Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo IV




En aquel momento me di cuenta que mi débil conciencia había dejado aparecer en mí un complejo de culpabilidad. Supe que debía ceder ante la nueva idea de mi amigo.

– Está bien. Volveremos a las andadas.



-6-

A partir de aquella conversación telefónica cada fin de semana acudimos a nuestra cita con La Moradiña. Los dos primeros nos acompañaron los temores, las dudas, la tensión y los nervios, que se disipaban en cuanto nos encontrábamos con la luz en la pequeña ventana de la buhardilla encendida, siempre la única, siempre la misma. Es posible que estuviera encendida sólo para disuadir a los ladrones o gentes de mala voluntad de sus peores propósitos. Si era así, lograba su objetivo. Esa dichosa lucecita me crispaba cada día más. ¿Era posible que el maldito inquilino de aquel chalé no saliera nunca de esa estancia?. ¿Qué clase de ser sedentario vivía allí?, debía pasar la vida tumbado en un sofá viendo el televisor. Pensamos seriamente en la posibilidad de un Hommer Simpson de carne y hueso.

La tercera semana la tensión y los nervios se transformaron en desidia y bostezos. Lo único que nos llevaba allí era la rutina. La idea de entrar algún día en el chalé se estaba esfumando poco a poco. Nuestras esperanzas se iban apagando con el paso del tiempo, lo que me producía un sabor agridulce. Nunca estuve muy convencido de lo que íbamos a hacer, no obstante imaginaba todo el plan concluido con éxito y me resultaba imposible evitar que una sonrisa orgullosa se escapase de mis labios.

Aquel sábado antes de salir nos pusimos un plazo de otras tres semanas. Si en ese tiempo la persistente luz seguía reluciendo, enterraríamos nuestras intenciones, de manera casi definitiva.

Nuestro ultimátum de alguna manera fue escuchado porque ese mismo sábado la luz de la buhardilla estaba apagada.

Jesús detuvo el coche. Yo me apeé para poder observar mejor el chalé. No había ningún resplandor en sus ventanas, ninguna señal que pudiera hacerme suponer que allí había alguien.

Volví dentro del Panda. Mi amigo y yo intercambiamos nuestras miradas. Yo percibí en la suya una mezcla de entusiasmo y temor, seguramente el encontró lo mismo en la mía. La oportunidad que habíamos estado buscando era real. Jesús quiso cerciorarse.

– ¿Has visto alguna luz?.

– No, ¿y tú?.

– Yo tampoco.

El silencio volvió. Hasta ese instante todo habían sido cábalas, elucubraciones, ilusiones incluso. Era el momento de la verdad. Mentiría si dijera que no sentí un escalofrío al pensar en lo que estaba a punto de hacer. Quise abandonar, aunque sabía que era demasiado tarde.

– ¿No será algo precipitado hacerlo hoy?- pregunté.

Notaba como el nudo de la corbata me asfixiaba. Fui a aflojármelo. Entonces recordé que yo nunca usaba corbata.

– ¿Te estás acojonando?.

– No, no- mentí-. Es sólo que no estaba mentalizado para hacerlo hoy.

– Si no lo hacemos hoy, no lo vamos a hacer nunca. Hemos necesitado esperar varias semanas para tener una oportunidad.

Tenía razón, y también miedo. Lo notaba. Lo sabía.

Al menos él era consciente de lo que habíamos ido a hacer. No quería mentirse en el modo en que yo me mentía a mi mismo. Me miró fijamente y aseguró:

– Ahora o nunca, Javi. Utilizas el puto llavero o lo tiras a una alcantarilla.

Oteé el suelo en busca de alguna alcantarilla. Vi una. Estaba demasiado lejos. Mi pereza y mi corazón decían que debía arriesgarme. Mi boca dijo:

– ¿Por qué tengo que ser yo el que entre?. Yo soy el cerebro de la operación. Tú has de ser quien actúe.

– Piensa un ratito. ¿Y si hay una emergencia?. ¿Y si tenemos que salir de aquí a toda pastilla?. Lo mejor es que yo esté al volante del coche, preparado ante cualquier imprevisto para arrancar y que podamos desaparecer lo antes posible. Además, tú estás más cerca del chalé que yo- comentó en clara referencia al palmo que separaba su asiento del mío.

De no ser porque la lógica estaba de su lado, hubiera pensado que mi amigo era un auténtico caradura.

– Bueno, está bien. Yo entro. Pero no te duermas, permanece atento por si viene alguien.

Mis músculos estaban rígidos, mi pulso se aceleró hasta una velocidad preocupante. En aquellos momentos me hubiera encantado conocer algún ejercicio de yoga, necesitaba relajarme. Necesitaba también dejar de transpirar si no quería quedarme pegado al asiento, aunque quizás eso fuera una buena excusa para abandonar mi misión.

– Busca en los armarios, detrás de los cuadros, bajo el colchón… . Lo que más nos interesa es encontrar dinero- me aconsejó Jesús.

– Déjame ya. No me agobies. Sé perfectamente lo que tengo que hacer.

No tenía la más remota idea de qué hacer, nubes de componente norte se alojaban en mi cerebro, pero lo que menos necesitaba era otra voz martilleando en mi cabeza. Ya tenía suficiente con la incansable conciencia.

Iba a pasar más miedo que en toda mi vida, tenía que sacar la linterna de la guantera del Panda. Afortunadamente no tarde mucho en encontrarla y conseguí que mi mano saliera ilesa, y casi totalmente limpia.

– Espera- dijo Jesús observando el bulto del bolsillo trasero de mi pantalón-. Deja aquí la cartera no la vayas a perder dentro del chalé y la armes.

– Vale, pero no se te ocurra meterla en la guantera.

Me bajé del coche. Me estiré, tanto que debí de crecer un par de centímetros. Tomé una inmensa bocanada de aire. Estaba listo, todo lo listo que podía estar una persona con claros síntomas de sufrir un ataque cardíaco. Me dirigí hacía la puerta del jardín de La Moradiña. Mis pasos eran lentos. Mis ojos permanecían al acecho. Debía asegurarme que nadie me veía. Portaba ya en mi mano el llavero, cuando oí el motor de un coche. Me agaché e hice como si me atase los cordones. El coche pasó de largo. Aspiré de nuevo con fuerza. Debía actuar con presteza, así que introduje la que yo creí que era la llave acertada en el ojo de la cerradura y … ¡bingo!. La primera fase estaba superada. La copia había funcionado, lo cual me alegró mucho porque estaba fuera de garantía y no habrían querido devolverme el dinero.

Me adentré en el jardín. Un camino de pizarra conducía hasta la entrada del chalé. Aquello parecía el mundo de Oz. Y yo, a pesar de mi nada dudosa hombría, debía ser la encantadora Dorothy. Giré la cabeza, a la derecha del camino había un árbol frondoso, un poco más allá estaba el garaje. Giré la cabeza hacia el otro lado. Observé la piscina, de forma ovalada y no muy grande. El agua estaba sucia y cubierta por las hojas secas que debían haber caído del árbol del otro lado del camino. Lo que pude observar detrás de la piscina, no me agradó tanto. Los tirabuzones se me erizaron. Había una caseta. Un gruñido rompió el silencio. Forcé mi vista y pude ver como asomaba un hocico de perro. Al parecer Totó no quiso faltar a la cita con su ama en el recorrido del mundo de fantasía. Pero Totó no era un gracioso y gentil perrito de aspecto divertido. Totó era un pastor alemán de malevolas intenciones y afilada dentadura. Aceleré mis pasos. Trataba de no echar a correr. No quería alterarle. Siempre he oído que los perros huelen el miedo. A pesar de que yo no corría creo que realmente apestaba a miedo. Totó salió de su caseta y me mostró sus colmillos, pensé que si aquel animal seguía mirándome así, el olor del miedo no iba a ser el único que captaría.

Estaba a un par de metros de la puerta de entrada, convertida repentinamente en puerta de escape. El perro mientras tanto rodeaba la piscina con un trote suave que a mí me parecía rapidísimo además de uniformemente acelerado. Estaba seguro de sus malas intenciones, y cada vez lo tenía más cerca. Perdí los nervios, le lancé la linterna para ver si corría tras ella, pero no hizo el más mínimo caso. Me gustaría haber tenido al profesor de su escuela canina delante para decirle unas cuantas verdades a la cara.

Introduje la llave en la cerradura. El maldito chucho ya no trotaba, estaba corriendo. Tenía la absoluta seguridad que quería probar la capacidad de penetración de sus dientes en mi carne. Giré mi muñeca, la llave dio una vuelta, pero la puerta no se abrió. El sudor corría abundantemente ante mis ojos, era como estar detrás de las cataratas del Niágara. Mis latidos y mi respiración habían superado el límite de velocidad establecido por las autoridades sanitarias. Estaba a punto de quedarme paralizado y convertirme en la comida de aquella bestia que había saltado hacia mí. Estaba terminando de girar de nuevo mi muñeca, la llave dio otra vuelta. Oí el maravilloso sonido del pestillo que cedía. Entré en la casa con cabeza por delante. Con un raudo empujón de la suela de mis botas, conseguí que las puerta se cerrara tras de mí. Después del portazo, escuché un fuerte golpe, y después los ladridos del perro y el sonido de sus uñas arañando sin la suficiente consistencia como para temer por mi salud, al menos en ese momento.

Estaba tumbado bocaabajo sobre el suelo, la tensión sufrida me había dejado tan agotado que no tenía fuerzas para ponerme en pie. Si hubiera sabido que aquello iba a ser tan peligroso, jamás hubiera acometido esa maldita empresa. En el fondo pensé que el perro era un castigo por mi mala actitud. ¡En que hora se me ocurrió delinquir!.

Me di media vuelta. Seguía tendido. Miré hacia arriba. Miré a los lados. El panorama que aparecía ante mis ojos no era en absoluto de mi agrado. Todo estaba oscuro, pero la luz exterior que entraba por las ventanas con la persiana a medio bajar era suficiente para mostrarme la soledad de las paredes. Aquella casa estaba totalmente vacía. Ni muebles, ni puertas, ni adornos, al menos en la zona que mi vista abarcaba.

Mi cerebro comenzó a fabricar hipótesis. ¿Se habrían ido los inquilinos?. Era lo más probable. Entonces, ¿qué demonios hacía allí aquel maligno perro?.

El día anterior la luz de la buhardilla estaba encendida. Sólo había una explicación, estaban de mudanza y la habrían terminado justo esa mañana. Pero, aquello era una casa de alquiler, lo de la mudanza sonaba muy raro.

Un sonido aterrador rasgó la noche.

Me estremecí.

Era una cisterna situada en algún lugar a unos cuantos metros por encima de mi cabeza.

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4 Comentarios

  1. Chuscurro
    4 febrero, 2008
  2. Call me Ishmael
    4 febrero, 2008
  3. turu_turu
    5 febrero, 2008
  4. melitta
    6 febrero, 2008

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