Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo VI




Y yo debía dejar aquella casa. Giré el pomo de la puerta de entrada, cuando, al fondo, volví a ver la calle creí que aquel tormentoso episodio había llegado a su fin. Algo volvió a interrumpir mi momentáneo estado de felicidad.

– ¡Ayúdeme!. Por favor, ¡ayúdeme!. ¡Socorro!, necesito ayuda.

Una voz femenina con acento extranjero surgió desde la buhardilla.
“Claro, la otra persona”, pensé. ¿Cómo pude olvidarlo?.

– ¡No me deje aquí!. ¡Ayúdeme!- volvió a decir la voz.

¿Qué diablos significaba aquello?. ¿Era una trampa?. ¿Necesitaba mi ayuda realmente?. Entonces pensé en el modo tan despectivo en que la había tratado la víctima de mi manejo, no precisamente en el arte culinario, de la sartén. Lo más probable es que aquella llamada de socorro no fuese fingida, y lamentaba tener que reconocerlo. Quise desoír los consejos de mi agotadora conciencia, pero no pude. Empezaba a creer que La Moradiña era una mansión encantada de la que nunca podría salir.

Encaminé mis pasos hacia las escaleras. Subí por ellas con ligereza, aunque comenzaba a sentir de nuevo el peso de la tensión y del nerviosismo sobre mis piernas. Portaba en mi mano la raqueta de mis triunfos, mi arma letal, el eslabón perdido entre Karlos Arguiñano y Jack el destripador.

Al fin, llegué a la buhardilla. Tenía una puerta, lo cual suponía una gran novedad en aquella maldita casa. Estaba cerrada.

– ¡Ayúdeme!.

Esta vez percibí la voz más clara. Reconocí su acento como francés.

Volví a llenar mis pulmones de aire, buscando algo de valentía en el oxígeno. Empuje la puerta que tenía ante mí, y comprobé que por fortuna no estaba cerrada con llave.

Había contemplado el exterior de aquel lugar muchas veces, ahora podía contemplar su interior. Era espacioso, unos veinticinco metros cuadrados calculé. Estaba decorado como un cuarto de estar; sofá, tele, un radiador, en medio una gran mesa con sillas, en una esquina un monitor con un vídeo debajo. A mi derecha pude ver una ventana que ya conocía desde otra perspectiva. Al fondo había una puerta blanca en medio de una pared de ladrillos que desentonaba con el resto de las paredes de la pieza.

En una de las sillas, había una persona atada. Tanteé en busca de un interruptor. Sabía perfectamente que aquel desván tenía algún tipo de iluminación. Di con la llave de la luz, y una bombilla colgada del techo introdujo la claridad en la estancia.

Pude verla. Era una chica joven. Pude admirar el paisaje más bello que jamás había tenido la fortuna de conocer: sus ojos. Aquellos ojos verdes. Aquellos ojos verdes eran hipnotizantes. Quedé epatado. Sentí una punzada en el pecho. Un hormigueo recorriendo mi espalda. La chica que había allí atada era sencillamente preciosa. Tenía una melena rubia que llegaba hasta sus hombros. Y sus ojos eran tan hermosos… .Me encantaba también su pequeña nariz respingona y con pequeñas pecas, y sus ojos, llenos de dulzura, maravillosos, turbadores. Estaba anonadado, sumido en un letargo del que no quería salir.

– Desátame. Deprisa, desátame- dijo ella despertándome de mi placentero sueño.

Por un instante había olvidado, donde estaba y lo que había ido a hacer. Tarde unos segundos en reaccionar, pero conseguí salir de mi estado de embelesamiento, aunque me costó articular mi primera palabra.

– Pe.., pero…, ¿por qué estás atada?.

– Estoy secuestrada.

– ¿Secuestrada?. ¿Quién eres?. Tu acento… . No eres de aquí. Y si estás secuestrada, ¿por qué no te he visto en el telediario?.

– Oh, por favor, créeme. Me llamo Marie Marceau. Mi padre es una persona importante en Francia. Mi madre es española. Estaba con ella pasando unos días en vuestro país cuando me secuestraron. Llevo mucho tiempo encerrada, ayúdame a escapar, por favor.

Ver como sus divinos ojos verdes se humedecían y asomaban por ellos lágrimas me partía el corazón. Pero, ¿Qué podía decir?. ¿Qué podía hacer?. Las dudas me asaltaban: ¿En qué lugar me había metido?. ¿Estaba aquella chica verdaderamente sufriendo un secuestro?. Yo no la había visto en las noticias. Su cara frágil, sus gestos dulces, su voz suave le otorgaban mi confianza e inclinaron la balanza hacia su lado.

– Perdóname por dudar, pero es tan extraño que no sepa nada de tu secuestro…

– Nadie sabe nada amenazaron a mi familia con mi muerte si acudían a la prensa o a la policía.

No veía ninguna razón para dudar de sus palabras. Además me tenía cautivado. Lo mejor, sin ningún género de dudas, es que jamás hubiera entrado en esa casa, aunque si el destino me había llevado allí, sus razones tendría. Me resultaba curioso, entré con la intención de robar, y saldría habiendo liberado a una secuestrada. De alguna manera, aún intentando hacer el mal, acabaría haciendo el bien. Era como un mensaje. Así lo entendí en aquel momento.

Me acerqué hasta la silla donde Marie estaba atada. No me fue fácil librarla de los nudos que la unían a la silla. No eran el tipo de nudos con los que yo me ato la zapatilla, eran bastante más complicados.

Cuando al fin la liberé, se levantó, se volvió hacia mí y me besó en la cara.

– Muchas gracias. Seas quien seas, gracias por ayudarme.

Mis piernas se tambalearon. El palpitar de mi corazón se aceleró, sólo que aquella aceleración esta vez nada tenía que ver con el miedo. Traté de sobreponerme a la debilidad repentina de mis miembros inferiores, para proseguir con mi papel de héroe.

– Salgamos rápido de aquí. Tu secuestrador puede salir de su estado de inconsciencia en cualquier momento.

La cogí de la mano, y me disponía a correr con ella en dirección a las escaleras cuando sentí que me frenaba.

– Espera, coge la cinta que hay en el vídeo, es de una cámara que hay sobre la puerta, seguro que te han grabado. También deberías borrar tus huellas dactilares si no quieres problemas, mis secuestradores no son unos aficionados y si dejas un rastro seguro que tienen medios para localizarte.

Me estremecí ante lo que estaba oyendo.

– ¿Quieres decir que me han visto?.

– Te tienen grabado, pero no te han visto. El encargado de vigilarme estaba dentro del zulo cuando tú entraste- dijo señalando la puerta de la pared de ladrillos.

Estaba confuso.

– ¿Qué hacía tu vigilante dentro de un zulo?.

– Bueno, tuvo que ir al servicio, y prefirió entrar en el que tenía más cerca. Por eso me sacó y me ató aquí fuera.

Comenzaba a comprender. No todo había sido negativo, la suerte me había sonreído por entrar en el momento adecuado. Empezaba a tener una concepción más clara de lo que sucedía dentro de La Moradiña.

– O sea, ¿tú no estas siempre aquí atada?. Te tienen encerrado en ese zulo.

– Eso es. Es horrible.

Sentí un poco de vergüenza en mi interior por entretenerla con todas esas preguntas derivadas de mi nula capacidad de raciocinio, a su vez generada por lo desbordante de aquel suceso tan irreal que estaba viviendo. Sólo pensaba en salir de allí y había olvidado otras cosas más importantes, los detalles necesarios para no complicarme más aún la vida en el futuro. Parecía al fin un poco más asentado, saqué un pañuelo de mi bolsillo y fui pasándoselo a cualquier objeto que hubiera tocado.

Cuando llegamos a la planta de abajo. Marie miró al hombre y al perro que estaban tendidos en el suelo, luego me miró a mí, y me comentó:

– Menudo trabajo has hecho.

– Ya ves. Esto es lo que consigo yo con lo que otros ni siquiera habrían podido freír un huevo- comenté con cierta sorna, mientras meneaba orgulloso la sartén en mi mano.

Una vez hube acabado con mi labor de limpieza de huellas, cruce los dedos. Esta vez parecía que ya nada podía retenerme en aquella casa. La pesadilla estaba llegando a su fin. No acabé de creerlo hasta que traspasé el umbral de la puerta principal. El camino de pizarra me mostraba ahora la dirección de la salida. Marie me acompañaba, y tuvo que llamarme de nuevo la atención.

– Si no tienes intención de preparar la cena, será mejor que dejes eso aquí. No debes tener en tu poder nada con lo que puedan relacionarte con esta casa.

Menudo héroe estaba hecho. El nuevo descuido consiguió ruborizarme. Después volví a sacar mi pañuelo, froté con fuerza la sartén y la arrojé a la piscina.

Pensé que el capitulo del intento de robo había llegado a su fin, aunque no podía tranquilizarme porque me hallaba junto a una chica secuestrada. Seguramente podría traerme problemas, pero por alguna razón me sentía feliz de que estuviese conmigo.


-7-

Jesús esperaba impacientemente en su coche. Su sufrimiento era equiparable al de un entrenador de fútbol durante la final de una Copa del Mundo. Se le notaba alterado. Su alteración fue in crescendo cuando descubrió que no salía solo. Un gesto nacido entre la desesperación, el enfado y la incomprensión se dibujo en su rostro. Cuando abrí la puerta del Panda recibí una ráfaga de preguntas que apenas pude entender.

– ¡Mierda, tío!. Me tenías preocupado. Oí unos ladridos, la luz de la buhardilla se encendió. ¿Qué coño ha pasado?. ¿Qué narices has hecho hay dentro?. ¿Y el perro?. ¿Por qué has tenido que encender la luz?.

Se detuvo un momento, no sé si porque se le acabó el aire de los pulmones, o porque aún no había decidido si la rubia que me acompañaba era real.

– ¿Y ella?. ¿Quién coño es ella?. ¿De dónde ha salido?. ¿Qué hace aquí?. ¿Por qué está aquí, no?. ¿Me he vuelto majareta o eres tú el que se ha vuelto majareta y te has puesto a hacer amistades en la casa en la que has entrado a robar?.

Yo ya había sufrido demasiado en aquella casa como para dejarme intimidar por sus múltiples preguntas. No estaba dispuesto a perder el tiempo tratando de calmarle.

Abrí la puerta del coche, eché mi asiento hacia adelante e hice indicaciones a Marie para que se sentará en el de detrás. Después volví mi asiento a su sitio y me acomodé.

– Calla y arranca de una puta vez, no seas coñazo- le dije con el tono más serio de mi repertorio.

Jesús a punto estuvo de reventar por un repentino y agudo ataque de indignación.

– ¿Que me calle?. ¿Que me calle?. ¿Qué es eso de arranca el coche de una puta vez?. El coche es mío y lo arrancaré si me sale de los cojones. Yo sufriendo todo el rato y tú pasas…

– Vale, ahora te lo explicaré, pero por lo que más quieras, arranca de una puta vez- le insistí antes de que pudiera alargarse más en su parrafada.

Dudó un instante, pero al ver mi mirada se decidió a hacerme caso. Metió la llave en el contacto, el motor del Panda comenzó a carraspear, algo habitual pero que esta vez me heló la sangre cuando pensé en la posibilidad de que nos dejara tirados.

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3 Comentarios

  1. chuscurro
    13 febrero, 2008
  2. Dimitri
    15 febrero, 2008
  3. Dimitri
    15 febrero, 2008

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