Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo V




Aquella casa estaba totalmente vacía. Ni muebles, ni puertas, ni adornos, al menos en la zona que mi vista abarcaba.

Mi cerebro comenzó a fabricar hipótesis. ¿Se habrían ido los inquilinos?. Era lo más probable. Entonces, ¿qué demonios hacía allí aquel maligno perro?.

El día anterior la luz de la buhardilla estaba encendida. Sólo había una explicación, estaban de mudanza y la habrían terminado justo esa mañana. Pero, aquello era una casa de alquiler, lo de la mudanza sonaba muy raro.

Un sonido aterrador rasgó la noche.

Me estremecí.

Era una cisterna situada en algún lugar a unos cuantos metros por encima de mi cabeza.

Aquel chalé no estaba totalmente vacío. Por desgracia.

Mi oído estaba alerta. Pronto llegó hasta él el ruido de una puerta que se abría, después el de unos pasos, eran unas pisadas firmes, pesadas. Resonaban con claridad por toda la casa. La vacuidad del inmueble lo dotaba de un eco cuasi alpino. El vello de mi brazo estaba de punta. Entonces irrumpió una voz.

– ¿Qué ha sido ese ruido?. ¿Sabes algo zorra?.

“Éramos pocos y parió la abuela”, pensé. Otra personas más. ¿Qué pasaba en aquel lugar?. Debían suplir la falta de muebles con personas.

La frase que había oído me proporcionó mucha información: había al menos dos personas conmigo allí dentro, uno era un hombre, la otra una mujer, no se llevaban muy bien, él la trataba con excesivo desprecio. La voz del hombre no era muy amistosa, de eso no me cabía ninguna duda.

“Mierda”. ¿Qué podía hacer?. Estaba aterrorizado. Estaba atrapado. No había un mal armario donde meterme, una cama bajo la cual esconderme, una puerta tras la que ocultarme.

– Hasta que no vuelva no te desato. Quédate quietecita.

La voz seguía sonando con tono hosco. Era extraño lo que había dicho, sin embargo no perdí mucho tiempo en buscarle sentido. Mi situación no invitaba a una sosegada reflexión. Sólo me preocupaba poder escapar.

A mi espalda tenía la puerta principal, y tras ella mi amigo peludo esperaba afilando su dentadura y preparado para lanzar una sonrisa nerviosa como la de Patán el perro de los dibujos de la tele. A mi derecha había unas escaleras. A mi izquierda comenzaba un pasillo. Yo estaba en un recibidor, al frente había un amplio salón, imposible de divisar en su totalidad. Me dirigí hacia él tratando de no alterar el silencio. Mis botas de baloncesto con suela de goma me ayudaban. Mientras tanto oí como el tipo del desván comenzaba a bajar por las escaleras.

Al fondo del salón, a mano izquierda, divisé una chimenea. Me acerqué muy despacio hasta ella. No tenía aspecto de haber sido usada. Podría esconderme en ella… o no. Era demasiado angosta, y seguramente no me sería fácil encaramarme por su interior, por lo menos no me sería fácil sin hacer ningún ruido que me delatase.

Volví sobre mis pasos, los del inquilino de aquella casa sonaban sobre mi cabeza. Trataba de encontrarme por el piso de arriba, eso me daba algo de tiempo. “¿Tiempo para qué?”, me preguntaba cada vez más convencido sobre mi terrible e inevitable destino a la sombra de una gélida mazmorra.

Me adentré en el pasillo. Apenas hube avanzado por él, encontré la cocina. Grandes noticias: no estaba vacía. No se podía decir que estuviese decorada con sumo gusto, pero al menos su interior contenía algo más que polvo. Tenía un frigorífico, una placa vitrocerámica sobre la cual había una campana extractora, un microondas en una pequeña mesa, un fregadero y un fluorescente en el techo. Era amplia, muy amplia. No estaba aprovechada. Simplemente se la había dotado de utilidad. Cumplía su función y punto. Sobre la placa descansaban tres sartenes. Pronto me hice con una de ellas, al menos así tendría algo con lo que poder defenderme.

Me quedé quieto. Mis oídos percibieron el inequívoco sonido que me informaba de aquel hombre de tosca voz bajaba hacia la planta donde me encontraba. Se detuvo. Comencé a temblar. Entonces escuché como abría la puerta principal, percibí luego unos pasos débiles y extraños que en ese instante no supe reconocer. La puerta volvió a cerrarse. Me acerqué a la entrada de la cocina, coloqué mi espalda pegada contra la pared. La primera cabeza que asomara por allí se iba a llevar un mal recuerdo. Era mi única opción. Esperar al acecho. Aprovechar mi ocasión, si surgía, golpear y correr.

Algo trastrocó mi plan de huida. Escuché unos jadeos y unos gruñidos bastantes familiares. La voz áspera volvió a irrumpir.

– ¿Qué pasa Canelo?. ¿Eres tú el que está metiendo ruido?.

“Contesta que sí, maldito hijo de perra”, traté de transmitir telepáticamente. Pero, una de dos, el indeseable chucho no captó mis ondas mentales o es que no sabía hablar.

– Seguro que estás nervioso porque has visto a alguien merodear por aquí. ¿Verdad que ha entrado alguien?.

– Grouff- ladró el cánido traidor.

Entonces comprendí cual era la suerte que correría si seguía allí esperando y no actuaba. El cuadrúpedo delator había estropeado aún más mi delicada situación. Giré mi cuerpo despacio, y con un movimiento a cámara lenta asomé mi cabeza a través de la entrada de la cocina. Miré al recibidor. La penumbra no me permitía observar con claridad, pero vislumbré la presencia de un tipo corpulento de pelo moreno en el recibidor, a pocos metros de donde yo estaba. Sujetaba el collar del pastor alemán con su mano izquierda. El perro apuntaba con su hocico al salón. El tipo me daba la espalda.

– Busca al intruso Canelo. Búscalo- dijo.

Iba a ser descubierto. Un claro mensaje llegó desde mi interior: “BANZAI”.

Salí disparado hacia aquel hombre blandiendo la sartén con arrojo y gallardía, cual valiente guerrero escocés en lucha por su libertad. El tipo se dio cuenta. Introdujo la mano derecha en el bolsillo interior de su cazadora de cuero, pero antes de poder volverse totalmente hacia mí, sintió un devastador impacto en su cabeza. Se desplomó. Al caer soltó a su nada dulce mascota. Los colmillos del can volvieron a precipitarse una vez más sobre mi cuello. Su actitud obsesiva comenzaba a desagradarme en alto grado. Tuve que frenar sus perversas intenciones con una volea de derecha muy forzada. Lo importante es que el sartenazo logró alejarle un par de metros de mí. El perro estaba algo aturdido. Su mirada seguía clavándose en mi yugular.

Canelo, antes Totó, gruñía como si mascullase terribles improperios contra mi familia y alguno de mis antepasados. Jadeaba cansinamente. Su cuerpo se movía como una gaita, hinchándose y deshinchándose. Se estaba concediendo un tiempo de descanso. Preparaba, sin duda, un nuevo ataque. Finalmente saltó otra vez hacia mí. Llevaba la boca tan abierta que pensé que quería zamparme de un solo mordisco. Sin embargo no me intimidó, estaba preparado. Rodillas flexionadas, la raqueta atrás… . Mi revés fue soberbio. El pastor alemán cayó fulminado al suelo. Punto, juego, set y partido.

– ¡Sííí!- exclamé sacando toda la tensión que tenía contenida.

Después, exhausto por todo lo que había sufrido, me dejé caer al suelo, aunque sabía que no tenía mucho tiempo para descansar. Debía salir raudo de aquel chalé, al que me juraba que no volvería jamás. Mi experiencia como allanador de moradas no había sido muy grata. Deseaba ponerle ya el punto y final para olvidarme de ella cuanto antes.

Me incorporé. Una duda que me produjo pavor apareció en mi mente. ¿Y si había matado a aquel inocente?. Gotas de sudor frío empaparon mis sienes al pensar en aquella posibilidad. ¿Un asesino?, ¿yo?. Era demasiado terrible como para ser verdad. Sin embargo, junto a mis pies, yacía una persona totalmente inmóvil. Una sartén no suele ser un elemento homicida muy común, aunque debía reconocer que había puesto todas mis fuerzas al asestar el golpe.

Debía asegurarme que aquel bulto en el suelo respiraba. No podía salir de allí sin tener la certeza de que seguía vivo. ¿En qué clase de monstruo me hubiera convertido si no?. Me odiaría durante toda mi amarga existencia si había sido tan inconsciente como para arrebatar una vida.

Me agaché. Intenté acercar mi mano hasta las narices de aquel hombre. Un escalofrío me estremeció. El temor detenía el avance de mi mano, una y otra vez. Trataba de sacar fuerzas de donde no me quedaban, sabía que debía responsabilizarme de mis actos. Mis dedos índice y corazón llegaron a duras penas a su destino.

Alivio. Un gran alivio. Jamás había sentido un alivio tan enorme. No pude contener una gran sonrisa al comprobar que de las fosas nasales del inquilino del chalé salía aire. Estaba vivo. La angustia comenzó a abandonarme. Y yo debía dejar aquella casa. Giré el pomo de la puerta de entrada, cuando, al fondo, volví a ver la calle creí que aquel tormentoso episodio había llegado a su fin. Algo volvió a interrumpir mi momentáneo estado de felicidad.

– ¡Ayúdeme!. Por favor, ¡ayúdeme!. ¡Socorro!, necesito ayuda.

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  1. chuscurro
    8 febrero, 2008

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