para vestir, coincidía también con su vocabulario. Charlar con ella era un placer, por desgracia el único placer que me proporcionaba. Ponía sentimiento en todo lo que decía, cambiaba constantemente su entonación e incluso su modo de hablar, un detalle que dejaba traslucir su declarada vocación de actriz.

La conocí durante unas vacaciones de verano, no tardé mucho en verme atrapado por su personalidad desinhibida y su atractivo físico. No tarde demasiado en reunir fuerzas para intentar su conquista, pero de pronto un día oí hablar de un tal Paulino al que denominó como su chico y entonces mi corazón gimió y descubrí ante mí un muro casi infranqueable. Tenía novio y además lo amaba. Yo tuve que rendirme antes de empezar la lucha. Tuve que admitir que no tenía nada que hacer. Sin embargo, no me resigné a vivir sin ella. Aquel verano compartimos muchas noches, muchas conversaciones, muchos accesos de locura, muchas borracheras, muchos retazos de nuestras vidas. Inevitablemente surgió entre nosotros una gran amistad que en mi caso derivó en una tipo de sentimiento incandescente. Cristina se convirtió, además de en mi amiga de confianza, en mi amor platónico.

Quedé con ella algunos días después de nuestro fallido intento de allanamiento de morada.

Le conté el plan de financiación de mi película, y su fracasada puesta en escena.

– Estás más loco de lo que pensaba- me dijo cuando se hubo enterado de todo.

– ¿Loco?, tú siempre me dices que tengo que ser más impulsivo. Pues esta vez lo he sido.

– Ser impulsivo no quiere decir ser irreflexivo. Tú lo flipas. Has estado a punto de convertirte en un chorizo.

– Sabes las ganas que tengo de tener pelas para rodar mi película…

– También sé las ganas que tienes de chiscar y no me parecería bien que fuese por ahí violando a cualquier tía que te encontrases.

– Es distinto, con esto no hubiera hecho daño a nadie.

– ¿Cómo que no?. Podrías hacértelo a ti mismo. ¿Y si te pilla la policía?. ¿Y si tratas de huir, te disparan y te matan?.

– Vamos sabes que estás exagerando. Sabes que yo amo lo suficiente esta vida como para no arriesgarla por nada ni por nadie.

– ¿De verdad no arriesgarías tu vida por nadie?.

– De manera involuntaria, puede. Pero desde luego si me dan tiempo para pensar, si me hacen la típica oferta de “entrégate tú y salvaremos a los demás”, esta claro que la rechazaría.

– Eres un poco egoísta.

– Me conoces y sabes que soy un poco egoísta, sin embargo no creo que esto sea egoísmo. Esto más bien es lógica.

– ¿Qué clase de lógica es esa?.

– A ver, tú si das tu vida por alguien. ¿Qué razón te impulsa a hacerlo?.

– Pues que esa persona es importante para mí.

– ¿Y no has pensado que si tú mueres esa persona ya no es importante para ti?. De hecho no sólo has perdido a esa persona, has perdido a todas. Ya no existes.

– Di lo que quieras, eso son sólo teorías tuyas. Yo daría mi vida por muchas personas.

– Por ejemplo…

– Por mis familiares, por un buen amigo…

Me miró a los ojos, y mientras mi pecho se hinchaba, me sentí el hombre más feliz del planeta.

– … por mi novio- terminó diciendo.

Sentí que mi corazón estallaba en mil pedazos.

– Hablar es fácil, tía. Yo también podría decirlo, no me costaría ningún trabajo.

– Joder Javi, sabes que yo suelo hacer lo que digo. No hablo sólo por hablar- replicó ella contrariada por mi incredulidad.

– Perdona tía, pero soy demasiado escéptico en lo relativo a eso de dar la vida por alguien. Yo creo que en el momento de la verdad, lo fácil, y lo mejor, es rajarse.

– Espero no tener que demostrarte nunca que te equivocas.

– En eso sí que tienes razón.

Seguimos hablando durante mucho más tiempo. El suceso de las llaves y la posterior decisión que tomé, aunque luego se estropease la cosa, me habían hecho concebir falsas esperanzas sobre un giro en mi personalidad. Pensé, en mi condición de iluso, que olvidaría todos mis temores. Estaba errado. Allí estaba lo que más deseaba ante mis ojos, y carecía del valor necesario para acariciar sus dulces facciones o para intentar besar sus cálidos labios. Me llamaba cobarde una y otra vez, de nada servía. Tenía demasiado miedo a que el “no” apareciese en su boca y con él murieran todos mis sueños. Llegó el momento de separarnos y, una vez más, sólo pude obtener el familiar tacto de sus mejillas.

Aquel día cuando regresaba a casa, tenía dos cosas claras: seguía siendo un gallina y lo del desvalijamiento del chalé sólo había sido un espejismo. Un espejismo que no se debía repetir. Si el poco valor que tenía sólo me servía para delinquir, debía renunciar a él. Claro que lo que pasó a la mañana siguiente me hizo dudar sobre la consistencia de mis conclusiones. Un sonido estridente me sacó de la cama. Jesús había puesto la música a todo volumen. Mientras daba los primeros pasos del día decidiendo si cabrearme o despertarme, mi amigo me asaltó.

– ¿Tienes aún las llaves?- me preguntó a las primeras de cambio.

– ¿Qué llaves?- contesté un poco fuera de onda.

– Las del chalé. ¿Por qué llaves te iba a preguntar?.

– ¡Ah!, esas llaves…

– ¿Las tienes?- me insistió.

– Sí, creo que sí. Vamos, sí, las dejé en mi escritorio y allí deben continuar.

– Veras tío, he estado pensando, y creo que podríamos volver a intentarlo.

– ¿Intentarlo de nuevo?. No lo tengo muy claro, ya te expliqué todas las pegas que veía.

– No te preocupes por eso. He encontrado unas cuantas soluciones para todas tus pegas.

– No sólo es eso. No creo que estuviera bien. Quizás me precipité con aquella idea. Puede que en realidad sea más peligrosa de lo que creía.

– ¿Peligrosa?. No digas tonterías. Vamos a entrar con llaves en una casa vacía.

– ¿Y cómo te vas a asegurar que está vacía?.

– A ver, piensa un poco. ¿Nosotros cuando salimos más de casa?.

– No sé donde quieres llegar.

– Contesta.

– Hombre, los fines de semana. Pero si pretendes que vayamos a ese chalé y entremos un fin de semana, sólo porque los fines de semana sale casi todo el mundo, me parece demasiado arriesgado.

– No te precipites. No quieras adivinar todo mi planteamiento antes de que lo haya expuesto.

– Bueno, pues expónlo.

– Cállate y lo haré. En primer lugar, está lo del fin de semana. Pero luego también he pensado también en la noche. De noche cuando una casa está ocupada tiene alguna luz encendida.

Pues bien, podemos pasar todos los fines de semana por allí con el coche en cuanto anochezca, y el día que no haya ninguna luz querrá decir que no están. Entonces podremos entrar.

– ¿Pero y si llegan y estamos dentro?.

– Lo mejor será que entre uno de nosotros y el otro se quede vigilando. Si ve algo raro, toca al timbre de la puerta y el que está dentro ya sabrá que debe huir.

– Joder, yo ya me había olvidado de este puto tema.

– No tenías derecho a hacerlo, tú me metiste esta maldita idea en la cabeza.

Su comentario me dolía, aunque sabía que tenía razón. Desde un principio mi objetivo era convencer a Jesús para que el tomara la iniciativa. No podía quejarme ahora que había sucedido lo que pretendía. Sin embargo yo ya había perdido el ímpetu que me insufló aquel perverso destello que apareció en mi cabeza.

– No me irás a dejar solo. Tú lo comenzaste- insistió Jesús.

En aquel momento me di cuenta que mi débil conciencia había dejado aparecer en mí un complejo de culpabilidad. Supe que debía ceder ante la nueva idea de mi amigo.

– Está bien. Volveremos a las andadas.

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2 Comentarios

  1. chuscurro
    30 enero, 2008
  2. Dimitri
    15 febrero, 2008

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